Teresa Ruiz Rosas, reconocida por su prosa elegante y precisa, ha sorprendido a sus lectores con Coreografía para trenzas solas (Tusquets, 2025), una novela que representa un giro audaz y necesario en su trayectoria literaria. Si en anteriores obras la autora destacaba por el refinamiento de su estilo y el rigor lingüístico, en esta publicación opta por sumergirse en el registro de la oralidad andina, asumiendo la complejidad de las voces populares que conforman la memoria colectiva del Perú. Lo que en apariencia podría parecer un desliz formal o una pérdida de pulcritud, es en realidad una apuesta estética e ideológica: dar voz a quienes históricamente han sido silenciadas, deformadas o marginadas por los cánones de la lengua “correcta” y de la historia oficial.

La novela reconstruye, desde la ficción, la genealogía de una estirpe de mujeres anónimas: las rabonas y sus descendientes, aquellas mujeres que acompañaron a los ejércitos independentistas en las guerras por la libertad del Perú. Ruiz Rosas, con aguda conciencia histórica y sensibilidad social, las coloca en el centro de un relato coral que abarca cerca de dos siglos de historia nacional, desde las guerras de Independencia hasta la segunda mitad del siglo XX. A través de varias generaciones femeninas, la autora traza una línea de continuidad entre las luchas bélicas, la servidumbre doméstica y la posterior emancipación económica y profesional de las mujeres peruanas.

El título, Coreografía para trenzas solas, funciona como una metáfora luminosa. Las trenzas, símbolo de identidad y pertenencia andina, son también signo de resistencia y herencia cultural. En el transcurso del relato, el acto de soltar el cabello —dejar atrás la trenza— marca la transición hacia una nueva forma de libertad: aquella en la que las descendientes de las rabonas alcanzan su autonomía personal y profesional. Esta evolución del gesto estético al gesto emancipador resume la potencia simbólica de la novela, donde el cuerpo femenino y el lenguaje se convierten en territorios de liberación.

La trama se despliega principalmente en Arequipa, ciudad natal de la autora y escenario crucial de la historia republicana peruana. Allí se cruzan los ecos de la rebelión de Túpac Amaru, la ejecución de Mariano Melgar, la participación de los panakunas y las campañas de San Martín y Bolívar. Ruiz Rosas utiliza estos hitos no como telón de fondo, sino como fuerzas que atraviesan la vida íntima de sus personajes. La historia nacional, escrita casi siempre desde el punto de vista de los hombres y de los vencedores, es aquí reinterpretada desde las voces femeninas que la vivieron desde los márgenes. Las rabonas —madres, hijas, amantes, cocineras, enfermeras, espías— son testigos y protagonistas de los grandes acontecimientos, pero también de los pequeños actos de heroísmo cotidiano que sostienen la historia desde abajo.

Una de las virtudes más notables de Coreografía para trenzas solas es su apuesta por la oralidad como estrategia narrativa. Ruiz Rosas asume la sintaxis quebrada, las repeticiones, los giros idiomáticos y las “imperfecciones” del habla popular andina no como errores, sino como expresiones de autenticidad. Lo que inicialmente puede desconcertar al lector —ese lenguaje abrupto y casi erróneo del idioma castizo español— se transforma en una cadencia hipnótica que refleja la textura viva de la memoria. Es un lenguaje que respira, que titubea, que se equivoca, pero que dice la verdad de los pueblos.

El componente histórico de la novela no se limita a la evocación documental. Ruiz Rosas teje una ficción que, sin pretender sustituir la historia oficial, la interroga y la reinterpreta. En una entrevista concedida a Bruno Pólack, la autora confesó que la idea del libro nació en 1986, cuando escuchó una conferencia del historiador Juan José Vega en Arequipa. Él, fascinado por los “vencidos” y por las zonas olvidadas del país, inspiró en la autora el deseo de explorar la vida de las rabonas, de quienes apenas existían referencias en los archivos. Otro interlocutor crucial fue su tío lejano, el crítico Estuardo Núñez, quien la advirtió sobre el riesgo de adentrarse en un tema tan poco documentado. Ruiz Rosas asumió entonces el desafío de reconstruir, a través de la ficción, la historia ausente de esas mujeres, convirtiendo el vacío historiográfico en materia narrativa.

La estructura de la novela responde a esa intención de entrelazar tiempos y voces. No hay una línea temporal rígida, sino un movimiento coreográfico —como sugiere el título— donde los recuerdos, los mitos familiares y los hechos históricos se entrecruzan y se repiten con variaciones, como pasos de una danza. En este vaivén de épocas y generaciones, la autora explora cómo el legado de las rabonas se transmite no solo por la sangre, sino por el lenguaje, por los cantos y los relatos que se susurran entre mujeres. Así, la memoria oral se erige en el verdadero archivo de la nación.

Ruiz Rosas logra además que su novela trascienda el marco del testimonio histórico para convertirse en una reflexión sobre la identidad femenina y cultural del Perú. En el tránsito de la trenza al cabello suelto se cifra el paso de la subordinación al empoderamiento, de la invisibilidad al reconocimiento. Pero la autora no idealiza esa emancipación: la acompaña de las contradicciones, pérdidas y sacrificios que implica cada conquista. La mujer que estudia y trabaja en el siglo XX lleva todavía, en algún rincón de su memoria corporal, la trenza de sus antepasadas.

En términos formales, Coreografía para trenzas solas es también una obra de madurez. La autora demuestra su capacidad para reinventar su estilo sin traicionar su rigor narrativo. Su prosa, aunque más suelta y aparentemente menos “correcta”, conserva una profunda conciencia del ritmo y de la musicalidad. Al arriesgarse a narrar desde la oralidad y desde las voces femeninas silenciadas, la autora amplía los límites de la novela histórica y propone una mirada distinta sobre la fundación del Perú moderno.

Coreografía para trenzas solas no es, por tanto, una simple novela de época ni un homenaje al heroísmo femenino. Es una coreografía de la memoria, un tejido de voces que danzan entre el dolor y la esperanza, entre la opresión y la libertad. En su lectura, el lector no solo asiste al devenir de una familia, sino al latido profundo de un país que sigue buscando su voz propia.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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