Hace un par de semanas conocí al poeta Leonardo Ballarta gracias a la generosa mediación del también distinguido poeta Cayo Santos. El encuentro tuvo lugar una tarde apacible, casi ceremonial, en un barcito del Centro Histórico de Huamanga, donde el tiempo parecía transcurrir con una lentitud propicia para la conversación literaria y la confidencia estética. Allí, entre cervezas y miradas cómplices, leímos nuestros poemas con una mezcla de solemnidad y divertimento: solemnidad porque la poesía, aun en contextos informales, exige respeto; divertimento porque el poema también es juego, provocación y placer compartido. Más tarde, ya entrada la noche, con el acompañamiento de temas clásicos de rock and roll, intercambiamos ejemplares de nuestros libros, cada uno con su respectiva firma y dedicatoria, sellando así un pacto tácito entre escritores: leernos con atención y honestidad.

El poeta Leonardo Ballarta me obsequió su poemario Acróbata de sombras (Editorial Maribelina, 2020), y yo correspondí entregándole algunos ejemplares de mis libros. Pocos días después del encuentro, ya me encontraba inmerso en la lectura y el análisis de ese poemario que su autor definía como una muestra surrealista, sugerente, abstracta e intertextual, un “descalabro ordenado”, en palabras del presentador del libro, el ya fallecido poeta José Guillermo Vargas, expresidente de la Casa del Poeta Peruano. Esta expresión no es gratuita: condensa con precisión la naturaleza del libro, que se mueve entre el caos y la estructura, entre la imagen abrupta y la intención reflexiva.

Comencé la lectura con gran interés y expectativa, y conforme avanzaba comprobé que mucho de lo señalado por el propio Ballarta era cierto. En términos de contenido, la propuesta resulta interesante, profunda y plausible: hay una inquietud genuina por el sentido de la poesía, del arte y de la condición humana. No obstante, desde el punto de vista de la forma y el estilo, el libro evidencia ciertos descuidos que podrían pulirse con mayor rigor. Esto no invalida el conjunto, pero sí invita a recomendarle al autor un trabajo más minucioso en el cuidado estilístico para futuras ediciones, sobre todo si consideramos que la potencia de sus imágenes merece un soporte formal más afinado.

El título Acróbata de sombras remite, de manera sugerente, a una poética de lo oculto. El acróbata es aquel que se sostiene en el aire, que desafía el vacío con equilibrio precario; las sombras, por su parte, representan lo no dicho, lo subrepticio, lo que se desliza entre la luz y la oscuridad. En los versos de Ballarta, lo oculto no siempre permanece escondido: muchas veces se vuelve explícito, pero sin perder su aura de misterio. De ahí que el surrealismo, con su carga onírica, simbolista y de automatismo psíquico, se manifieste como una herramienta eficaz para explorar lo profundo y lo sensible, más que como una pose estética.

El poemario se caracteriza además por un uso frecuente y efectivo de figuras retóricas como el símil, la metáfora y la sinestesia. Estas aparecen manejadas con una naturalidad que evita el barroquismo excesivo o la oscuridad impostada. Los versos fluyen con relativa agilidad, permitiendo que el lector se acerque al texto sin sentir que debe descifrar un enigma hermético en cada línea. Esta cualidad es especialmente valiosa en tiempos donde muchos poetas confunden complejidad con incomunicación.

Uno de los poemas breves que más me impresionó fue el titulado “RAZ”, que dice así: “La teoría no funciona/ Si no hay práctica/ La fe no funciona/ Si no hay obras/ Y Dios no existe/ Si no hay hombres/ Y la poesía/ no germina movimiento/ si no tiene magia”. En este texto, Ballarta establece una cadena lógica que va desmontando las abstracciones vacías. La teoría, la fe, Dios y la poesía aparecen condicionados por su materialización en el mundo humano. La poesía, en particular, no es entendida como ornamento ni como mero ejercicio intelectual, sino como una fuerza que debe generar movimiento, transformación, magia. El poema funciona casi como un manifiesto ético-estético, donde la palabra poética se legitima solo en la medida en que incide en la realidad.

Otro momento destacable se encuentra en la primera parte de “Cielo encriptado”, cuyos versos dicen: “No me parezco a nadie/ soy el perfil sobre el abismo(…)// No me parezco a nadie/ Soy la luna distraída, llena de gente…”. Aquí el hablante lírico construye una identidad fragmentaria y paradójica. No parecerse a nadie implica una afirmación radical de singularidad, pero esta se expresa a través de imágenes que remiten a lo colectivo y lo inestable: el abismo, la luna llena de gente. El “cielo encriptado” sugiere un mensaje cifrado, una trascendencia que no se revela del todo. El yo poético se define, así, desde la contradicción y el extrañamiento.

La preocupación artística y reflexiva de Ballarta se hace explícita en “RADIOGRAFÍA TRANSVERSAL DEL ARTE”, donde el hablante lírico afirma: “El arte no ocupa espacio…/ El arte no resume al hombre…/ El arte evoluciona la cultura…/ El arte jamás invade mentes/ El arte oxigena la esencia del alma…/ el arte es sinónimo de creación -la inspiración una antena transmisora-/ Su manifestación diversa, la huella perceptible de una religión”. Este poema funciona como una declaración de principios. El arte es presentado como una fuerza vital, expansiva y no coercitiva. No invade, no reduce, no encierra; por el contrario, oxigena, evoluciona y crea. La metáfora de la inspiración como “antena transmisora” conecta al poeta con una dimensión casi mística, donde la creación artística se vincula con lo sagrado, aunque sin dogmatismos.

En conjunto, Acróbata de sombras es un poemario sugerente, con una propuesta que invita a la reflexión y al diálogo. No es un libro complaciente ni tampoco ingenuo. Está dirigido a lectores atentos, a esos letraheridos que sabemos que ellos no son tontos ni pasivos, sino astutos, críticos e inteligentes. El libro puede —y debe— ser leído como un punto de partida, como un ejercicio de exploración poética que aún tiene mucho por crecer y depurarse.

Leonardo Ballarta demuestra que posee una sensibilidad auténtica y una voz que busca afirmarse en el panorama poético contemporáneo. Con mayor cuidado formal y una revisión más exigente del lenguaje, su poesía podría alcanzar niveles aún más altos de eficacia estética. Acróbata de sombras deja, en definitiva, la sensación de estar ante un autor que camina sobre el alambre de la palabra, arriesgándose, cayendo a veces, pero siempre avanzando, con la convicción de que la poesía —cuando tiene magia— todavía puede germinar movimiento.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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