La Feria Internacional del Libro de Ayacucho (FILAY) de este 2025, que durará hasta este sábado 12 de julio, se viene desarrollando a lo grande, con interesantes presentaciones de nuevas publicaciones, la presencia de nuestros hermanos escritores de Bolivia y el merecido homenaje a uno de los grandes referentes de nuestra región: Teodosio Olarte Espinoza, de quien recomiendo siempre Cuentos de la GP (2012), una entretenida y aleccionadora entrega de relatos magníficos.

En el homenaje rendido a Teodosio Olarte, llevado a cabo el último fin de semana en la FILAY, participaron de algún modo todos los admiradores de su amplia producción cuentística, novelesca, poética y ensayística. Para los escritores y educadores jóvenes siempre fue un referente intelectual. Aunque yo no pude estar presente por fuerza mayor, he destacado siempre una plausible admiración por su persona: un amigo de los escritores jóvenes.

Un día antes de la presentación de mi poemario Cantera de fuego (2025), se llevó a cabo la de la joven poeta Angélica Pajares, Inercia de un cuerpo en movimiento (Edición de autor, 2025), que tuve la gentileza de leer unos días antes de que entrara a impresión. Al hacerlo, sentí con agrado que no estaba ante una poeta tradicional o arraigada dentro de la poética regional, sino que era testigo de una poética peruana contemporánea, o incluso internacional y actual, que tiende a lo sucinto, preciso y profundo, es decir, hondo.

Aunque no pude estar presente en la presentación oficial de este poemario en el marco de la FILAY, que estuvo a cargo de los excelentes académicos y escritores Daniel Quispe Torres y Urbano Muñoz Ruiz, sí logré acompañar una pequeña parte de la celebración en una taberna exclusiva, donde, en medio del júbilo por la ópera prima de Angélica Pajares, nos entretuvimos conversando sobre el pequeño y amplio mundillo literario regional y nacional. Al final, separamos caminos: Angélica Pajares celebró con sus amigos personales hasta las cinco de la mañana y yo, con un dramaturgo ayacuchano conocido, festejé hasta las tres de la madrugada, acompañados del gran escritor Carlos Rengifo. Por ello, el día de mi presentación estaba con una resaca atroz.

El libro que nos concierne ahora es un poemario que desde el título es contradictorio y complejo y sorprende por su innovación formal —más que todo formal, y esto hay que recalcarlo—. Su poesía rompe con lo propuesto por décadas, incluso siglos, por los poetas ayacuchanos. Por eso el prologuista Urbano Muñoz Ruiz afirma que Angélica Pajares “es una voz prometedora”; y también él recuerda que el escritor Hermógenes Janampa aleccionaba a los jóvenes escritores ayacuchanos: “hasta ahora hemos tenido profesores poetas, guitarristas poetas, en fin, gente que trabaja sus versos a medio tiempo; el día que tengamos poetas solo poetas, tendremos grandes poetas”.

Así, desde los epígrafes compartidos por la poetisa de Jorge Eduardo Eielson, Antonio Cisneros y José Watanabe, se revela un bagaje literario que apunta a una poética que entiende de una relectura crítica del pasado cultural peruano, de un lenguaje coloquial y una postura desde la cotidianidad, de una conciencia del cuerpo y de lo material, de un interés por lo visual y lo plástico, de una universalidad desde lo local.

La poesía de Angélica Pajares juega con un lenguaje depurado y esencial, un tono existencial y desgarrado, una desconstrucción del yo lírico, influencias surrealistas y rupturas formales, un desenmascaramiento de lo cotidiano, una feminidad sin sentimentalismo y un silencio y una negatividad como forma de conocimiento. Es decir, una poesía contemporánea, actual, de moda, que busca hurgar un espacio en la poesía clásica.

En efecto, no estamos ante una poeta aficionada o una primeriza sin una mirada panorámica de lo que se viene trabajando en la materia. Solo basta recordar que este trabajo mereció ser finalista del Concurso de Poesía 2024 de la Asociación Viernes Literarios, que dirige en Lima el escritor y gestor cultural Juan Benavente, quien hace unos días estuvo un poco mal de salud y que, pese a ello, su programa cultural no dejó de estrenarse.

Pese a que en el poemario se respira un ambiente familiar muy marcado, con versos que se dirigen, por ejemplo, al padre, a la madre o a la abuela, me gustó uno dedicado a la divinidad, a lo supraterrenal, a lo etéreo, a lo sublime. Ese es el poema “Alabanza”, que versa así: “El resplandeciente metal del que cuelgan/ los cadáveres en el camal es Dios./ La luz intensa que derrama sus brasas/ por sobre el sembrío es Dios./ El tallo que lucha por salir de la tierra/ apenas atizando la luz es Dios./ La profundidad de un pensamiento/ que se instala tercamente es Dios./ El animal que es empujado al mundo/ cargando la misma roca que el hombre es Dios./ El dolor de la lucha constante de un país/ que se llueve y se fragmenta es Dios./ La fuente que da de beber a los pájaros/ prisioneros de su vuelo es Dios./ La duda de mi fe que me ordena callar/ es la mortalidad de Dios”.

Este poema tiene a Dios como lo implacable y lo contradictorio; además, la naturaleza, la vida, el pensamiento: todo es Dios en este poema. Como las grandes composiciones poéticas, contiene imágenes densas y simbólicas. Puede leerse como una revisión poética del misticismo negativo: al no poder definir a Dios por lo que es, se lo define por lo que duele, por lo que persiste, por lo que abruma. También se emparenta con una visión panteísta o existencial: lo divino no redime, sino que está implicado en cada fragmento del mundo, incluso el más oscuro.

“Alabanza” no es una celebración religiosa, sino una afirmación poética radical del mundo como es: brutal, contradictorio, sublime y finito. La poeta encuentra a Dios en el filo de la existencia, en la herida abierta del país, en la duda de la fe. Es una alabanza que no consuela, pero que ilumina con lucidez. Así encontrará, lector, varios poemas de gran valía. Un poemario recomendado, donde no siempre la cantidad justifica la calidad.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024) y Cantera de fuego (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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