Con El principio del mundo (Alfaguara, 2025), Jeremías Gamboa confirma su lugar como una de las voces más sólidas de la narrativa peruana contemporánea. La novela, de casi mil páginas, representa un ambicioso intento por abarcar el complejo tejido histórico, social y cultural del Perú moderno. En ella, confluyen los grandes temas que han marcado la literatura nacional: las migraciones internas y externas, el racismo y clasismo limeño, las tensiones entre provincias y capital, las fracturas sociales en los colegios y universidades, los ecos del terrorismo, y la búsqueda de identidad a través de la memoria y la escritura.

Sin embargo, más allá de su amplitud temática, El principio del mundo destaca por su prosa: por la precisión y musicalidad del lenguaje, por la madurez estilística con la que Gamboa construye una narración envolvente. Su manejo de los registros, el ritmo fluido de la voz narrativa y la densidad introspectiva del relato hacen que esta novela se inscriba en la línea de las grandes obras que aspiraron a representar un país entero desde la literatura. En ese sentido, evoca títulos como La violencia del tiempo (1991) de Miguel Gutiérrez, Conversación en La Catedral (1969) de Mario Vargas Llosa o Un mundo para Julius (1970) de Alfredo Bryce Echenique. Como en las novelas totales de Tolstoi, Proust o Mann, aquí el lenguaje es mucho más que un vehículo de la trama: es la sustancia misma de la experiencia.

El protagonista, Manuel Flores Amaro, encarna la trayectoria de una generación marcada por la movilidad social y la fractura identitaria. A los treinta y tres años, regresa al Perú después de obtener una maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en Estados Unidos. Hijo de migrantes ayacuchanos, formado en escuelas públicas y luego becado en la Universidad de Lima, Manuel representa al intelectual que ha ascendido gracias al esfuerzo y al mérito, pero que, al volver, enfrenta el vacío de no saber exactamente a qué lugar pertenece. Su regreso lo confronta con un país que, aunque familiar, le resulta extraño.

Gamboa convierte esta crisis de pertenencia en el eje de una travesía existencial. Manuel se reencuentra con su pasado a través de una serie de episodios que lo obligan a revisar su memoria y su identidad. La trama se articula en torno a varios encuentros significativos: una misteriosa encomienda llegada de Estados Unidos que solo al final se revelará al remitente, la reaparición de su viejo amigo Sabino Zárate, la visita a su antigua maestra Marina Montemayor y, sobre todo, la conversación final con su madre, donde se condensan las tensiones más hondas de la novela.

El reencuentro con Sabino Zárate es el inicio de esa travesía memorística. Sabino, antiguo compañero de colegio y aspirante a poeta, representa el rostro opuesto del destino de Manuel: alguien que tuvo talento (llegó a estudiar un par de años en la Universidad de Lima) pero que, atrapado por la precariedad del sistema educativo y las carencias estructurales del país, no pudo prosperar. A través de sus diálogos, Gamboa muestra la realidad de las escuelas públicas peruanas, donde la pobreza, la desintegración familiar y la falta de oportunidades impiden el desarrollo de los jóvenes. En Sabino, Manuel ve reflejada una versión posible de sí mismo, una existencia truncada por las circunstancias. Hay una tensión emocional sutil cuando Sabino revela que la madre de su hijo fue, en el pasado, una muchacha que amó a Manuel sin ser correspondida. Este detalle, más que anecdótico, profundiza el tono melancólico de la novela: el éxito de unos se construye sobre las renuncias y heridas de otros.

La maestra Marina Montemayor, por su parte, encarna el valor del conocimiento como redención. De familia cusqueña acomodada, lectora fervorosa desde la infancia, Marina simboliza la transmisión cultural que la educación puede ofrecer incluso en un país desigual. Su historia personal —haber vendido sus tierras para afincarse en Lima, haber educado a sus hijos con sacrificio en universidades prestigiosas y haber soñado con ser escritora— convierte sus conversaciones con Manuel en un diálogo intergeneracional sobre los límites del talento y la condición social. Marina encuentra en su exalumno una especie de continuidad de su propio sueño incumplido: Manuel ha alcanzado aquello que ella deseó y no pudo concretar.

Pero es la conversación con su madre la que otorga a El principio del mundo su mayor fuerza emocional. La madre, nacida en un pueblo ayacuchano, quechuahablante, analfabeta y víctima de abusos en su juventud, encarna la historia invisible de las mujeres que sostuvieron silenciosamente el país. Su relato es una síntesis del dolor y la dignidad de quienes migraron a Lima buscando una vida mejor. En sus palabras, Manuel encuentra la raíz de su identidad y, a la vez, la conciencia de una deuda imposible de saldar. La madre rememora los acosos y los maltratos sufridos en las casas donde trabajó como empleada doméstica, los embarazos que enfrentó, la devoción religiosa que la sostuvo y el aprecio que siente al ver el logro de su hijo. La escena final entre ambos no solo clausura el conflicto interno del protagonista, sino que ilumina el sentido del título: el principio del mundo no está en lo lejano ni en lo nuevo, sino en la memoria que funda el ser.

Hacia el cierre de la novela, Manuel alcanza la estabilidad profesional y económica. Sin embargo, la realización personal no se presenta como un triunfo convencional, sino como una comprensión serena del sacrificio colectivo que lo hizo posible. La novela, lejos de ser un simple relato de ascenso social, se convierte en una meditación sobre la responsabilidad de quien ha tenido acceso al conocimiento en un país donde la desigualdad sigue siendo abismal.

En El principio del mundo, Gamboa logra un equilibrio difícil entre introspección psicológica y reflexión social. Su mirada sobre el Perú es a la vez crítica y compasiva. La estructura narrativa, sostenida en una prosa de aliento largo, invita al lector a un viaje interior donde cada encuentro es también una exploración del país. En ese sentido, la novela no solo dialoga con la tradición literaria peruana, sino que la renueva. Su ambición totalizadora no busca exhibir erudición, sino construir una cartografía moral del Perú contemporáneo.

Así, la novela de Jeremías Gamboa se erige como una de las obras más importantes de los últimos años, una apuesta literaria que combina introspección, memoria y lenguaje con una densidad que la coloca junto a las grandes narrativas de la modernidad. El principio del mundo no solo narra una historia individual; traza el itinerario de una nación que sigue preguntándose por su origen, su identidad y su destino.

Por otro lado, László Krasznahorkai era un escritor que siempre estaba en las quínelas del Nobel de literatura, hasta que su año llegó. Bien por él. Aunque no lo he leído hasta ahora, ha llegado la hora de hacerlo. He escuchado de él que nunca estuvo conforme con lo que escribía, y que eso le ayudó a perfeccionarse siempre. Un consejo de sabio.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024) y Cantera de fuego (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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