Tuve el honor y la cortesía de presentar El Sinchi (Editorial Apogeo, 2024) de Giuseppe Bartoli en la Feria del Libro Ricardo Palma, en el parque Kennedy de Miraflores. Fue un fin de semana en el que la mayoría de los asistentes al evento se llevaron un ejemplar del libro con su respectiva firma y dedicatoria.

Además, tuve la oportunidad de trabajar en la edición y corrección de estilo de la traducción al español de esta novela breve, que es, de hecho, la primera versión en nuestro idioma de Sinchi (Eyewear Publishing, Reino Unido, 2017), publicada originalmente en inglés. Es decir, esta traducción vio la luz siete años después de su primera edición en inglés.

En mi reciente relectura, de un solo tirón, la novela me pareció aún mejor lograda: estupenda, intrigante y perturbadora. Comprendí a cabalidad los cambios en la voz narrativa, que oscila entre la primera, la segunda y la tercera persona, dotándola de una riqueza estilística notable. Todo ello, además, enmarcado en una cosmovisión muy particular del mundo.

Como indican las fuentes oficiales, los Sinchis fueron un grupo de fuerzas especiales de la Guardia Civil del Perú (hoy Policía Nacional del Perú), creados en la década de 1960 para operaciones contrainsurgentes y de lucha contra el narcotráfico, con entrenamiento en Estados Unidos. Durante el periodo de violencia política en el Perú (1980-2000), protagonizado por el conflicto entre el Estado y grupos insurgentes como Sendero Luminoso y el MRTA, los Sinchis adquirieron notoriedad por su papel en operativos de combate y represión.

Tal como sugiere el título de la novela de Bartoli, el protagonista central es un sinchi, representado en la narración como un personaje “despectivo” y “duro”, descrito como un hombre moderno, blanco, adinerado y poderoso, que observa con asombro y desprecio la precariedad y las condiciones de vida en las alturas altoandinas.

Este protagonista se configura también como un extranjero, posiblemente norteamericano (aunque la referencia no es explícita). Su mirada es implacable: no solo es duro y despectivo en su descripción de la sierra y sus habitantes, sino también un feroz crítico de la urbanidad limeña y sus defectos, como el caótico parque automotor y la contaminación que provoca entre la ciudadanía.

Al llegar a las alturas lamarinas de Oreja de Perro, en Chungui, compara el paisaje con la grisácea Lima y se pregunta cómo pudo llegar tan lejos y, a la vez, tan bajo. Su estilo procaz recuerda a autores como Louis-Ferdinand Céline en Viaje al fin de la noche (1932) o a James M. Cain en El cartero llama siempre dos veces (1934), ambos considerados escritores de un realismo feroz.

Sin embargo, como mencioné, la voz narrativa también adopta un tono omnisciente para criticar al sinchi y a sus hombres, a quienes tilda de violadores, matones, crueles, inhumanos o salvajes. Estas descripciones se materializan en varias escenas de la novela, que comienzan como reflexiones del protagonista y culminan con un interrogatorio de las fuerzas del orden a todos los pobladores de Oreja de Perro, incluidos niños, en busca de información sobre terroristas de Sendero Luminoso.

A medida que avanza la narración, la tensión crece y todo insinúa que la historia desembocará en una tragedia de gran magnitud. Sin embargo, el clímax llega con la inmolación de una mujer que sufrió tanto a manos de los senderistas como de los agentes del Estado. Su grito final, lanzando vivas a la revolución, es uno de esos golpes que se acumulan en la novela hasta el último instante, buscando un impacto profundo en el lector, como lo decía el gran Julio Cortázar.

El día de la presentación destaqué que esta novela enriquece la narrativa sobre la violencia política en el Perú. Mencioné otras novelas emblemáticas del tema, como Un lugar llamado Oreja de Perro (2008) de Iván Thays u Oreja de Perro (2018) de Luis Vinatea Arana, ganadora del Premio Novela Corta Julio Ramón Ribeyro y una mirada fresca dentro de esta tradición literaria.

Como ayacuchano, no pude dejar de mencionar a dos escritores de mi tierra que han ganado el Premio Copé de Novela, Sócrates Zuzunaga y Julián Pérez Huarancca, cuyas obras abordan el terrorismo y la violencia de Estado vivida en los años ochenta y noventa. También resalté La noche y sus aullidos (2011) y Criba (2014), además de Abril rojo (2006) de Santiago Roncagliolo y La hora azul (2005) de Alonso Cueto, entre otros títulos.

Hace unas semanas, el crítico literario Ricardo González Vigil incluyó El Sinchi entre los mejores libros del 2024. Ya eso es un gran mérito y, como puedo dar fe, una excelente invitación para adentrarse en la obra de Giuseppe Bartoli. Esta novela, al igual que otras de su género, nos ayuda a no borrar las cicatrices del pasado, a comprender lo que ocurrió y, con ello, a evitar repetir los mismos errores.

Para finalizar, en una conversación con el autor, me contó que la semilla de esta historia surgió de un relato que escuchó de un periodista. Según este testimonio, dicho periodista habría presenciado —e incluso filmado o fotografiado— el asesinato de una mujer acusada de ser senderista, a manos de las fuerzas especiales. Lo narró como si lo hubiera visto con sus propios ojos. La invitación está hecha.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023) y Operación Catástrofe (2024). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

 

 

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