LAS CARTAS DEL BOOM

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Afirmar que quien intentó forjar una carrera literaria en el Perú y en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX creció bajo la sombra de ciertos nombres tutelares no es una exageración, sino una constatación histórica. Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes se erigieron como una constelación casi ineludible para varias generaciones de escritores. Sus obras no solo marcaron un antes y un después en la narrativa en lengua española, sino que definieron, para bien o para mal, un horizonte de expectativas, un canon inmediato y una vara de comparación casi imposible de eludir. Fueron, en efecto, los dioses tutelares de la literatura hispanoamericana contemporánea.

Estos cuatro maestros no solo escribieron obras maestras; también compartieron una época, una sensibilidad y una red de afectos, complicidades y discrepancias que hoy resultan reveladoras. Fueron amigos hasta la veneración, compañeros de rutas políticas e ideológicas —al menos durante un tiempo— y, además, best sellers de su época. Tal como subrayan, parafraseando su propio asombro, los editores de Las cartas del Boom (Penguin Random House, 2023), el intercambio epistolar entre estos autores constituye un testimonio excepcional de esa amistad intelectual. En este volumen se reúnen alrededor de 207 cartas escritas entre 1955 y 2012, un arco temporal que permite observar no solo el ascenso, sino también las fisuras, distancias y silencios que marcaron sus trayectorias.

La lectura de este libro deja ver, de manera casi inmediata, un rasgo llamativo en la personalidad de Mario Vargas Llosa: su aparente desdén —o, cuando menos, su escasa disposición— hacia la escritura de cartas. Don Mario parecía considerar el género epistolar como una obligación más que como un espacio de goce o reflexión. Esto queda patente en algunos reproches amistosos de Carlos Fuentes, quien no duda en recordarle al “Inca”, como también llegaron a llamarlo, su tardanza o parquedad al responder. En contraste con la efusividad de otros miembros del grupo, Vargas Llosa aparece como un corresponsal renuente, más inclinado a la novela que a la confidencia escrita.

Esta constatación deja en el lector —al menos en este lector— un cierto sinsabor. Resulta paradójico que un escritor tan minucioso, tan atento a la forma y a la tradición, no haya desarrollado un mayor afecto por el género epistolar, sobre todo si se considera su devoción por autores como Gustave Flaubert o Victor Hugo. Ambos genios del siglo XIX fueron grandes cultores de la carta, y en ese ejercicio desplegaron una prosa de notable fineza, donde la reflexión estética, la confesión íntima y la observación del mundo se entrelazan con naturalidad. Según se tiene entendido, Vargas Llosa leyó —o intentó leer— la obra completa de estos autores, lo que hace aún más llamativa su distancia frente a una práctica que ellos dominaron con maestría.

En los primeros años del intercambio, los más fervorosos amantes de la correspondencia fueron Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Ambos concebían la carta como un espacio de libertad, una extensión del diálogo intelectual y afectivo. Gabriel García Márquez, por su parte, se sumó con entusiasmo un poco antes de alcanzar la cima de su fama, especialmente en los años previos y posteriores a 1967. En ese periodo, Gabo se mostró como un narrador generoso de anécdotas, pensamientos, sentimientos, triunfos y también dificultades. Sin embargo, fue él quien abandonó primero este “vicio” de escribir cartas. Como señalan los editores en una nota al pie, García Márquez optó por el teléfono cuando este se volvió un medio popular y masivo, privilegiando la inmediatez de la voz sobre la pausa de la escritura.

Cuando los nombres de estos escritores comenzaron a flotar en el firmamento literario gracias al éxito de sus obras, las cartas se convirtieron en vehículos de admiración mutua y respeto profundo. En ellas se leen elogios que hoy resultan tan desmesurados como sinceros. Destacan, por ejemplo, las palabras de Julio Cortázar dedicadas a Vargas Llosa tras la publicación de La ciudad y los perros (1963) y La casa verde (1966), donde reconoce no solo la potencia narrativa, sino también la audacia formal del autor peruano. Del mismo modo, el impacto de Cien años de soledad (1967) fue tal que los cuatro escritores se rindieron ante la magnitud de la novela de García Márquez, reconociéndola como un hito difícil de igualar.

El llamado Boom latinoamericano, fenómeno editorial sin precedentes, no surgió de la nada. Estos genios fueron también herederos y continuadores de una tradición previa encarnada en figuras como Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o Miguel Ángel Asturias, entre otros. Autores que ya habían despertado un notable interés en el mundo y que ampliaron las posibilidades estéticas y temáticas de la narrativa en español. Estos nombres aparecían con frecuencia en las conversaciones epistolares entre Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar y Fuentes, aunque no siempre desde la devoción acrítica. Había, más bien, un espíritu cuestionador, desmitificador, atravesado por una mezcla de admiración, envidia sana y disputa estética.

Recuerdo, por ejemplo, la alarma de Julio Cortázar ante la publicación de El siglo de las luces (1962) de Alejo Carpentier, novela que, a mi juicio, es también una obra maestra de la estética y la retórica barroca. El autor argentino no pudo evitar compararla con Rayuela (1963), acaso porque ambas proponían caminos narrativos ambiciosos y rupturistas. Cortázar entendió, finalmente, que se trataba de propuestas diferentes e incluso contradictorias. No podía desacreditar la novela de Carpentier, pero tampoco podía alabarla con total impunidad. Esa tensión, esa incomodidad productiva, revela el clima intelectual de una época en la que la literatura era, además de un arte, un campo de batalla simbólico.

Las cartas del Boom, leídas hoy, no solo iluminan las relaciones personales entre estos gigantes, sino que permiten comprender mejor el entramado cultural que dio origen a una de las etapas más fértiles de la literatura hispanoamericana. En sus páginas late la pasión, la duda, el orgullo y también el desencanto. Son, en última instancia, el reverso humano de unas obras que, desde hace décadas, continúan dialogando con lectores de todo el mundo.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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