Conocí mejor a H. P. Lovecraft cuando empecé a corregir literatura de terror escrita por autores entusiastas del género fantástico, sobrenatural o de ciencia ficción. Muchos de ellos lo admiraban con auténtica devoción y respeto. No pocos lo consideraban un modelo a seguir, un maestro al que se debía estudiar con detenimiento para aprender los secretos de su estilo y su visión del horror. En cambio, en la universidad, su nombre despertaba opiniones divididas: unos lo veneraban, otros lo desdeñaban. Por ello, durante mis años de estudiante, no fue una de mis prioridades.
Corría el segundo lustro de la década pasada cuando comencé a devorar todo lo que encontraba del autor norteamericano de Providence: desde antologías de cuentos cortos hasta sus obras completas. A partir de entonces, me convertí también en uno de sus lectores, aunque quizá no entre los más fervorosos. Sin embargo, aún guardo en la memoria varios de sus relatos magistrales, aquellos que me hicieron admirarlo y respetarlo, sobre todo por su capacidad para crear un universo propio, tan vasto como aterrador.
Hace unos días llegó a mis manos Nada humano sobrevive aquí. Antología de cuentos peruanos bajo la sombra de H. P. Lovecraft (Academia Antártica, 2025), un conjunto de doce relatos escritos por Carlos Saldívar, Abril Cárdenas, Aníbal Mayurí, Poldark Mego, Andrea Rivera, Claudia Salazar, Yelinna Pulitti, Bruno Cueva, Romina Paredes, Jorge Casilla, Sophia Gómez y Cristhian Briceño.
Todos los cuentos comparten un tono fantástico, sobrenatural o terrorífico, con un claro referente lovecraftiano. En conjunto, funcionan como un homenaje a esa figura central de la literatura del horror cósmico. El prólogo y la edición están a cargo de Alexis Iparraguirre, quien recuerda que el crítico Edmund Wilson, desde las páginas de The New Yorker, atacó a Lovecraft en 1945 con una frase lapidaria: “El único horror real en la mayoría de estas ficciones es el horror del mal gusto y el mal arte”. Desde entonces ya se revelaba el carácter polémico de la recepción literaria de la obra ¿de este genio incomprendido en su momento?
Sin embargo, como bien subraya Alexis Iparraguirre en el prólogo, contra todo pronóstico el creador de La llamada de Cthulhu se convirtió con el tiempo en un autor de culto: leído por pocos y celebrado por menos en sus primeros años, pero finalmente reivindicado por escritores de la talla de Ray Bradbury, Stephen King, Jorge Luis Borges, Michel Houellebecq o Paul Auster.
La antología incluye además un estudio titulado “Howard Phillips Lovecraft, ¿un esquizotípico?”, del doctor Carlos Vera Scamarone, donde se sostiene que el autor de En las montañas de la locura pudo haber padecido esquizofrenia catatónica y que, posiblemente, experimentó un complejo de Edipo, evidenciado en su matrimonio con Sonia Greene, seis años mayor que él, cuando él tenía 34 años y ella 40. El ensayo destaca también el carácter solitario, huraño y enfermizo del escritor homenajeado, un rasgo que, sin duda, se proyecta en su obra.
Entre los relatos más logrados de la antología destaca “¡Salchichas gratis!”, de Carlos Enrique Saldívar, una narración que traslada el horror cósmico al terreno de la vida cotidiana y del consumo masivo. Saldívar logra transformar una escena aparentemente banal —el acto de comer, de disfrutar un producto común— en una experiencia perturbadora, donde el placer sensorial se convierte en una trampa irreversible ante un demonio cósmico. Otro texto notable es “Paisaje de sueños”, de Claudia Salazar Jiménez, donde se explora con sutileza la frontera entre el sueño y la vigilia. En este relato, el inconsciente emerge como un territorio donde los miedos colectivos se proyectan y adquieren forma simbólica.
Asimismo, merece especial mención “El viajero onírico”, de Jorge Casilla Lozano, que profundiza en la idea del desdoblamiento y del cruce entre realidad y sueño. Dos detectives, inmersos en una investigación inquietante, se ven atrapados en un laberinto de percepciones donde el tiempo y la lógica se desintegran.
Por su parte, “Nefren-Ká”, de Romina Paredes, introduce una mirada distinta dentro del homenaje lovecraftiano: la del poder femenino frente a la codicia patriarcal. En el relato, la alquimia del expoliador —símbolo del dominio y la apropiación— se contrapone a la sabiduría ritual femenina, que representa la continuidad y el equilibrio.
O en “Las estrellas del cielo”, Sophia Gómez Cardeña construye un relato donde la observación astronómica se convierte en un terreno de tensión emocional y silencios cargados de deseo. El suspense, firme y sin tropiezos, sostiene la narrativa: todo parece contener un significado oculto, como si la luz distante de las estrellas dictara el destino de ambos.
Existen, además, algún que otro par de relatos dentro de la antología que merecen una lectura detenida, no solo por la solidez de su propuesta narrativa, sino porque expanden los límites del horror lovecraftiano desde una perspectiva marcadamente peruana y actual. Cada autor, con su propio lenguaje y mirada, reinterpreta los elementos clásicos del mito —la locura, lo innombrable, la presencia de fuerzas cósmicas indiferentes al ser humano— y los injerta en contextos sociales, urbanos o culturales que pertenecen a nuestro tiempo.
No obstante, también es justo señalar que algunos textos de la antología presentan descuidos gramaticales o de edición que podrían haberse corregido con mayor rigor. La advertencia al lector —y al editor— queda hecha.
Como bien dijo Jorge Luis Borges, “Lovecraft logró inventar un horror metafísico, una literatura del pavor cósmico que lo distingue de Poe”. Stephen King afirmó que “Lovecraft es el autor que más me ha influido; su visión del horror como algo cósmico e incomprensible cambió para siempre el género”. Ray Bradbury confesó: “Lovecraft me enseñó que las palabras podían crear atmósferas tan densas como una noche sin estrellas”. Y Michel Houellebecq escribió que “Lovecraft es un místico del vacío, un poeta del horror absoluto; su desesperación metafísica es lo que lo hace eterno”. Finalmente, Paul Auster reconoció: “Lovecraft me impresionó profundamente cuando era joven. Su sensación de que el mundo oculta fuerzas invisibles me acompañó siempre”.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.


