Por Francois Villanueva Paravicino
Uno de los libros fundamentales de la literatura portuguesa, o incluso universal, que me faltaba disfrutar era El libro del desasosiego (1982), escrito por Fernando Pessoa utilizando el semiheterónimo Bernardo Soares y, a ratos, el de Vicente Guedes. Fue uno de los muchos que empleó en vida, como Alberto Caeiro, Álvaro de Campos o Ricardo Reis. Además, creó una gran cantidad de otros heterónimos y semiheterónimos, como Alexander Search, António Mora y el propio Vicente Guedes, entre muchos otros.
Como las grandes memorias, diarios o apuntes existenciales, filosóficos, artísticos o culturales, esta lectura me recordó a los escritos de maestros como Franz Kafka, Gustave Flaubert, André Gide, Van Gogh, Goethe, Tolstói o, sin ir muy lejos, a los de Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique o Julio Ramón Ribeyro. Por ello, es una lectura trascendental y enriquecedora. Los críticos literarios coinciden en que no es una novela tradicional ni un simple diario, sino un género híbrido: mezcla de memorias ficticias, apuntes íntimos, reflexiones filosóficas, ensayos breves y fragmentos poéticos, hasta incluso unas especies de cartas.
Aunque, a diferencia de sus contemporáneos y de quienes lo precedieron en este ejercicio literario, Fernando Pessoa no relata esta especie de reflexiones biográficas remarcando su tiempo ni a sus protagonistas, lo hace de forma general, intimista y personalísima. Por eso se preocupa más por sus sensaciones existenciales, sus inquietudes metafísicas, sus dilemas morales y artísticos, su propio ser en el mundo y su trabajo creativo, entre otros asuntos que solo a un artista pueden perturbar.
Son más de quinientos fragmentos prosísticos donde se aprecia a un hombre con muchas inquietudes existenciales, tanto sobre su propia persona (sus amores, sus defectos, sus vicios, sus pasiones, sus fracasos, sus derrotas, sus preocupaciones) como sobre su trabajo creativo (que tiene un matiz pesimista, autocrítico, dubitativo, no siempre convincente). Y, a partir de ello, reflexiona sobre sus contemporáneos de forma general y particular, recalcando su cosmovisión desencantada del mundo y de los hombres.
Parafraseando, se burla de los escritores que no saben que recorren un sendero equivocado, se lamenta de las personas que desconocen su propia infelicidad, cuestiona la validez de su obra, enfatiza que muchas máximas universales son contradictorias y antitéticas, axiomatiza sobre las grandes pasiones y trata de desmenuzarlas para hallar su propia concepción, se preocupa por los males de la inteligencia, reflexiona sobre la interpretación del mundo desde la posición de mero espectador y, al final, parece que este autor de todos está decepcionado: todo lo intriga, lo afecta, lo cansa.
También reflexiona sobre la prosa y el verso. Aunque escribió grandes composiciones poéticas, apuesta por la universalidad de la prosa. Parafraseando, afirma: “En un mundo civilizado perfecto, no habría otro arte sino la prosa”. Aunque, claro está, recalca que se trata de una elección personal, una opción asumida a partir de lo vivido y aprendido con los años. Es decir, como toda persona, es un ser complejo, hondo, difícil.
Recordemos que este libro lo escribió durante los últimos años de su vida, en un proceso que abarcó algo más de veinte años. Lo dejó inconcluso y desordenado a los cuarenta y siete años, cuando falleció. Pessoa conocía otros idiomas aparte del portugués, como el español, el inglés y el francés, y por ello también se desempeñó como traductor, algo que se aprecia en El libro del desasosiego, donde aparecen pasajes en otras lenguas.
Algo que recalca con insistencia es que la escritura, en primera instancia, debe ser para uno mismo, que debe ocasionar placer a quien la practica; de lo contrario, uno debe preocuparse. Parafraseando, afirma: “Me escribo para distraerme de vivir…”. Incluso señala que, si perdiera todos sus manuscritos, aquel desliz no sería tan grave más allá de los primeros días o meses, porque el hombre siempre se repone y continúa su camino en este trajinar existencial.
Además de incomodarse con las personas sencillas y sin aspiraciones, también lo hace, según las llama, con “los soñadores de milenios”: aquellos que creen en la política y sus revoluciones socialistas, liberales, anarquistas u ortodoxas, entre otras. Los califica de “idealistas sin ideal”. Asimismo, sus inquietudes religiosas también están presentes, al afirmar que la “razón es una fe”. Como se puede apreciar, es un autor lleno de contradicciones, incertidumbres y debilidades.
Por ello, a partir de esta gran cantidad de reflexiones y apuntes, se le ha vinculado con la literatura fragmentaria moderna, en la línea de Pascal, Nietzsche, Kierkegaard o Walter Benjamin. También se resalta el protagonismo del desdoblamiento del yo, algo que ya recalcamos por la utilización del autor de heterónimos y semiheterónimos, lo cual introduce el juego pessoano de identidades múltiples. Se ha leído como una exploración del yo moderno: disperso, escindido, incapaz de una identidad estable.
Se reconoce en la obra una poética del tedio (tédio en portugués), que se convierte en un modo de mirar el mundo. Los críticos ven en su tono una meditación sobre la soledad, el vacío, el sueño y la imposibilidad de la acción, algo del que reflexiona mucho. Es considerado un libro profundamente existencialista avant la lettre, anticipando temas luego trabajados por Sartre o Camus. La crítica lo sitúa dentro de la gran tradición de la prosa poética europea: se le emparenta con Baudelaire (El spleen de París), con los moralistas franceses y con el simbolismo. También se ha destacado su afinidad con escritores de la modernidad urbana, como Kafka, Musil o Pessoa mismo en su poesía. Por ello, este libro ya fácilmente puede ser considerado un clásico de las letras occidentales.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024) y Cantera de fuego (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.


