Por: Francois Villanueva Paravicino

 

La literatura peruana contemporánea sigue encontrando nuevas formas de narrar los desgarros de la existencia y de interrogar los fantasmas de la violencia, la enfermedad y la marginalidad. El año 2025 trae consigo dos novelas publicadas por Quimérica Editorial que, desde registros muy distintos, dialogan con estas obsesiones: Invisible como los elefantes de Ugo Velazco Flores y Violentada de Guillermo Camahualí. Ambas obras, leídas en conjunto, trazan un mapa de tensiones donde la subjetividad se enfrenta a fuerzas que la exceden: la muerte y la enfermedad en la primera, la violencia del narcotráfico y la explotación sexual en la segunda.

Invisible como los elefantes confirma la madurez literaria de Ugo Velazco Flores, un narrador que ha sabido cultivar un estilo híbrido en esta novela de casi quinientas páginas, en el que conviven la prosa poética, la experimentación formal y una sensibilidad crítica que nunca se conforma con la superficie. La novela se presenta como un viaje hacia lo inasible: un joven acechado por la muerte se cruza con otros seres atrapados en un mismo espiral de incertidumbre. Lo que parece un argumento lineal se desdobla pronto en un juego de voces, de silencios y de fragmentos que invitan al lector a completar los vacíos.

Velazco no narra: interroga. El mundo que construye es uno donde las certezas se diluyen, donde las instituciones (la medicina, la política, la familia) apenas sostienen un andamiaje corroído. La enfermedad es un diagnóstico sin rostro; las mafias actúan como murmullos que condicionan la vida cotidiana. En ese contexto, los personajes no son héroes ni víctimas, sino sobrevivientes que transitan por paisajes de descomposición.

El estilo de Velazco oscila entre lo intimista y lo estético. Su prosa se comporta como un organismo vivo: en ocasiones susurra, en otras estalla. Lo mismo se pliega en una introspección delicada que se abre en una ráfaga de brutalidad verbal. Cada capítulo y bloque narrativo funciona como un umbral hacia una zona de indeterminación. Hay en la novela una voluntad de fragmentar, de evitar las narraciones conclusivas. Como si Velazco quisiera mostrarnos que la vida, en su crudeza, no se acomoda a los moldes tradicionales de la novela. De ahí que la sensación final sea la de haber transitado un territorio extraño, perturbador, pero profundamente humano.

Muy distinta es la propuesta de Violentada, primera novela de Guillermo Camahualí. El autor, hasta ahora poco conocido, se adentra en un territorio literario riesgoso: el de la narconovela. Pero lo hace desde un ángulo que evita la espectacularización del crimen organizado para concentrarse en sus efectos devastadores sobre las vidas individuales y comunitarias. Ambientada en la selva central de Junín, Violentada narra la historia de Lidia, una adolescente que cae en las redes del narcotráfico y la prostitución debido tanto a sus malas amistades como al interés de su propia familia por convertirla en mercancía sexual y económica.

La trama, de desarrollo breve pero contundente, explora también la figura de Luis, un joven que ama a Lidia, aunque se ve incapaz de salvarla de su propio destino. La relación entre ambos se convierte en el eje trágico de una narración que expone las vulnerabilidades de una región marcada por la pobreza, la corrupción y la falta de alternativas para los jóvenes.

Camahualí apuesta por un estilo directo, sin artificios innecesarios. Si bien se pueden señalar errores ortotipográficos en la edición, estos no disminuyen la fuerza narrativa de la historia, que atrapa al lector y lo enfrenta a la crudeza de un contexto donde los sueños se truncan en nombre de la sobrevivencia. El final trágico de Lidia funciona como denuncia, pero también como advertencia: la violencia del narcotráfico no es un fenómeno aislado, sino un sistema que erosiona el tejido social desde dentro. En ese sentido, Violentada cumple una doble función. Por un lado, entretiene, porque su ritmo es ágil y su trama engancha. Pero, por otro lado, busca generar conciencia.

Leídas en paralelo, las novelas de Velazco y Camahualí configuran un contrapunto singular. Mientras la primera trabaja con lo fragmentario y lo existencial, la segunda opta por lo concreto, lo directo y lo social. Así, Invisible como los elefantes se inscribe en una tradición literaria más experimental, cercana a la narrativa de vanguardia que apuesta por desarmar las estructuras narrativas convencionales. Violentada, en cambio, se vincula con la tradición testimonial y de denuncia, aquella que busca dar voz a las problemáticas de comunidades que suelen ser invisibilizadas.

Pero ambas comparten un gesto fundamental: negarse a ofrecer un relato tranquilizador. En las dos novelas, el lector se enfrenta a un universo donde los personajes están condenados a sobrevivir más que a vivir. Resulta significativo que ambas novelas vean la luz en 2025 bajo el sello de Quimérica Editorial. Con ello, la editorial refuerza una línea de publicación que apuesta por dar espacio tanto a escritores consolidados como a voces emergentes. Velazco, con una trayectoria reconocida y premiada, se afirma aquí como uno de los prosistas más singulares del panorama actual. Camahualí, en cambio, se introduce en la escena con una obra breve pero poderosa que promete abrir camino a futuros proyectos.

Invisible como los elefantes y Violentada son dos novelas que, desde distintas orillas, iluminan las zonas más oscuras de la experiencia contemporánea. Velazco nos conduce a un viaje de descomposición existencial, donde la muerte y la enfermedad revelan la fragilidad del ser humano. Camahualí, por su parte, nos obliga a mirar de frente la crudeza de la violencia estructural que destruye vidas en los márgenes olvidados del país. He aquí una invitación para leerlas.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024) y Cantera de fuego (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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