*Por Francois Villanueva Paravicino*
Me gusta la literatura de Ernest Hemingway desde los nueve o diez años, cuando leí El viejo y el mar (1952) y, un poco después, el cuento “Los asesinos” durante los recreos del colegio San Antonio de Padua. Ya en el primer año de la universidad, me impactó el poder emocional de “La breve vida feliz de Francis Macomber”, un relato que me destruyó por completo. Luego conseguí sus cuarenta y nueve primeros cuentos de la editorial Lumen y lo conocí con mayor detenimiento.
El dominio literario de un escritor “sometido a un dominio técnico severo”, que alcanzó la gloria por sus “cuentos más estrictos” y no por sus novelas, según relata Gabriel García Márquez, evoca al Hemingway narrador de cuentos. El joven novelista colombiano, que tuvo un furtivo encuentro con Hemingway en París y lo saludó entonces como “maestro”, recordaría muchos años después que aprendió del estadounidense que “no es cierto que el periodismo acabe con el escritor, como tanto se ha dicho, sino todo lo contrario, pero a condición de que se abandone a tiempo”.
El Hemingway periodista no era el mismo que el creador; en este último caso era un maestro que se dedicaba con toda la disciplina posible a elaborar mundos ficcionales perfectos, o imperfectos según su famosa técnica del iceberg. En una entrevista declaró: “Yo siempre trato de escribir con el principio del témpano de hielo, que conserva 7/8 de su masa debajo del agua. Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca, y eso fortalecerá el témpano de uno. Es la parte que no se deja ver. Si un escritor omite algo porque no lo conoce, entonces hay un boquete en el relato”.
Philip Young, uno de los mejores críticos de Hemingway, afirma que “lo que más se ha imitado en Hemingway es el estilo de su prosa”. Establece como principal característica “una delicada sencillez en el vocabulario y en la estructura de la frase; las palabras usadas son normalmente cortas y corrientes, de lo que resulta una austera sobriedad y una curiosa frescura”. Además, se le reconoce como un maestro del diálogo, pues “Hemingway tiene un oído que coge, como una trampa, todos los acentos y expresiones del lenguaje humano”. Este talento da vida rápidamente a sus personajes al reducir el diálogo al lenguaje espontáneo: un patrón esencial de expresiones y respuestas características del habla que produce una ilusión de realidad superior a lo que la propia realidad nos ofrecería. Sus personajes, por ello, generalmente se definen por sus acciones y los sucesos; son poco frecuentes las explicaciones de intenciones en monólogos largos o cargados de atmósferas subjetivas.
En este sentido, en sus Cartas a un joven novelista (1997), Mario Vargas Llosa aclara: “En alguna parte, Ernest Hemingway cuenta que, en sus comienzos literarios, se le ocurrió de pronto, en una historia que estaba escribiendo, suprimir el hecho principal: que su protagonista se ahorcaba. Y dice que, de este modo, descubrió un recurso narrativo que utilizaría con frecuencia en sus futuros cuentos y novelas. En efecto, no sería exagerado decir que las mejores historias de Hemingway están llenas de silencios significativos, datos escamoteados por un astuto narrador que se las arregla para que las informaciones que calla sean, sin embargo, locuaces y azucen la imaginación del lector, de modo que este tenga que llenar aquellos blancos de la historia con hipótesis y conjeturas de su propia cosecha. Llamemos a este procedimiento ‘el dato escondido’ y digamos rápidamente que, aunque Hemingway le dio un uso personal y múltiple (algunas veces, magistral), estuvo lejos de inventarlo, pues es una técnica vieja como la novela y aparece en todas las historias clásicas”.
Estas aproximaciones aclaran la naturaleza del cuento en Hemingway. La mayor parte de su obra plantea a un héroe enfrentado a la muerte, que cumple una suerte de código de honor; de ahí que sean matones, toreros, boxeadores, soldados, cazadores y otros seres sometidos a presión. Tal vez su obra debe ser comprendida como una especie de romanticismo moderno, que aúna el sentido del honor, la acción, el amor, el escepticismo y la nostalgia como sus vectores principales. Sus relatos inauguran un nuevo tipo de “realismo” que, aunque tiene sus raíces en el cuento norteamericano del siglo XIX, lo transforma hacia una cotidianidad dura y a la vez poética, influyendo en grandes narradores posteriores, como Raymond Carver.
En cuestiones generales sobre el aspecto de los cuentos de Hemingway, se puede decir: la herida, la ruptura con la sociedad y la norma, cuyos ajustes recíprocos “son el asunto de toda la obra significativa de Hemingway”. Según apuntan los críticos, en sus creaciones se presentan actitudes enfrentadas al destino, que se ensaña con aquellos que, sabiendo perdida la batalla de la existencia (por ejemplo, en “La breve vida feliz de Francis Macomber”, “La capital del mundo”, “Campamento indio” y “Los asesinos”), se muestran dignos en la desgracia. Esta opción existencial está impregnada de la idea afirmada por Hemingway en el sentido de que “la mejor preparación para un buen escritor reside en una infancia desgraciada”. Todo proceso literario trata de plasmar, en el acto de su producción creativa, un aspecto individual táctico, entendido como la permanente caducidad del ser, y un aspecto general ideal, entendido como la adquisición efímera de la universalidad del hacer.
En efecto, en aquella pieza maestra del cuento moderno que es “La breve vida feliz de Francis Macomber”, la muerte es un suceso efímero, letal e insospechado. La sugestión del título revela un lapso de vida fugaz, que puede entenderse como el período de verdadera existencia del personaje principal. La señora Macomber no soporta la liberación de la cobardía de su marido, o su infidelidad llega al límite y se convierte en asesina, o simplemente falla el disparo. La muerte del personaje central es el punto final en este cuento. Por eso, Hemingway siempre recomendado. Fácilmente lo puede conseguir en la Feria de Ricardo Palma que viene llevándose a cabo estos días en el parque Kennedy.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor. Estudió Literatura y la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024). Finalista en Poesía del Concurso Nacional de Cuento y Poesía “Huauco de Oro” (2024). Mención de honor del Premio Nacional de Relato Corto (2023) “Feria de Libro de Amazonas”. Mención especial del Primer Concurso de Poesía (2022) y de Relato (2021) “Las cenizas de Welles” de España. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España.


