Entrevista a Nelson Arteaga: “México, un híbrido de modernización política y código patrimonial”

 COLUMNA: LA CRÓNICA DEL ESPEJO

John Kenny Acuña Villavicencio

(Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Guerrero)

Nelson Arteaga Botello. Doctor en Sociología. Profesor-Investigador de la FLACSO, México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel III. Faculty Fellow at the Center for Cultural Sociology (Yale University). Entre sus publicaciones recientes destacan: Semantics of Violence: Revolt and Political Assassination in Mexico (2022). Sociología y Ciencia Ficción: Philip K. Dick más allá de Orwell y Foucault. Flacso-Méxco (2020). The Populist Transition and the Civil Sphere in Mexico, en: J.C. Alexander, G. Sciortino y P. Kivisto (eds.), Populism in the Civil Sphere. (2021). Carlo Tognato, y Nelson Arteaga, Strong program cultural sociology and Latin America, American Journal of Cultural Sociology (2021) 9: 419-429.

– Esfera civil y semántica de la disputa política (2024) es un texto de lectura obligada y polémico por muchos matices. Desde el principio, señalas de manera enfática que la campaña de AMLO (Andrés Manuel López Obrador) habría permitido activar una serie de códigos binarios y, sobre todo, que éstos se encuentran enraizados en prácticas patrimoniales, propias de la revolución. ¿En qué sentido estos recursos y prácticas sedimentan la victoria de la izquierda en México? Pero, también, ¿cuál sería la particularidad de este posicionamiento político respecto al escenario Latinoamericano?

– Voy a intentar responder una pregunta muy compleja. Empezaré con la primera parte, puede ser la menos complicada para abordar. Efectivamente, la idea central del libro es que existe una estructura cultural profunda que permea todas las sociedades y varia de sociedad en sociedad. Está estructurada a partir de su temporalidad, su diferenciación histórica y su propia diferenciación interna. Lo que he venido desarrollando junto a Javier Arzuaga es la idea de que en México se cristaliza cuando menos dos códigos: por un lado, está el código civil que es una narrativa y, de alguna manera, trata de hablar de la expansión de la solidaridad colaborativa a partir de criterios que tiene que ver con valores democráticos; y, por el otro lado, se construye a partir de códigos binarios que, como todo código, imputan a otros actores una serie de atributos particulares. Específicamente, son atributos que se arrogan entre sí los actores políticos en términos civiles. Por ejemplo, cuando alguien realiza un mitin, una atribución civil podría ser que alguien considere ese movimiento social como un movimiento autónomo con relaciones abiertas, transparentes y que pugnan por instituciones civiles. Me refiero a instituciones que funcionan a partir de la ley, la transparencia y el uso regulado del poder, pero también ese mismo movimiento social, puede ser imputado por otros actores dentro de la sociedad como actores que son anti-civiles. Se trata de un movimiento social manipulado cuyas relaciones son opacas, es decir, hay actores que se mueven de manera secreta, conspirativa y no buscan transformar las leyes. No están buscando instituciones que funcionen a partir de la transparencia.

Toda democracia funciona a partir de estos códigos. Si nos damos cuenta, son códigos que la gente atribuye a ciertos motivos, relaciones y visiones del código civil. De esa manera, entre nosotros imputamos atributos civiles e inciviles en nuestra vida cotidiana y como actores políticos. Hay que partir del hecho de que existe una esfera civil, es decir, un mundo de referentes de solidaridad que permiten, al mismo tiempo, la integración colectiva y la crítica colectiva. Esta esfera civil cristaliza estas atribuciones en instituciones que pueden ser de carácter comunicativo como la prensa y las encuestas. A través de estas instituciones se transmiten retribuciones civiles y anticiviles. Las instituciones de carácter regulativo según la teoría de la esfera civil tienen que ver con la forma cómo se cristalizan materialmente estas atribuciones. Si un candidato es anticivil y tiene motivos que lo colocan como un actor manipulado, egoísta y busca instituciones autoritarias, no votaré por él. La clasificación binaria que yo realice de los actores hace que se cristalice en votos, en la interpretación de la ley y, también, en la forma cómo juzgamos a las autoridades políticas.

Este código civil puede ser compartido por actores tanto de la izquierda como de la derecha. Izquierda y derecha se atribuyen estos códigos binarios. Todas las democracias funcionan a partir de estas atribuciones y, precisamente, en la medida que generan solidaridad también generan crítica y exclusión. Todo discurso civil genera inclusión de alguien y exclusión de otros. Por ejemplo, el derecho al voto ha sido una institución que ha venido creciendo durante el siglo XX en América Latina. Primero, votaron los hombres y, luego, las mujeres hasta los 18 años, pero hay países que lo promovieron hasta los 21 años. La edad es una atribución civil, pero incluye a unos y excluye a otros. La narrativa civil excluye que los presidentes en México y, en otros países, sean menores de 35, porque se cree que no tienen los atributos civiles de autonomía, pueden ser manipulados o no son lo suficientemente maduros. También, hay criterios de exclusión para gente mayor. En Estados Unidos hasta cierta edad, 80 años me parece, ya no se puede ser presidente, porque se considera que no dispone de autonomía ni capacidad de relación. Tanto la izquierda como la derecha comparten estos valores y narrativas civiles, pero cada país construye otros códigos que son no civiles.

El código civil se distingue entre civil y anticivil, esa es su dicotomía. Hay otros códigos y narrativas que se construyen a partir de elementos no civiles. Allí es donde entra esta idea de que en México existe un código patrimonial que funciona a través de otros sistemas binarios. La posibilidad de hacer uso personal de las funciones patrimoniales es poder beneficiar a amigos o familiares, es poder tener un conjunto de relaciones secretas y que la ley funcione de manera discrecional. Ese código patrimonial se forjó en México fundamentalmente después de la revolución mexicana. Es lo que dio pauta a la creación del régimen postrevolucionario, autoritario y excluyente. Con sus instituciones patrimoniales, el PRI (Partido Revolucionario Institucional), el sistema corporativo basado en la organización de masas de campesinos y obreros de clase o populares, dio pauta a la creación de todo conjunto de rituales cívicos: día de la bandera, día de la revolución y la Constitución. Estos valores patrimoniales se fueron reproduciendo con el tiempo. En esos años, la gente decía: está bien que los políticos roben, pero que sea en el último año de su gobierno o, se mencionaba, está bien que se beneficie de cierto poder, porque si estoy formado en la fila me tocará a mí y podré hacer lo mismo.

Esa era la forma en que funcionaba el código patrimonial y funcionó durante muchos años en México. Ese código patrimonial se fue erosionando durante la década de los ochenta. Digamos que el 68 fue más o menos un quiebre, pero a partir de los ochenta con la movilización por la democratización en México y la lucha de las autonomías municipales en Oaxaca y Guerrero se fue erosionando ese sistema patrimonial. De hecho, el PRI no pudo sostenerlo por mucho tiempo más. A esto se añade las políticas neoliberales, porque chocaron con la forma patrimonial del manejo del poder. Allí empezó a generarse una contradicción entre el proceso de modernización política y el código patrimonial. Empezamos a construir en México un hibrido.

– Me llama mucho la atención la idea del código patrimonial. Entiendo bien que para analizar la realidad mexicana es necesario retomar un acontecimiento muy importante y tiene que ver con la toma del poder a partir de 1910. A decir verdad, hubo un proceso de reorganización política (desde abajo) que alteró todas las instancias y estamentos del Estado, pero, ¿por qué no considerar que la configuración del Estado dispone de un antecedente patrimonial-colonial que dio sentido a estos códigos binarios que nos habla de formas de inclusión-exclusión?

– El sistema patrimonial se logra institucionalizar como nunca se había institucionalizado en 1910. Porfirio Díaz tuvo un sistema patrimonial, el problema con él es que fusionaba el cargo con la persona y ese fue un problema del siglo XIX en México. El presidente y la persona eran prácticamente lo mismo. El PRI lo que hace es desencajar el cargo de la función pública del presidente de la persona. Esto permite que cada seis años alguien pueda acceder a la presidencia y pueda hacerse cargo, pero una vez que termine esos seis años debe dejárselo a otra persona. Eso no pudo hacer Porfirio Díaz, no pudo institucionalizar el proceso de sucesión del poder y de cambio de élites. El siglo XIX, conocido como el siglo de los caudillos, realmente fue un movimiento de caudillajes que no logró institucionalizar los procesos de transmisión del poder. El PRI lo hace como ningún otro país de América Latina. Quizás existan algunos casos como ocurrió en Colombia con el Acuerdo de Paz entre los dos partidos (revolucionarios) al igual que en Venezuela. Pero, lo que hace el PRI es establecer las reglas del juego patrimonial de tipo presidencial y, de allí, toda la sucesión de presidentes, municipales, diputados y senadores. Cuando llegaba un presidente al poder estatal, podía manipular desde la Cámara de diputados, así como influir profundamente en la Suprema Corte de Justicia y garantizar un proceso de control de poder que se iba agotando conforme acababa el sexenio. Llegaba una nueva persona y rompía con el pasado. El presidente se convertía en un emperador por seis años y después volvía a caer.

Ese fue un acuerdo que duró 40 años entre 1910 y 1950. Se establece así una regla no escrita de la sucesión del poder. El sistema patrimonial se renueva cada seis años. Esa es la diferencia entre el sistema virreinal, el sistema del siglo XX y este siglo. La capacidad institucional que tuvo la postrevolución y sus liderazgos para generar una transmisión de la política de manera ordenada y regulada entre sus élites, se establecía bajo el acuerdo: yo tengo el poder seis años o tres años. Se trataba de una subordinación muy clara al poder presidencial y la línea de mando y de comando desde la presidencia hasta abajo, articulada por los gobernadores. Es una obra de arte autoritaria y represora, pero que funcionó por poco más de 70 años. No son los mismos códigos de la época virreinal y tampoco son los del mismo caudillaje. El PRI construye una narrativa poderosa de nación y de cohesión que está articulada con la idea patrimonial.

– En este sentido, cuando son reactivadas las estructuras autoritarias y, sobre todo, la izquierda pone en marcha estos códigos, ¿podemos afirmar que se trata de un campo propio y vigente de este movimiento? Y, peor aún, ¿qué tan innovadores son estas semánticas para la teoría de la esfera civil?

– Creo que sí, son innovadoras. La otra pieza que hace falta es el populismo. Este patrimonialismo generó un discurso populista durante los años de gobierno del PRI y tiene como sus cumbres en algunos puntos, pero particularmente podría señalar tres. Primero, con Luís Echeverría, segundo con José López Portillo y, tercero, con Salinas de Gortari, quien estableció una política populista en cierto sentido. Algunos le llamaron neopopulismo, porque era muy distinto al populismo del PRI tradicional. La izquierda fue nacionalista y estuvo ligada al proyecto populista del PRI. Es muy interesante observar que cuando se planteó la nacionalización de la banca en México, los principales líderes de izquierda que, incluso hoy, están en el gobierno y en puestos muy importantes, fueron los primeros en apoyar el PRI. Hay personajes que respaldaron la nacionalización de la banca de López Portillo, porque era el medio para acceder al socialismo. Ahora, éstos son los principales defensores de la 4T (Cuarta Transformación).

– ¿Cómo es que se logra hacer?

– Me parece que cuando AMLO activa el discurso populista fusiona dos elementos, el sistema patrimonial y el sistema populista-mexicano. La izquierda de alguna manera no se está dando cuenta de la activación de este proceso. ¿Qué nuevas semánticas hay? Ya no se habla de la revolución mexicana, se habla de la 4T. Allí hay una innovación semántica importante. La cuestión de amigos-enemigos que se construye ahora es muy semejante a la década de los setentas entre enemigos de la revolución y amigos de la revolución.

Cada una de esas frases son innovaciones semánticas, en el sentido de que tienen significaciones particulares, pero la estructura particular mantiene su capacidad de incluir y excluir a ciertos sectores en la construcción de la política. De hecho, si te das cuenta, durante la década de mediados de los ochenta hasta el 2000. Antes de la llegada de AMLO al poder, entre académicos y políticos se hablaba de ciudadanos, ahora ya nadie habla de esto, sino de pueblo o élites. La idea de ciudadanía se ha desdibujado y se recurre a sistemas de significación que eran prevalecientes en la década del setenta, los amigos de la revolución y los enemigos de la revolución mexicana. Creo que allí están alguna de las innovaciones semánticas que AMLO puso en la mesa y la izquierda en su lógica populista. Hay una izquierda civil, así como una derecha civil. Hay una izquierda populista autoritaria que es la que está gobernando ahora. Hay una derecha, por supuesto, anticivil y autoritaria. Pero, los puntos del medio que son la izquierda civil y la derecha civil se están desvaneciendo. Hay mucha gente de izquierda que se separó del proyecto de la 4T que tradicionalmente venía apoyando a AMLO y su proyecto político. En los últimos años del sexenio pasado comenzaron a romper constantemente con él. Esa es una izquierda que está viendo y cuestionando esta fusión entre patrimonialismo y populismo de izquierda.

– Algo importante que acabas de mencionar es la noción del populismo. En el libro se advierte que ya no es posible utilizar esta categoría en términos ideológicos, sino que debemos construir un puente a partir de la sociedad civil. En ese sentido, ¿cómo se incrusta la categoría demos-pueblo con los nuevos significados matizados por la izquierda?

– Como bien tú sabes, en la medida en que vivimos en una democracia y que demos quiere decir el poder del pueblo. Evidentemente, el elemento central de disputa es, ¿quién es el pueblo? Eso es parte de la discusión democrática, tratar de distinguir quién forma parte de la sociedad y quién no debe formar parte de esto. Una pugna por definir justamente es el pueblo. Todas las democracias y esto me parece que es una innovación de la teoría de la esfera civil es que llega a señalar que el populismo no es una desviación de la democracia –como creen regularmente algunos intelectuales americanos– o, mucho menos, es una moda que deba ser considerado como algo malo. El populismo es parte de la democracia, porque está la disputa entre quiénes son parte del pueblo y quién depende de las necesidades del pueblo. El populismo más que una ideología o, una desviación de la democracia, es un particular estilo de gobierno que trata de distinguir y establecer o, en su defecto, polarizar y condensar de un lado lo que significa y, del otro lado, lo que no significa el pueblo. Todos los populismos se basan en esta distinción, pero la democracia también hace esa distinción.

El tema del populismo es cuando esencializa las características de aquellos que no son pueblo en ciertos actores. Éstos al momento de criticar la lógica populista serán considerados como anticiviles o actores movidos por intereses personales, egoístas e irracionales, incapaces de poder controlarse y generar instituciones autoritarias. El problema del populismo en la lógica de la esfera civil son dos: uno, es esta especialización; y, dos, es la velocidad con la cual se hacen las reformas. Cuando el populismo avance de forma lenta, permitirá de cierta manera generar mecanismos que beneficien el sistema y amplíen los espacios de inclusión. Pero, cuando el populismo se mueva de manera veloz, lo que producirá será caos y destrucción de la mala democracia que tuvimos por un sistema autoritario.

 

– Sí traslapamos este problema a Latinoamericana, entonces, veremos pocas oportunidades en los términos de la esfera civil, porque la transmisión democrática es lenta y, a veces, acelerada debido a los códigos binarios. Hoy en día, por ejemplo, por un lado, en la Argentina está en boga la idea de la desaparición del Estado, así como el surgimiento de nuevos actores políticos, los libertarios parecen tener eco; por el otro lado, la izquierda desde el poder impulsa una mayor presencia del Estado, pero los resultados no son los esperados. En consecuencia, ¿cómo pensar las transmisiones democráticas? Y, ¿cuáles son las salidas desde esta noción de estructuras culturales presente en las dinámicas populistas?

– Hay que hacer una distinción y me parece importante. La esfera civil no es sociedad civil, la esfera civil es una estructura de sentimiento y solidaridad que genera tanto crítica como inclusión. No es una sociedad civil, tampoco es democracia. La esfera civil es aquella donde está soportado la democracia. Estas estructuras culturales profundas. Soy optimista, porque las esferas civiles que por más autoritario o polarizado esté una sociedad, siempre habrá espacios de estas esferas civiles. Por ejemplo, Carlo Tognato ha encontrado que, en Colombia, por su propia historia, lo que existe es el código de la hacienda. Él hace una figuración de cómo se ha movido el código de la hacienda en Colombia desde finales del siglo XIX, inicios del XX y hasta la fecha. Incluso estos códigos se encuentran en la práctica política de las FARC. Hay otros colegas que han tratado de desarrollar otro tipo de códigos no civiles en otros contextos.

Lo que existe ahora es un backlash resultado de un proceso de aceleración, expansión e inclusión. Pero, en el caso particular de Argentina evidentemente ese backlash que hay, se debe al proceso de polarización que generó el populismo kirchnerista. Toda sociedad tiene esferas no civiles. EE.UU., Francia, Inglaterra y los países nórdicos tienen esferas no civiles que puede ser como las fuerzas no patrimonialistas. Acaba de salir un libro: La esfera civil en India. Todos los países cargamos una historia particular y, de alguna manera, lo que genera es una especie de presencia que se relaciona con los códigos civiles. Argentina tiene sus particulares códigos no civiles, algunos autores lo han encontrado en la construcción de la idea del peronismo. En Chile tenemos una fuerte estructura no civil que, de hecho, ha impedido que la Constitución de Pinochet sea modificada. Hablo de una esfera no civil que convive con esta esfera civil. Es importante señalar que las esferas no civiles no van a desaparecer, se puede achicar, pero no pueden desaparecer totalmente. Existe el caso americano, el caso cubano, colombiano, etc. Son estructuras que se enlazan con el código civil y no civil, de tal manera que generan semánticas innovadoras.

De otro lado, hay expectativas. Argentina tiene instituciones comunicativas muy sólidas y críticas tanto del actual gobierno como los de Kirchner. Colombia tiene una gran fuerza de instituciones comunicativas, este país tiene una institución regulativa de la interpretación de la ley y que ahora en México no existe. En México sólo nos quedan las universidades, algunas desde luego. La prensa y la radio siguen funcionando como operadores críticos del sistema. Me parece que hay una especie de constricción de la esfera civil en América Latina, pero es algo que no desaparecerá. El código populista se ha instaurado muy fuerte en la región, porque el discurso populista no solamente polariza, sino que también genera la sensación de que existe respuesta de las instituciones, pero también una parte de la población considera que éstas han fracasado.

– Tomando en cuenta que el nosotros-civil y ellos-anti-civil y, desde luego, el hecho de que se encuentren y existan en la sociedad implica necesariamente pensar no sólo en el ciudadano, sino también en aspiraciones universales. ¿Cómo deben de ser razonadas esas simbologías o valores, si se quiere, para articular y construir procesos de societalización?

– Siguiendo la teoría de la esfera civil, existen valores universales como la igualdad, la libertad o la expresión, etcétera. Son valores que atraviesa a todas las sociedades, pero tienen interpretaciones, significados y sentidos muy distintos. Sirven como referente de inclusión y exclusión. No hay una idea que no se incluya y excluya. El derecho al voto de la mujer, en su momento, se construye haciendo referencia a que tanto hombres como mujeres son iguales, esto en el siglo XX. No se trata de un criterio de distinción, sino que hombres y mujeres son iguales. Es un criterio de inclusión universal, un criterio de igualdad. Ese criterio de igualdad lo operan las mujeres para reclamar su derecho a la inclusión en el voto. Después, llegarán otros actores y actoras a tratar de jugar con ese mismo proceso y regularmente esa referencia tiene un universal abstracto.

Es un universal en el que todos estamos de acuerdo y, en términos prácticos, significa cosas muy distintas. A partir de este punto es donde empieza la pugna o la competencia por controlar el sentido de esos valores universales. Por ejemplo, cuando los afroamericanos luchan por los derechos civiles, no lo hacen apelando: “somos afroamericanos o negros y queremos derechos civiles”, sino lo que exigen es “somos americanos y también necesitamos que se nos respete nuestros derechos”. El máximo derecho universal son los derechos humanos, pero lo que hacen los afroamericanos es referirse a la Constitución. Cuando Martin Luther King dice que en la Constitución todos nacemos iguales, está haciendo referencia a un universal. Por supuesto, los blancos del sur dirán que no, pero la Carta Magna dice que todos los hombres nacemos iguales. Los movimientos de liberación de América Latina están basados en universales e inspirados en Montesquieu y John Locke. Absorben esas categorías, se inspiran en la revolución haitiana y leen lo que pasa en EE.UU.

La democracia es un universal que no se logra consolidar hasta el siglo XX. En el siglo XIX, Francia fue resultado de monarquías, después surgió la revolución francesa y vino el terror, seguido de esto surgió Napoleón, así como los intentos de república con Napoleón II. No hay un país que haya constituido una democracia, tampoco EE.UU. Si te das cuenta, es una idea universal. Todo el mundo apela a la democracia, desde luego, existe una competencia por el sentido de qué es la democracia. Allí, es donde ese juego de universales entra en un estrato menos elevado en términos de la disputa. Cuando las mujeres reclaman su derecho al uso del cuerpo con la finalidad de exigir el derecho a la intervención al embarazo, están apelando a un universal. Tú y yo tenemos derechos a nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es único. Se trata de un universal de la individualidad. Cuando el EZLN salió a la palestra en 1994, lo que exigieron fue democracia y libertad, jamás lucharon por el socialismo. Establecieron así un universal.

Ahora bien, nos podemos comunicar, porque existe esta estructura cultural como son los universales. Incluso los grupos indígenas apelan a un universal como lo hizo Evo Morales con la Constitución. Los procesos de decolonialidad en África se hicieron en la lógica de que queremos ser estados autónomos, es decir, un Estado-nación con su Constitución y su división de poderes. Todo el mundo está moviéndose sobre este ideal, incluso las dictaduras latinoamericanas buscaron a través del golpe de Estado garantizar la democracia. Ellos pueden decir que venimos por un rato y luego nos vamos, pero, en el fondo, es su justificación, la narrativa universal juega un elemento fundamental en el sistema de comunicación de las narrativas civiles y anticiviles en la esfera civil. Por eso, creo que sí hay universales, cuando digo universales me estoy refiriendo a esta discusión que estamos teniendo.

– ¿Consideras que estos universales se encuentran en riesgo y más aún cuando está en marcha el segundo piso de MORENA impulsado por Claudia Sheinbaum?

– No está en peligro, porque nadie puede controlar e imponer a nadie un sentido único de lo que significa una cosa. El poder de la teoría de la esfera civil en lo personal y de la sociología cultural es que da cuenta de que nosotros creamos sentido. Todos los intentos por controlar el lenguaje y establecer un único criterio de lo que significan las cosas siempre han fracasado, porque nosotros y todos los actores desde los más ricos hasta los más pobres tenemos capacidad agéntica. Podemos interpretar y dar sentido a las cosas. Esto es algo importante, porque choca a veces con la idea de que nuestra forma de pensar está determinada por las condiciones sociales. Lo expuesto, a veces nos da a entender que no tenemos la suficiente agencia, porque ésta se encuentra atrapada en la lógica material, pero los actores sí pueden imaginar y crear. Aun cuando la 4T nos diga que así son las cosas, hay un sector de la población, el 43% que no votó por Claudia Sheinbaum, no cree en la 4T. MORENA ganó la presidencia y, con ello, manipularon la ley. Además, tienen buen control de estas estructuras a tal grado de transformar el sistema judicial.

Me atrevo a decir que un conjunto de instituciones regulativas de la esfera civil como el sistema judicial ya murió. Por ejemplo, podrán decir lo que quieran de Donald Trump e incluso que está acabando con el mundo, pero la mayoría de los jueces está votando en contra de sus acciones, porque son conscientes de su cargo. ¿Qué fue lo que pasó con AMLO? Todo lo que hacía era revertido por la Suprema Corte, porque había amparos que se dieron por el Tren Maya u otros proyectos. Debido a esto, tuvieron que acabar con la división de poderes y la Suprema Corte de Justicia. Ahora bien, en la Corte puede haber nepotismo y puede ser considerada como corrupta, pero la división de poderes no sirve para beneficiar al pueblo en una democracia representativa, más bien, sirve para que las élites sean controladas.

En la medida en que una élite se hace de todos los poderes, no hay posibilidad de generar mecanismos de regulación. Decía Wright Mills que el problema no son las élites del poder, el problema es que las élites se acaben uniendo y que no haya un sistema de regulación entre ellas. Se va acelerar este proceso de desgaste democrático, Max Weber dice que cuando el líder carismático se va, desaparece y muere visualmente, en el teatro político los que se quedan son más radicales. La disciplina al interior de los seguidores del partido del líder carismático se vuelve más dura y más cerrada. Esto lo vimos antes de que iniciara el gobierno de Claudia Sheinbaum. Ya no hay posibilidad de disenso, eso lo podemos ver también en Venezuela. La radicalización del sistema autoritario no se da con Chávez, se radicaliza cuando llega Maduro. Creo que la esfera civil nunca desaparece. En México, durante la hegemonía del PRI, había una esfera civil pequeña, pero con el tiempo se fue expandiendo. Tardó, pero logró consolidarse. Ahora hay una construcción de la esfera civil, pero creo que todavía quedan los movimientos sociales, las asociaciones civiles y las universidades que son centrales para criticar al poder. Soy pesimista, pero me parece que las instituciones de la esfera civil van a existir todavía.

– Al final del libro remarcas que tenemos que aprender a convivir con el populismo. Me parece que es algo muy importante a ponderar, pero es necesario reflexionarlo. Cuando se hace alusión al debate de escritores como Octavio Paz y Vargas llosa en torno a la “dictadura perfecta”, la inquietud aturde, es decir, ¿estamos frente a la construcción de este tipo de poder bajo las implicaciones actuales?

– Esperemos que no. No estamos en el contexto postrevolucionario. Ese es el primer factor. Ya hubo un aprendizaje de la democracia y una forma de entender esto. A mí me preocupa menos el populismo y me preocupa más cómo éste activó el patrimonialismo. Lo estamos viendo ahora y la manera cómo las familias se están repartiendo el poder. Los Bartlett y la Casa gris son ejemplos. Todo el mundo se está repartiendo el pastel y se observa también a nivel subnacional. Están surgiendo nuevas élites fusionadas con las antiguas, caso Murat. No queremos darnos cuenta de tres cosas: primero, existe un código patrimonial e institucional, así como instituciones patrimonialistas que aún perduran; segundo, existe un código populista que lo ha activado; y, tercero, disponemos de un código civil.

Desde mi punto de vista, lo que tenemos que asumir es que vamos a vivir con esas tres cosas por mucho tiempo. Eso no es lo malo, lo malo no es darnos cuenta cuando los actores políticos activan el sistema patrimonial y populista, sino no darnos cuenta cuando se activa el código civil. Creo que la forma de construir una sociedad más democrática es darnos cuenta del peso que tiene el patrimonialismo, el populismo y la esfera civil. Debemos preguntarnos, ¿de qué manera se entrelazan y se distinguen para no reproducirlas? Es como si nos viéramos en el espejo y al vernos en él, nos damos cuenta de nuestros defectos y sabemos que no vamos a poder quitárnoslo nunca, pero podemos controlarlo. Eso me parece que es la intención del libro, es decir, somos esto y hay que aprender a vivir de la mejor manera con estos tres códigos para evitar lo que está pasando.

 

Por: John Kenny Acuña Villavicencio (Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Guerrero)

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