Hace unos días ha salido, oliendo todavía a tinta fresca, Retornos (Edición artesanal, 2026), el más reciente poemario del poeta Ronald Pérez. El volumen ha sido elaborado de manera cartonera y artesanal, con material reciclable y una clara vocación medioambiental. La edición estuvo a cargo de Fidel de la Cruz, quien viene apostando con constancia por escritores jóvenes deseosos de publicar sus inéditos y abrirse paso en el circuito literario independiente.

En conversaciones con colegas escritores y docentes sobre la lírica de Ronald Pérez, surgieron referencias casi inevitables: Joaquín Sabina, Benjamín Prado, Luis García Montero, Javier Krahe, así como cantautores como Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute e Ismael Serrano. No se trata de una filiación gratuita. Pérez, además de poeta, es músico y compositor de sus propias canciones; su sensibilidad se nutre del imaginario del cantautor urbano, del desencanto amoroso y de la reflexión íntima que dialoga con la tradición de la poesía conversacional española contemporánea.

Sin embargo, y aquí radica una de las primeras sorpresas del libro, su poesía no es meramente “musical” en el sentido formal. Lejos de organizarse en torno a esquemas rítmicos previsibles o rimas consonantes y asonantes cuidadosamente labradas, los textos de Retornos optan por una estructura libre, de verso amplio, con cortes que privilegian la idea antes que la sonoridad. No hay en él un afán esteticista por la rima; hay, más bien, una urgencia por decir. El poeta escribe como quien necesita testimoniar un estado del alma: el amor y su desgaste, la culpa, la soledad, la amistad herida, la conciencia del tiempo, el temor a la muerte y la celebración de la vida.

Ahora bien, que no haya rima tradicional no significa que carezca de ritmo. La cadencia se construye a partir de repeticiones, paralelismos y anáforas, así como de un tono confesional sostenido. En este punto, su formación musical parece trasladarse no al esquema métrico, sino al pulso interno del verso. La reiteración de estructuras sintácticas y el uso de figuras retóricas aportan una corporalidad que sostiene el discurso lírico. Hay una búsqueda de intensidad antes que de ornamento.

Resulta llamativo que el poemario no incluya epígrafes ni citas que expliciten sus filiaciones literarias. Apenas una dedicatoria a sus compañeros de letras y a sus musas abre el volumen. Esta ausencia puede leerse de dos maneras: como una carencia —pues el diálogo intertextual queda implícito— o como una afirmación de autonomía, una voluntad de hablar desde la experiencia propia sin ampararse en nombres tutelares.

Entre los poemas más logrados se encuentra “Re-vivir”, donde el yo lírico se enfrenta a la conciencia de la muerte como revelación moral: : “¿Qué es estar cerca de la muerte?/ Una forma de perder,/ de conocer el miedo,/ de entender la locura,/ de replantearse la vida.// Es también darse cuenta/ que has sido mal hijo,/ mal hermano,/ mal amigo,/ mal amante”. Aquí la anáfora (“mal hijo, / mal hermano…”) intensifica la autoinculpación. El poema no se queda en la abstracción metafísica; aterriza en la ética cotidiana. La cercanía de la muerte no se define por imágenes grandilocuentes, sino por la revisión de los vínculos. El retorno del título del libro puede interpretarse como ese volver sobre uno mismo para examinar culpas y fracasos. La muerte, entonces, no es solo final: es espejo.

También el poema “Antagonismo”, que dice así: “Los caminos de la vida han querido,/ que mis ojos desconfiados te vean/ y confíen en tu existencia.// Mas no puedo detener el río/ cuando el ocaso llega/ y la distancia nos separa”. Aquí se advierte una tensión entre destino y voluntad. El “río” y el “ocaso” funcionan como metáforas del tiempo inevitable. El antagonismo no es solo entre dos personas, sino entre el deseo de confiar y la conciencia de la fugacidad. El tono es sobrio, casi resignado, y recuerda la tradición de la poesía amorosa marcada por la pérdida antes que por la plenitud.

O la composición “El fin de un inicio”, que versa así: “La ciudad atardeció y la lluvia limpió lo agrio./ Soy un perro que intenta limpiar su nombre,/ un mal amante de noches tóxicas con sabor a engaño.// He maltratado corazones al no sanar el mío/ cargaré con el desprecio de mi nombre emanado en tus labios”. En este poema, la imagen del “perro que intenta limpiar su nombre” es particularmente potente: combina flagelo y deseo de redención. La ciudad y la lluvia operan como escenario moral, casi como un correlato objetivo del estado anímico. El sujeto reconoce su responsabilidad afectiva; no se presenta como víctima, sino como agente del daño. Esta dimensión autocrítica es uno de los mayores aciertos del libro.

No obstante, Retornos también evidencia debilidades formales. En varios poemas se advierten cambios irregulares de puntuación, oscilaciones entre versos que prescinden de signos y otros que los incorporan de manera poco coherente. En algunos casos, la sintaxis se vuelve imprecisa y afecta la claridad semántica. Estas fluctuaciones pueden interpretarse como parte de una espontaneidad buscada; sin embargo, cuando se repiten con frecuencia, corren el riesgo de percibirse como descuido estilístico más que como elección consciente. Una revisión editorial más rigurosa podría fortalecer notablemente el conjunto en futuras ediciones.

A pesar de ello, el libro posee virtudes innegables: honestidad emocional, coherencia temática y una voz que, aunque todavía en proceso de consolidación, resulta reconocible. Su sencillez —lejos de ser pobreza expresiva— se convierte en estrategia de cercanía. Pérez no pretende deslumbrar con artificios; aspira a conmover desde la experiencia directa. Y, en más de un poema, lo consigue.

En suma, Retornos es un libro que dialoga con la tradición del cantautor-poeta, pero que busca afirmarse en una expresión personal marcada por la introspección y la culpa amorosa. Con mayor cuidado formal y una depuración sintáctica, la propuesta podría alcanzar una madurez más sólida. Por ahora, queda la impresión de estar ante una voz auténtica que, fiel a su título, vuelve una y otra vez sobre sí misma para entender —y acaso redimir— sus propios errores.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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