Por Francois Villanueva Paravicino
Unos días después de obsequiarme su poemario Quimera (Editorial Remo, 2025), el poeta Gabo S. Granda me contó que había quedado fascinado con la película Un poeta, del director colombiano Simón Mesa Soto. Conversamos entonces sobre aquella cinta y coincidimos en que, por su propuesta, su crudeza y su particular manera de aproximarse a la condición precaria de un amante de la poesía en países del tercer mundo, bien podría competir por un lugar entre las grandes películas extranjeras de los Premios Óscar. La conversación resultó curiosamente pertinente para aproximarse al libro de Granda, porque, aunque ambos universos —el cinematográfico y el poético— parten de concepciones diferentes del artista, existe entre ellos una preocupación común: la poesía como una forma de enfrentarse a la existencia.
Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre el protagonista de aquella película y el autor de Quimera. Mientras el personaje cinematográfico es un hombre alcohólico, marginal, incomprendido y entregado casi por completo a la poesía, al punto de desentenderse de sus responsabilidades familiares y laborales, Gabo S. Granda representa una imagen distinta del creador contemporáneo. Ha estudiado Administración de Empresas, posee una maestría y actualmente cursa una segunda carrera, Derecho. Tiene un automóvil, un negocio y, sobre todo, una vida cotidiana en la que debe luchar, como cualquier persona, por abrirse camino. La poesía, en su caso, no parece constituir una evasión de la realidad, sino otra manera de comprenderla.
Esa circunstancia ayuda a entender Quimera. Porque el libro no nace de la renuncia al mundo, sino de una permanente interrogación sobre él. Al recorrer sus páginas comprendí mejor la razón de su título. La quimera, criatura de la mitología griega, es un ser híbrido cuya representación tradicional reúne cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. En la imaginación simbólica que propone el propio poemario, estas tres criaturas se convierten en tres estaciones espirituales: la valentía, la soledad y el cuestionamiento. No es casual, por ello, que el libro esté dividido en tres secciones: «León: El corazón del guerrero eterno», «Cabra: El guardián de los abismos» y «Serpiente: El veneno de la sabiduría».
La estructura tripartita no funciona únicamente como una división formal. Constituye, más bien, una arquitectura simbólica desde la cual el poeta examina diferentes dimensiones de la existencia. El león representa la fuerza y el enfrentamiento; la cabra conduce hacia la soledad y los abismos interiores; la serpiente, finalmente, introduce el veneno de la duda, del conocimiento y de la conciencia. Así, la criatura mitológica termina convirtiéndose en una metáfora del propio ser humano: contradictorio, fragmentario, espiritual y carnal, capaz de amar y de temer, de creer y de cuestionar.
Los poemas de Granda están atravesados por una preocupación metafísica que se manifiesta en preguntas aparentemente sencillas, pero que conducen hacia territorios complejos: ¿qué significa amar?, ¿qué relación existe entre cuerpo y alma?, ¿qué lugar ocupa la muerte?, ¿es posible comprender aquello que llamamos espíritu?, ¿cuánto de religioso, de biológico y de imaginario hay en nuestra existencia? El poeta no pretende necesariamente resolver estas interrogantes. Su apuesta consiste, antes bien, en formularlas desde la sensibilidad poética.
En ese sentido, Quimera recupera una concepción antigua de la poesía: aquella que no se limita a describir sentimientos, sino que procura dialogar con lo invisible. En varios momentos, el libro parece aproximarse a la tradición de la poesía como plegaria, meditación o conversación con Dios, con los ángeles y con aquello que se encuentra más allá de la experiencia material. Pero esa espiritualidad no permanece intacta: es constantemente interrogada por la razón y por la conciencia.
Un buen ejemplo se encuentra en «Nobleza», perteneciente a la primera sección, «León: El corazón del guerrero eterno». Allí el poeta escribe: «La mañana prospera con el calor de tu mirada» y, más adelante, afirma: «El amor es tan abstracto / que ataca en milésimas de segundos». La paradoja resulta significativa. El amor es presentado como algo abstracto, intangible, difícil de definir, pero simultáneamente como una fuerza capaz de irrumpir de manera inmediata y casi violenta en la conciencia. No necesita explicación racional: acontece.
El poema prosigue mediante una serie de asociaciones sensoriales: «Tu nombre es digno, / tus caricias, como el vino, / tu presencia, como la flor de primavera». El nombre, las caricias y la presencia construyen una imagen amatoria que avanza desde lo abstracto hacia lo concreto. El vino aporta sensualidad y la flor de primavera introduce una dimensión de renovación, belleza y temporalidad. Es precisamente en ese tránsito entre pensamiento y sensación donde el poema encuentra buena parte de su atractivo.
En la segunda sección, «Cabra: El guardián de los abismos», destaca «El aroma de las huellas en la montaña», un texto que profundiza en la memoria y en su dimensión sensorial. «En el ápice de mi memoria olfativa, / la noche lleva tu nombre, / cual rezo al ángel de la guarda», escribe Granda. Aquí la memoria no aparece simplemente como recuerdo intelectual. Es olfativa, casi corporal. La noche, por su parte, adquiere un carácter espiritual al cargar con el nombre de la persona evocada. La comparación con el «rezo al ángel de la guarda» introduce nuevamente esa religiosidad que recorre buena parte del poemario: recordar a alguien puede convertirse en una forma de oración.
Pero quizá una de las preocupaciones filosóficas más interesantes del libro aparece en «Noción», perteneciente a la tercera sección, «Serpiente: El veneno de la sabiduría». Allí el poeta formula una serie de preguntas que confrontan directamente la naturaleza del alma: «Qué puede decirle el alma al cuerpo, / si la carne es la que duerme, sueña y se mueve. / Si la sangre es biológica y no espiritual. / Si el alma es un concepto eclesiástico que vive en letras».
Estos versos revelan una de las tensiones fundamentales de Quimera: la confrontación entre lo espiritual y lo material. El alma, tradicionalmente considerada esencia trascendente del ser humano, es puesta bajo sospecha. El poeta pregunta si realmente existe fuera del lenguaje, de la tradición religiosa o de la construcción cultural. La expresión «un concepto eclesiástico que vive en letras» resulta especialmente provocadora porque desplaza la discusión desde la fe hacia el lenguaje: quizá el alma existe porque la hemos nombrado, pensado y escrito durante siglos.
En consecuencia, vida y muerte terminan constituyéndose en los grandes ejes de Quimera. El poeta contempla la existencia desde sus extremos y convierte el amor, la memoria, la espiritualidad, el cuerpo y la conciencia en caminos que conducen hacia una misma pregunta: qué significa estar vivos.
El título adquiere entonces una dimensión adicional. Quimera no solo alude a lo utópico, a aquello que parece inalcanzable; también evoca a la criatura híbrida de la mitología griega, la Khimaira, vinculada genealógicamente con Tifón y Equidna. Como ella, el poemario está compuesto de elementos distintos que conviven en tensión. León, cabra y serpiente forman una sola criatura; valentía, soledad y cuestionamiento forman, a su vez, una sola conciencia poética.
Desde luego, el libro no está exento de aspectos susceptibles de corrección. Se advierten pequeños errores de puntuación en algunos poemas y determinados detalles ortotipográficos que, con una revisión editorial más minuciosa, podrían haberse depurado. No obstante, estas observaciones no disminuyen el valor de la propuesta general. Por el contrario, una corrección cuidadosa permitiría que la fuerza conceptual y simbólica de los textos alcanzara una expresión todavía más limpia. Así, después de recorrer sus páginas, queda la impresión de estar ante un poeta interesado en recuperar una dimensión reflexiva y espiritual de la poesía, sin abandonar por ello las contradicciones de la existencia contemporánea. Por ello, muy recomendado.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

