Andrés Neuman era conocido por Bolaño antes de que ganara el Premio Alfaguara por El viajero del siglo (2009) y antes de que el autor de La literatura nazi en América (1996) falleciera. Basta con decir que el genial chileno afirmó que aquel era un escritor “tocado por la gracia”. Y yo, como lector, recién pude conocerlo gracias a El fin de la lectura (Estruendomudo, 2011), un libro que terminé en poco más de un par de horas por su agilidad, solvencia y maestría.
Es un conjunto de relatos que, según el propio autor, constituye una especie de antología personal, incluyendo algunos cuentos ya publicados anteriormente en otros libros, pero con la adición de otros recientes. El libro está dividido en cinco secciones, cada una de las cuales agrupa diversos relatos. Estas secciones suelen tener una temática definida, como los asesinatos y la muerte en “Morir bien” (la segunda sección), los lazos sanguíneos en “En familia” (la tercera sección) o el mundo de los escritores, poetas y críticos literarios en “El fin de la lectura”.
La prosa de este libro de cuentos se distingue por su precisión, ritmo y una economía del lenguaje que sugiere más de lo que dice. A menudo juega con lo no dicho, con las elipsis narrativas, confiando en la inteligencia del lector y dejando vacíos que se llenan por inferencia. Un diálogo sin acotaciones, una descripción incompleta pero significativa, una escena cortada en el momento justo: todo ello construye una narrativa más sutil y evocadora.
Los cuentos que más me impresionaron fueron casi todos, pero destaco, solo por mencionar algunos ejemplos, “La felicidad”, que narra la historia triangular de un amor; “Una raya en la arena”, uno de los relatos más figurativos del libro; “Cómo maté a John Lennon”, que trata sobre el testigo del asesinato de John Lennon, su gran ídolo; “Hogar”, un microrrelato intrigante; “Ringo Mentón de Seda”, la historia de un boxeador que se retira fracasado e invicto; y “El fin de la lectura”, un relato elíptico sobre los escritores, su rivalidad y el público. Este libro gustará a los amantes de la buena literatura.
A inicios de la semana pasada terminé de leer las más de quinientas páginas de El Evangelio según Jesucristo (1991), del Premio Nobel José Saramago, un libro que comencé a disfrutar a los diecisiete años, pero que, debido a mis tempranas lecturas de la Biblia, no concluí y abandoné casi a las doscientas páginas. Me encantaba entonces y ahora me ha vuelto a encantar su prosa, su técnica, su innovación, su irreverencia. José Saramago es, sin duda, un maestro.
Ya conociendo gran parte de su obra (recuerdo con emoción y placer Caín, Ensayo sobre la ceguera o Las pequeñas memorias), mi regreso a esta novela ambiciosa, que lo catapultó a la fama mundial, me llenó de recuerdos de uno de los cuartitos de mi casa en Lima, donde tenía un pequeño estante con libros que iba coleccionando. Me veo a mí mismo, totalmente intrigado ante la escena de amor entre María y José, o fascinado por estos protagonistas tan humanos, tan telúricos, tan hombres.
De esta última lectura me impactó especialmente el momento en que Dios, en diálogo con Jesús, le enumera (y esto me recordó el carácter aglutinante de las novelas más ambiciosas de la literatura universal) a los mártires de la ciencia o la filosofía que morirán por la religión que le está destinando a fomentar y difundir: aquellos herejes que fueron guillotinados, quemados, cercenados, despanzurrados, inmolados, entre otras formas de tortura mortal. Es decir, aquellos que no aceptaron la palabra de Dios.
Por otro lado, como han señalado todos los críticos y como el propio autor reconoció, esta novela es su versión del Nuevo Testamento, al igual que Caín (2009) lo es del Antiguo Testamento. Aunque, como todos sus lectores sabemos, se trata de una reinterpretación radical, una nueva creación, un universo alternativo, una trampa literaria. Claro está que mantiene un diálogo potente con las versiones bíblicas, pero completamente literaturizadas, es decir, ficticias. Al menos así las sentí yo.
El domingo pasado leí Perro destino (Ediciones Cernícalo, 2008), del escritor ayacuchano Vidal Navarro, de quien sus coetáneos me dijeron que, antes de su alejamiento de la movida cultural ayacuchana —coincidiendo con el auge de las redes sociales—, era muy activo y casi una figura emblemática de la literatura regional. Recién pude comprobar por qué tales afirmaciones eran acertadas. Le reprocharía haber abandonado la literatura tan pronto, ya que, por esta novela que leí, me pareció lograda o, cuando menos, rescatable.
Esta novela narra la historia de una crisis familiar en la que el hijo lucha entre la disipación y el estudio, el padre afronta una aventura amorosa y la madre es víctima del descuido y la histeria de las señoras mayores. Con una prosa ágil y, por momentos, envolvente, la novela culmina en una tragedia, como parecía anunciar el título, que, entre nosotros, me pareció bien logrado e interesante. Si tiene la oportunidad de leerlo, no la desperdicie.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023) y Operación Catástrofe (2024). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.


