A estas alturas está de más recalcar que es imposible leer todos los libros publicados durante el año, tanto a nivel nacional como internacional, que es lo que se necesitaría para elaborar un verdadero top de los mejores títulos aparecidos en ese lapso. Esto puede deberse a que los libros no llegaron a tus manos, no los compraste o, simplemente, no tuviste tiempo de leerlos. Incluso eso ocurriría si uno se dedicara exclusivamente a leer. Es cierto también que me quedo con las ganas de no haber leído algunos libros de este año que fueron muy publicitados, en especial por la cercanía generacional de sus autores con la mía. Sin embargo, debo recalcar que en esta lista anoto lo mejor de mis lecturas en general: desde clásicos y relecturas hasta contemporáneos y los más actuales. Cabe señalar, además, que incluso hay clásicos —o considerados como tales— que no alcanzaron el puntaje de nueve o de diez; o que, en una segunda o tercera relectura, ya no parecen esa obra maestra que uno añoraba.
En enero me gustó mucho Celebración de la novela, de Miguel Gutiérrez, un ensayo sumamente interesante. También disfruté Hollywood, de Charles Bukowski, una novela esclarecedora y divertida sobre el vínculo entre la literatura y el cine; Por el cristal amarillo, de Juan Ramón Jiménez, un poeta siempre inspirador; Historia, de Julián Pérez Huarancca, un libro épico y de linaje familiar; y una Antología poética de Fernando Pessoa, un poeta excepcional. Banderas detrás de la niebla, de José Watanabe, me impresionó mucho, al igual que Caligrafía china, de Marco Martos. Asimismo, El evangelio según Jesucristo, de José Saramago, fue una relectura fenomenal que retomé con renovada admiración. Una mesa en la espesura del bosque, de Carlos López Degregori, también me gustó mucho, así como Un crucero en la isla Galápagos, de Antonio Cisneros, y El fin de la lectura, de Andrés Neuman.
En febrero me gustó mucho Años inolvidables, de John Dos Passos, un autor genial, así como los libros de Han Kang: La vegetariana, La clase de griego y Actos humanos. Además, disfruté El predominio de la fe, de Gonzalo Portals Zubiate; la relectura de Nuevas odas elementales, de Pablo Neruda —un poeta cuya obra completa resulta siempre admirable—; El Sinchi, de Giuseppe Bartoli, un autor interesante; Las alas de la libélula, de Alfredo Herrera; Poemas, de Rudyard Kipling; Carta al teniente Shogún, de Lurgio Gavilán; Laques o del valor, de Platón, un autor que siempre merece ser releído; y Un mundo precario. Ensayo sobre la obra y la escritura de Franz Kafka, de Jorge Valenzuela Garcés.
En marzo me encantaron La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq, un libro revelador; ¡Odumodneurstse!, de Antonio Sarmiento, un poeta al que hay que atender; Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain; Instrucciones para un descenso al infierno, de Doris Lessing, una pequeña obra maestra; así como Poesía de paso, de Enrique Lihn, y la Poesía completa de Guillaume Apollinaire. En abril me gustaron Los jefes y Los cachorros, de Mario Vargas Llosa, relecturas que emprendí al enterarme de su sensible fallecimiento; Tráfico ilegal: flora y fauna, de José Antonio Samamé; Chiririnka, de Javier María Olórtegui; Toda la culpa la tiene Mario, de Giovanna Pollarolo; Los restos de la piel, de Jhemy Tineo Mulatillo, un libro con múltiples aristas, y Mamá, la narradora de cuentos de Wily García, un libro muy entretenido.
En mayo me gustaron Poemas reunidos, de Abelardo Sánchez León; El sendero luminoso del placer, de Willy del Pozo; Fuera del aire, de Rosa María Palacios, Augusto Álvarez Rodrich y Juan Carlos Tafur; Ukumari y otros relatos fantásticos, de Juan Vladimir Huallpa Vila; y Anfitrión, de Molière. En junio me encantaron Damiana de enormes llamas, de Leoncio Luque Ccota; Sangama, de Arturo Hernández; La buena tierra, de Pearl S. Buck; Dime, de Aidan Chambers; Detectives perdidos en la ciudad oscura, de Diego Trelles Paz; Cancionero y romancero español, de Dámaso Alonso; Vida de Beethoven, de Romain Rolland; y Mana Wanaj, de Efer Soto, quizá una de sus mejores obras, donde se devela una de sus grandes preocupaciones.
En julio me gustaron Secreto de Estado y La ciudad de los cerdos, de Rodolfo Ybarra, un autor de culto; así como Imago, de Carl Spitteler; Inercia de un cuerpo en movimiento, de Angélica Pajares; El halcón maltés, de Dashiell Hammett; A ojo de pájaro, de Miguel Garnett; y Lengua & delirio, de Gregorio Martínez. En agosto me gustaron Viaje de ida, de Fernando Ampuero; Parábola de las ideas impuras, de Enrique Sánchez Hernani; La iniciación. Herederos del cosmos de Carlos de la Torre Paredes, donde existen cuentos que recuerdo con entusiasmo; Archivo personal. Literatura, arte y cine, de José Miguel Oviedo; Venus en la caverna, de Rosina Valcárcel Carnero; Trendelemburg, de Eduardo Borjas; El desbarrancadero, de Fernando Vallejo; y Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.
En septiembre me gustaron Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo, de Octavio Paz, un esteta del ensayo; El hallazgo, de Jorge Ramos Cabezas, una entrega breve que explora todas las formas posibles del microrrelato; Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza, de Stuart Flores, su novela más ambiciosa y total hasta la fecha; Invisibles como los elefantes, de Ugo Velazco Flores, una propuesta interesante; y Monasterio de palabras, de Yulino Dávila. En octubre me gustaron El principio del mundo, de Jeremías Gamboa, una novela que me deslumbró profundamente; Las aventuras del barón Münchhausen, de Gottfried A. Bürger, un clásico que todos deberían leer; Entre ella y la otra, de Jean Paul S. Grayson, un autor interesante; Las palabras que debo decir, de Miguel Ángel Huamán Villavicencio, un ensayo muy necesario; Historias cotidianas de Paul Asto Valdez, donde existe un cuento excelente; y Orgullosamente solos, de José Carlos Yrigoyen, una novela con abundantes datos históricos de relevancia.
En noviembre me gustaron Balada de la guerra de los pobres. Cantar de Túpac Amaru, de Manuel Scorza; la antología Nada humano sobrevive aquí – Antología de cuentos peruanos bajo la sombra de H. P. Lovecraft, donde sí existen cuentos memorables; Otras disquisiciones, de Víctor Hurtado Oviedo; Estirpe de erizo, de Joe Montesinos Illesca; Cantar de los cantares, de la Biblia; Coreografía para trenzas solas, de Teresa Ruiz Rosas; Conviértete en un escritor superventas, de Javier Cosnava; Vacunagate, de Ojo Público; Algo nuestro sobre la tierra, de Joseph Zárate; Puñetazos, de Magnolia Pinedo; Catwings. La aventura de los gatos alados, de Úrsula K. Le Guin; La novela y la vida. Siegfried y el profesor Canella, de José Carlos Mariátegui; e Ilusiones, de Richard Bach.
En diciembre me gustaron la relectura de A propósito de Shakespeare, de Víctor Hugo; Autorretrato, Alas rotas y El jardín del profeta, de Khalil Gibran; Explosión Kaliente, de Cayo Vásquez; Las cartas del Boom, de sus cuatro máximos representantes; Después del olvido, de Juan Cristóbal; Virión, de José Dellepianne; y Anatomía de los sepulcros, de Alex Ramos Arancibia. En general, esto fue lo mejor de mis 240 libros leídos en 2025. Pero, como decía César Vallejo, “hay, hermanos, muchísimo que hacer”.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.


