Por Francois Villanueva Paravicino
Hay escritores que se admiran desde la primera página y otros cuya verdadera dimensión solo se revela con el paso de los años. Cronwell Jara Jiménez pertenecía a estas dos estirpes. Su literatura, estética y poética, no se entrega de inmediato: exige una sensibilidad capaz de soportar la violencia de lo humano, la crudeza de la pobreza, la belleza escondida en los márgenes y la poesía que puede surgir incluso de la degradación. Solo el tiempo me permitió comprender que estaba frente a uno de los narradores más poderosos y originales de la literatura peruana contemporánea.
Mi primer acercamiento a su obra ocurrió cuando tenía diecisiete años. Un compañero de la academia preuniversitaria, postulante a Educación en el área de Comunicación, me prestó uno de los manuales de escritura creativa de aquel mítico escritor piurano. Entre sus páginas descubrí «Hueso duro», un cuento que me produjo una impresión difícil de explicar. Todavía no alcanzaba a comprender la magnitud de su propuesta estética, pero sí advertí que había algo distinto en aquella escritura: un naturalismo feroz, un lenguaje profundamente oral, un universo provinciano que no pretendía idealizar la realidad, sino mostrarla con toda su aspereza y dignidad. Al devolver el libro, le dije a mi amigo que aquel relato era, sin duda, lo mejor que había leído allí.
Sin embargo, Cronwell Jara no se convirtió entonces en uno de mis escritores de cabecera. Tal vez porque yo aún era un muchacho tranquilo, más inclinado hacia las lecturas clásicas que hacia los abismos de la condición humana. Sus cuentos contenían una violencia demasiado cercana, demasiado verosímil. No era la violencia espectacular de la tragedia, sino aquella que nace de la pobreza, del abandono, de la injusticia cotidiana y de las pasiones más oscuras del ser humano.
Algo semejante me ocurrió cuando leí «La breve vida feliz de Francis Macomber», de Ernest Hemingway, durante mis primeras vacaciones universitarias en San Marcos. También allí encontré una verdad insoportable, una literatura que despojaba al lector de cualquier consuelo. Con los años comprendí que los grandes narradores tienen precisamente esa capacidad: obligarnos a mirar aquello que preferiríamos evitar. En esa tradición —la de Antón Chéjov, Guy de Maupassant, William Faulkner, John Cheever, Raymond Carver o Julio Ramón Ribeyro— Cronwell Jara ocupa, a mi juicio, un lugar plenamente legítimo. No porque imitara a ninguno de ellos, sino porque logró construir una voz absolutamente propia dentro de la narrativa hispanoamericana.
No es casual que «Hueso duro» obtuviera en 1979 el Primer Premio de Cuento «José María Arguedas». Ese mismo año recibiría el Primer Premio ENRAD-Perú, Cuentos para TV, con «El Rey Momo se venga», y en 1985 alcanzaría el Premio Copé de Cuento con «La fuga de Agamenón Castro». Tres reconocimientos que consolidaron una trayectoria excepcional y que confirmaban la aparición de un narrador capaz de renovar el cuento peruano desde una mirada profundamente popular, sin renunciar nunca a la exigencia estética. Décadas después, en 2019, el Premio Casa de la Literatura Peruana reconocería una obra cuya influencia ya resultaba indiscutible.
No obstante, mi verdadera reconciliación con su literatura llegaría muchos años después, cuando ambos coincidimos en la Feria Internacional del Libro de Ayacucho (FILAY), durante la presentación de mi libro Cuentos del Vraem (2017). Compartíamos la misma mesa de presentaciones. Al regresar a casa, todavía con el cansancio de la jornada, decidí leer por fin Montacerdos (1981). Lo hice de un solo tirón. Aquel libro cambió definitivamente mi percepción de Cronwell Jara.
Comprendí que estaba frente a una de las novelas más singulares de la narrativa peruana de finales del siglo XX. La historia de Yococo trascendía el simple retrato de la marginalidad para convertirse en una poderosa alegoría de la exclusión social. Diversos estudios críticos han señalado que este personaje funciona como una inversión paródica de múltiples figuras fundacionales: el Mesías, el héroe épico, el caballero andante, el centauro o incluso el rey sacrificado. Su deformidad física y su aparente condición grotesca terminan convirtiéndose en una forma de resistencia simbólica frente a una sociedad que margina a quienes no encajan en sus modelos de normalidad.
Pero Montacerdos no sobresale únicamente por la construcción de su protagonista. También lo hace por la extraordinaria calidad de su prosa. Su lenguaje avanza con una musicalidad envolvente donde confluyen la oralidad popular, el lirismo y una sorprendente precisión narrativa. No existe en ella una sola frase gratuita. Cada palabra parece colocada para intensificar la atmósfera, para profundizar la psicología de los personajes o para revelar la belleza escondida en espacios habitualmente despreciados por la literatura.
Recuerdo incluso haber encontrado ciertos ecos estilísticos con algunos relatos de mi primer libro. No porque existiera influencia directa, sino porque advertí una misma preocupación por convertir los escenarios periféricos en territorios de alta densidad literaria. Aquella constatación despertó en mí una admiración todavía mayor. Comprendí que estaba frente a un escritor cuya obra merecía ser estudiada con la misma atención que los grandes clásicos nacionales.
Más tarde llegó la lectura de Faite (2016), donde volvió a sorprenderme su extraordinario dominio del lenguaje. Allí, la relación entre Faite y su sobrino (quien narra la historia) configura una novela sobre el desarraigo, la pobreza y la memoria, construida con una sensibilidad que nunca cae en el sentimentalismo. Cronwell Jara sabía que la literatura no consiste en provocar lástima, sino en conferir dignidad estética a quienes históricamente han permanecido invisibles.
Algo semejante ocurre en Las huellas del puma (1986), volumen que reúne algunos de sus cuentos más memorables. Además de «Hueso duro» y «La fuga de Agamenón Castro», aparecen relatos como «La luna y el arco iris», «Los dos maridos de doña Raquel» o «Burro garañón, murió en su guerra», piezas donde conviven la violencia, el humor, el mito y la superstición. Su universo narrativo está habitado por brujos, mendigos, bandoleros, enfermos, cazadores, milagreros y seres desplazados que rara vez habían ocupado un lugar central en la literatura peruana. Sin convertirlos en héroes ni en víctimas ejemplares, Cronwell Jara les otorgó una complejidad humana pocas veces alcanzada.
Todavía tengo pendiente la lectura de Patíbulo para un caballo (1989). Apenas la hojeé hace algunos años en la biblioteca de un amigo, pero bastaron unas cuantas páginas para reconocer la intensidad de esa voz narrativa tan inconfundible. Mi interés aumentó cuando el propio Cronwell compartió en sus redes sociales una antigua reseña que había recuperado después de muchos años y donde la novela era definida como una «pequeña obra maestra». No me cuesta creerlo.
Una contribución decisiva para comprender el lugar que ocupa Cronwell Jara dentro de nuestras letras fue Cuadernos Urgentes: Cronwell Jara Jiménez (2019), volumen que el profesor Jorge Terán Morveli tuvo la generosidad de obsequiarme el año de su publicación. Coordinado junto con Edith Pérez Orozco, el libro reúne estudios de Carlos Yushimito, Javier Morales Mena, Juan Zevallos Aguilar y otros investigadores que examinan rigurosamente su narrativa desde diversas perspectivas críticas. Esa publicación constituye también un acto de justicia académica: reivindica a un autor cuya importancia estética supera con creces el reconocimiento institucional que durante muchos años recibió.
Conservo asimismo un recuerdo profundamente entrañable de nuestro último encuentro. En 2023, Cronwell Jara integró el jurado de un concurso literario en el que obtuve un lugar como finalista con un relato breve. Tiempo después lo encontré en una librería de Quilca. Lo saludé con la emoción de quien se encuentra frente a uno de sus maestros. Conversamos unos minutos y, con una generosidad que solo poseen los verdaderamente grandes, me dijo que mi cuento fácilmente habría podido obtener el primer premio. Sus palabras permanecen entre los recuerdos más valiosos que me ha regalado la literatura.
El domingo 12 de julio de este año falleció a los setenta y seis años. Me enteré varias horas después. En Huamanga un prolongado corte del servicio eléctrico había dejado sin internet ni comunicaciones telefónicas gran parte del día. Cuando finalmente conocí la noticia, al principio no alcancé a dimensionarla. Solo con el paso de las horas comprendí la magnitud de la pérdida. Se había marchado uno de los narradores más originales del Perú. Un escritor que convirtió los márgenes en el centro de la literatura; que hizo de la oralidad una forma de alta expresión artística; que supo fundir el realismo, el mito, el humor, la violencia y la poesía en una voz irrepetible. Su obra permanecerá como testimonio de un país profundo que pocas veces encuentra representación con semejante autenticidad y belleza. Pues los escritores verdaderamente grandes no desaparecen con la muerte. Permanecen en la memoria de sus lectores, en las bibliotecas, en las aulas, en las nuevas generaciones de narradores que descubren que la literatura también puede hablar desde los barrios periféricos, desde los pueblos olvidados y desde la dignidad de quienes nunca tuvieron voz.
Cronwell Jara Jiménez fue, en el sentido más pleno de la expresión, un escritor de fuste. Y su obra seguirá recordándonos que la mejor literatura no es la que embellece el mundo, sino la que tiene el coraje de revelarlo.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.


