LA GOBERNACIÓN DEL PERÚ DE CÉSAR RUIZ LEDESMA

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Por Francois Villanueva Paravicino

Hace algunos meses tuve la oportunidad de conocer a César Ruiz Ledesma en Huamanga, gracias a un amigo en común. Había llegado al Perú para presentar y promocionar su más reciente publicación, La Gobernación del Perú (Hipocampo Editores, 2026), una novela que se resiste a ser clasificada dentro de un único género. En ella confluyen la autoficción, la crónica periodística, la novela política, la memoria personal y la denuncia social. Esa hibridez no constituye un simple recurso formal: responde a la propia naturaleza de la historia que el autor quiere contar. ¿Cómo narrar un país en el que la política, el periodismo, la corrupción, la violencia y la vida cotidiana parecen formar parte de una misma trama? Ruiz Ledesma encuentra una respuesta en una literatura que cruza de forma deliberada las fronteras entre ficción y realidad.

En La Gobernación del Perú, esa preocupación alcanza una dimensión política más evidente. El protagonista es Alonso Quijano, nombre que constituye desde el comienzo una referencia inequívoca a Miguel de Cervantes y a su inmortal Don Quijote de la Mancha. La elección del nombre no parece casual. Como el personaje cervantino, el Alonso Quijano de Ruiz Ledesma se enfrenta a una realidad que parece necesitar ser transformada. Pero mientras el hidalgo manchego combate gigantes que muchas veces son producto de su imaginación, el protagonista de esta novela se enfrenta a enemigos reales: la corrupción, el abuso del poder, el narcotráfico, la impunidad, el oportunismo político y la degradación de las instituciones.

Alonso Quijano reside en Estados Unidos y regresa al Perú con motivo de la muerte de su padre. El retorno, por tanto, no es solo geográfico. Es también un viaje hacia la memoria familiar y hacia un país del que se ha alejado físicamente, pero del que nunca ha conseguido desprenderse. La muerte paterna abre una puerta hacia un pasado complejo. El protagonista descubre o recuerda que su padre mantuvo una relación con una exintegrante de Sendero Luminoso, con quien compartió militancia y experiencias durante los años más violentos de la historia reciente del país. Aquella relación terminó, y posteriormente el padre formó otra familia. De este modo, la historia privada se encuentra atravesada desde el principio por la historia política peruana.

Esta dimensión familiar resulta importante porque permite que la novela no se convierta en solo una sucesión de denuncias periodísticas. El país aparece también filtrado por la memoria, por los vínculos afectivos y por las heridas familiares. La política no está fuera de los individuos: penetra en sus casas, en sus relaciones, en sus silencios y en sus recuerdos. El pasado nacional termina convirtiéndose en una suerte de herencia que cada generación recibe, incluso cuando intenta escapar de ella.

Alonso Quijano, además, es un personaje que construye su independencia a través del trabajo intelectual. Ha sido corrector de estilo, redactor y periodista de investigación. La escritura se convierte para él en una manera de ganarse la vida, pero también en una forma de intervenir en la sociedad. Es precisamente durante su permanencia en el semanario Hildebrandt en sus trece cuando la novela adquiere su mayor intensidad. Allí comienza desempeñándose como redactor y corrector de estilo, hasta convertirse paulatinamente en investigador periodístico.

Ese tránsito resulta significativo. Alonso no se limita a escribir: aprende a investigar, a contrastar información, a seguir pistas y a enfrentarse con personajes e instituciones que poseen mucho más poder que él. El periodismo deja entonces de ser un simple oficio para transformarse en una forma de resistencia. En ese sentido, la alusión al Quijote adquiere una segunda lectura: Alonso Quijano es un hombre pequeño frente a estructuras gigantescas, pero decide enfrentarlas mediante la palabra.

Las crónicas periodísticas que se incorporan a la novela abordan asuntos que forman parte de la historia reciente del Perú: el caso Odebrecht, los llamados narcoindultos, las campañas políticas de Keiko Fujimori, las figuras de Alan García, César Acuña, el mundo de los reality shows, la expansión del narcotráfico, la prostitución y la extorsión. El procedimiento resulta interesante porque el lector pasa de la ficción narrativa a materiales que poseen una apariencia documental. La novela, de ese modo, construye una zona intermedia donde no siempre resulta sencillo establecer una frontera tajante entre el periodista y el personaje, entre la experiencia personal y la invención literaria.

La estructura de La Gobernación del Perú se sostiene en esa alternancia entre las aventuras de Alonso Quijano y sus crónicas periodísticas. El procedimiento dota al relato de dinamismo y permite que la experiencia individual se amplíe hacia una interpretación colectiva. Alonso no es solo un hombre que busca resolver sus conflictos personales: es también un testigo de su tiempo. A través de sus investigaciones, el lector observa un país en el que la corrupción parece haberse convertido en una práctica sistémica y donde la política, en numerosas ocasiones, parece estar subordinada a intereses particulares.

En este punto, la novela puede ser leída como una literatura de denuncia, aunque no se agota en ella. Ruiz Ledesma no pretende solo enumerar los males del país. Su intención parece ser mostrar cómo esos males terminan incorporándose a la vida cotidiana y cómo afectan incluso a quienes intentan combatirlos. El periodista se encuentra así ante una paradoja: escribe para revelar la verdad, pero descubre que revelar la verdad no necesariamente transforma la realidad.

Esta dimensión aproxima la novela a una tradición de obras que han convertido al periodismo en materia literaria. Hay inevitables resonancias de Tinta roja (1996), de Alberto Fuguet, donde la redacción periodística aparece como un espacio de aprendizaje y supervivencia; de Los últimos días de la prensa (1996), de Jaime Bayly, que también explora las relaciones entre periodismo, poder y vida bohemia; y, por no ir muy lejos, de Cinco esquinas (2016), de Mario Vargas Llosa, novela donde la prensa y los mecanismos del poder político adquieren un papel decisivo.

Sin embargo, Ruiz Ledesma imprime a su propuesta una preocupación peruana. Sus periodistas no trabajan en un vacío social, sino en medio de un país marcado por la desigualdad, la violencia, la informalidad y la corrupción. La redacción periodística se convierte en un microcosmos de la sociedad nacional. Allí existen ambiciones, rivalidades, romances, excesos, noches interminables, riesgos y decepciones. El ritmo de estos pasajes es ágil y directo. El autor evita, en buena medida, las ornamentaciones innecesarias y privilegia una prosa eficaz, apropiada para una novela cuya materia narrativa exige velocidad.

Pero la novela no se sostiene solo en el periodismo. Existe también una dimensión íntima que contribuye a humanizar al protagonista. Sus relaciones afectivas y sus experiencias eróticas introducen una zona de vulnerabilidad que contrasta con la dureza de sus investigaciones. El hombre que durante el día intenta descubrir las maniobras del poder también es un individuo atravesado por deseos, frustraciones, pérdidas y contradicciones. La política y la intimidad terminan encontrándose en un mismo personaje.

Ese sentimiento de incertidumbre conduce hacia uno de los rasgos más interesantes de la obra: su pesimismo. Ruiz Ledesma no parece confiar en que la denuncia periodística pueda solucionar los problemas del país. Alonso combate, investiga y escribe, pero la realidad permanece. El sistema tiene una capacidad extraordinaria para absorber las denuncias, resistir los escándalos y sobrevivir a sus protagonistas. De ahí que la novela vaya adquiriendo progresivamente un tono trágico.

El desenlace intensifica esa sensación. La vida de Alonso llega a encontrarse en peligro y el relato abandona de forma parcial el territorio de la investigación para ingresar en una zona de tensión casi novelesca. Es entonces cuando aparece César Hildebrandt, figura emblemática del periodismo peruano, convertido dentro de la ficción en una suerte de personaje mítico. Su presencia adquiere una dimensión simbólica: representa al periodista que todavía conserva la posibilidad de enfrentarse al poder mediante la palabra. Al final, el mayor mérito de César Ruiz Ledesma consiste en haber comprendido que la literatura puede servirse de la crónica y que la crónica, cuando está atravesada por una mirada literaria, puede alcanzar una profundidad que trasciende la noticia. He allí el mérito.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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