Hace unas semanas, durante una noche templada en Huamanga, el catedrático Jorge Terán Morveli me presentó a un joven escritor y docente de semblante sereno y conversación inteligente: Paul Asto Valdez. Graduado en Literatura por la Universidad Nacional Federico Villarreal y con una maestría en Estudios Culturales por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Asto Valdez pertenece a esa nueva generación de narradores peruanos que asumen la literatura no solo como vocación, sino también como oficio crítico y espacio de exploración artística.
Aquella noche, entre copas de calientito y largas conversaciones sobre libros, autores y colegas de las letras, intercambiamos ejemplares. Él me obsequió su libro Historias cotidianas (Distopía Editores, 2019), una colección de nueve relatos que, desde su mismo título, anuncia una inmersión en los universos más cercanos y aparentemente intrascendentes de la vida diaria. Sin embargo, al abrir sus páginas, el lector pronto descubre que esas “cotidianidades” esconden abismos de violencia, fe, deseo, frustración y redención.
El libro se despliega como un mosaico de temas diversos: historias policiacas, religiosas, amorosas, deportivas, criminales y periodísticas, todas unidas por una mirada introspectiva que examina los dilemas del individuo contemporáneo. La variedad no solo es temática, sino también tonal: hay relatos marcados por la tensión y otros dominados por la melancolía o la ironía. En ese sentido, Historias cotidianas se presenta como una obra coral, donde cada cuento propone un registro distinto de las voces narrativas.
Desde el primer contacto, destaca el cuidado editorial del volumen. A diferencia de muchas publicaciones independientes, esta entrega revela un esmero poco común: las erratas son mínimas, las estructuras están sólidamente trabajadas y la composición mantiene coherencia y equilibrio. Este detalle, aparentemente técnico, no es menor, pues refleja el compromiso del autor con la escritura entendida como trabajo artesanal, no como simple desahogo expresivo.
Sin embargo, esa misma minuciosidad se traslada al estilo narrativo. La prosa de Asto Valdez avanza con un ritmo lento, de frases que se demoran en las descripciones y que parecen complacerse en la minucia del gesto o la atmósfera. No es una narrativa de golpes de efecto, sino de demora reflexiva. Algunos lectores podrían sentir cierta densidad, pero esa pausa también es una forma de invitación: la de mirar más de cerca la textura de las vidas que retrata, las cuales no se comprenden de un solo vistazo.
El relato inicial, “El Ex-terminador”, abre el volumen con un dilema moral. Un agente especial recibe la orden de ejecutar una misión de desaparición que no desea cumplir. En esa tensión entre la obediencia y la culpa se cifra el tono ético del libro: los personajes de Asto Valdez son hombres y mujeres atrapados en decisiones imposibles, conscientes de que el deber y el deseo rara vez coinciden. El título, con su juego de palabras (“ex-terminador”), sugiere el doble filo entre quien elimina y quien, a su vez, termina siendo eliminado moralmente por su acto.
El segundo cuento, “El elegido”, es quizás el más logrado del conjunto. Asto Valdez ensaya aquí una crítica al mesianismo popular y a la fe mal entendida. Un hombre que dice ser el nuevo enviado de Dios predica la llegada del reino de los cielos, realiza supuestos milagros y recluta discípulos y seguidores, mientras los escépticos lo observan con sospecha. En este relato, el autor combina sátira, realismo y alegoría, componiendo una parábola sobre la necesidad de creer y el peligro de hacerlo ciegamente. La historia se inscribe en la tradición latinoamericana de los falsos profetas, donde la salvación se confunde con el delirio.
En “Corazón de tiza”, un hombre maduro se enamora de una joven, a la que quizá no volverá a ver. El título, que evoca lo efímero, encierra una metáfora sencilla pero potente: la tiza, como el amor, se borra con el primer viento. Aquí Asto Valdez demuestra su sensibilidad para los pequeños dramas, los amores truncos y los instantes que definen una vida entera. El cuento “Ahí voy” se interna en el mundo de los traficantes de cocaína, jóvenes que sueñan con escapar de la miseria a través del dinero fácil.
Por su parte, “El show de los muertos” ofrece una visión más descarnada de la violencia, narrando la ejecución pública de unos sobrevivientes indeseables en un ambiente que mezcla espectáculo y horror. Ambos relatos revelan la preocupación del autor por los bordes marginales de la sociedad, por esos espacios donde la humanidad se descompone y aun así busca una forma de redención.
En “El libro”, Asto Valdez vuelve la mirada hacia sí mismo —o hacia el lector— al presentar la historia de un “letraherido”. El último relato, que está entre los más logrados, se encuentra “Dédalo”, que retrata la crisis del periodismo contemporáneo a través de un reportero que se hunde en la rutina de noticias anodinas. El título alude, no por casualidad, al arquitecto del laberinto cretense: el personaje vive atrapado en un laberinto simbólico hecho de tedio, desilusión y pérdida de sentido. La metáfora funciona como cierre del volumen: la vida moderna, parece decirnos Asto Valdez, es también un laberinto del que pocos logran escapar.
Si algo caracteriza a Historias cotidianas es su coherencia temática dentro de la diversidad. Cada relato revela un aspecto de una misma preocupación: la lucha interior del ser humano frente a la fe, el deseo, el poder o la rutina. Los personajes no son héroes ni villanos, sino seres grises, comunes, que intentan darle forma a su vida entre la esperanza y el desencanto.
Por eso, Historias cotidianas es, al mismo tiempo, un libro modesto y ambicioso. Modesto porque evita el artificio y prefiere los relatos breves, directos, sin grandilocuencia. Ambicioso porque se atreve a hablar de lo humano desde lo pequeño, a mostrar que en cada gesto cotidiano hay una historia que merece ser contada. Por ello, si puede conseguir el libro, léalo y saque sus propias conclusiones. He aquí una invitación para que juzgue por su propio criterio.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024) y Cantera de fuego (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.


