Cuando vivía en Lima, varios amigos de la Universidad La Cantuta me recomendaron con entusiasmo leer Sangama (1942), de Arturo Hernández. Este libro, antes de publicarse con bombos y platillos, fue auspiciado por el escritor y jurista Ventura García Calderón, quien no solo lo editó, sino que también lo tradujo al inglés, francés y alemán con la intención de difundirlo por toda Europa.

Ahora que lo he leído, me parece que refleja con fuerza la nobleza de la selva: imponente, trágica, misteriosa, impredecible. Todo ello parece encarnarlo el personaje que da título a la novela: Sangama. Un hombre sabio, poderoso, profundo conocedor del mundo selvático, de sus trampas, artimañas y misterios. Aunque el narrador y protagonista es Abel Barcas —quien relata sus aventuras desde su llegada al Bajo Ucayali en busca de fortuna a través del caucho o las tierras de los shiringales—, Sangama es, sin duda, el personaje modélico.

Desde el inicio, la novela resulta interesante por el aura fatalista que la envuelve. Comienza con la figura del gobernador Portunduaga, un hombre cruel, experto en los juegos de azar —hay un pasaje en que le arrebata todas sus pertenencias, incluso sus mujeres, a un apostador y aventurero ocasional—, y con un espíritu violento. Por sus abusos, este gobernador será asesinado brutalmente por Toro, uno de sus antiguos sirvientes, quien, al enterarse de que ya no ostenta autoridad, aprovecha para consumar su venganza. Tras el asesinato, Abel Barcas recordará con inquietud las palabras del propio Portunduaga: “El día que este hombre (Toro) me vea débil, me atacará”.

También desde el inicio se respira el aire mítico de la selva, con sus parajes frondosos y creencias arraigadas. Se mencionan seres mitológicos como las yanamulas, el Chullachaqui, la sachavaca, la yacumama, el bufeo, la yacuruna, entre otros. Además, se hace referencia a grupos étnicos originarios, como los shipibo-konibo. En ese sentido, la atmósfera selvática se construye con eficacia, potenciando el carácter mágico del relato.

“Todos los árboles, desde el origen del mundo, cumplen una idéntica misión: incitan al pecado. Acaso de ellos emane el impulso que gobierna la vida”, afirma uno de los personajes, conocedor del entorno. O, ya cerca del final de la novela, se escucha el grito desesperado de otro protagonista: “¡En esta selva maldita todos los lugares son iguales! Voy a disparar todas mis balas contra este infierno”.

Con la llegada del nuevo propietario de los shiringales o plantaciones de caucho, Abel Barcas —acompañado de Sangama y Chuya (la hermosa hija de Sangama, con quien Abel entabla un vínculo romántico que se desarrollará implícitamente)— recibe la misión de buscar a Matero, padre de Purificación Luna, en una zona entre el Ucayali y el Huallaga. Así se inicia una gran aventura en una selva inhóspita, atravesando ríos, pantanos, enfrentando ofidios y bestias salvajes. Otros hombres se suman a la expedición, pero no todos sobrevivirán: la selva reclama sus víctimas. Durante todo este trayecto, la sabiduría de Sangama será decisiva.

Sin embargo, el punto culminante de la novela ocurre cuando los personajes regresan al punto de partida con la misión cumplida. Una fiesta se transforma en una afrenta de honor con la familia López. En estado de ebriedad, Abel Barcas se lleva a una de sus mujeres y dispara contra los asistentes. Al día siguiente y los siguientes se desatan un enfrentamiento mortal, del cual Barcas saldrá airoso gracias a la intervención del buen Sangama.

Como han señalado diversos críticos, esta novela tiene momentos de polifonía, con recursos como monólogos y mudas dialógicas en la narración. Sin embargo, su principal virtud —aunque también blanco de críticas en su momento— es la linealidad de su trama, que a veces puede parecer plana o predecible. Aun así, la obra ofrece pasajes memorables que cautivan al lector.

Con el tiempo, Arturo Hernández se ha consolidado como el principal exponente del realismo regionalista amazónico. Natural de la provincia de Requena, en Loreto, plasmó en Sangama (1942), Selva trágica (1954) y Bubinzana (1960) las múltiples vicisitudes del entorno tropical e inhóspito, sumergiendo al lector en la idiosincrasia, las supersticiones y la espiritualidad de la selva.

La crítica ha destacado en su narrativa una dimensión imaginaria, religiosa, histórica y social que, nutrida por su experiencia y formación, ha contribuido a reivindicar la imagen de la Amazonía desde mediados del siglo XX. El reconocido crítico literario Estuardo Núñez lo incluyó entre los autores que marcan la culminación del regionalismo, y lo calificó como un “hábil conductor de tramas y de situaciones truculentas”. En efecto, la mirada visceral que Hernández ofrece del entorno selvático contrasta con la visión romántica de otros escritores que intentaron capturar su esencia.

Por todo esto, la lectura de la obra de Arturo Hernández resulta altamente recomendable. En su momento, Populibros Editores viralizó Sangama. Hoy en día, su narrativa continúa vigente gracias a editoriales como Trazos Ediciones, dirigida por Miuler Vásquez, quien se ha convertido en un interesante difusor de la literatura amazónica, tanto clásica como contemporánea.

===================

Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024) y Cantera de fuego (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí