Por Francois Villanueva Paravicino
El catedrático de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Miguel Ángel Huamán Villavicencio, me hizo llegar una de sus más recientes publicaciones: Las palabras que debo decir. Ensayo sobre las imágenes de nuestra identidad nacional (Editorial Apóstrofe, 2021). Según me comentaron, esta obra mereció obtener un importante premio nacional, pero razones desconocidas impidieron que se le concediera el reconocimiento.
De mis años como estudiante en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas, guardo un recuerdo nítido de las clases de Teoría Literaria que llevé con el profesor Miguel Ángel Huamán Villavicencio. Su rigor académico era proverbial. Exigía a sus alumnos una lectura seria y comprometida de los textos del sílabo y, a la vez, nos recordaba que la universidad no debía entenderse como un simple requisito profesional, sino como un espacio de formación ética e intelectual. Era, sin duda, uno de los docentes más temidos por su exigencia, pero también de los más respetados por su coherencia, su erudición y su sentido crítico. Aquellas lecciones, marcadas por su estilo frontal y reflexivo, encuentran una prolongación natural en este libro, donde su pensamiento maduro se despliega con claridad y profundidad.
A primera vista, Las palabras que debo decir se presenta como un ensayo breve y de lectura ágil; sin embargo, su contenido es denso, provocador y de largo alcance. Desde sus primeras páginas, el autor advierte que la identidad peruana continúa siendo una tarea inconclusa, una construcción simbólica aún en disputa. Afirma: “Uno de los problemas principales de vivir en el Perú, en el plano simbólico, radica en la notoria incoherencia de nuestros discursos identitarios”. Esta afirmación constituye el núcleo de su propuesta: el reconocimiento de una fractura profunda entre lo que decimos ser y lo que efectivamente somos como comunidad histórica.
Para sustentar su análisis, Huamán Villavicencio combina con habilidad herramientas del psicoanálisis, del historicismo, del estructuralismo literario y de los estudios culturales. Su perspectiva interdisciplinaria le permite examinar la literatura peruana como un espejo donde se proyectan las tensiones, los silencios y las contradicciones de nuestra nación. En este sentido, el autor recurre a un concepto clave del pensamiento lacaniano: la forclusión. Afirma que los peruanos “poseemos una identidad forcluida”, expresión que remite a un conflicto interno entre afectividad y comportamiento, entre nuestra memoria ancestral y la forma en que nos relacionamos con ella.
Según Jacques Lacan, la forclusión consiste en el rechazo radical de un significante fundamental del orden simbólico, un elemento que nunca llega a inscribirse en el inconsciente. Dicho de otro modo, algo esencial —un nombre, una ley, una figura paterna— queda fuera del lenguaje y, por tanto, del sentido. Lo forcluido, sin embargo, no desaparece; retorna desde lo real en forma de alucinación, delirio o síntoma.
En este punto, el autor cita a José Carlos Mariátegui, quien ya advertía hace casi un siglo que el Perú es “una nación en formación”. Esta frase, lejos de haber perdido vigencia, sigue describiendo nuestra situación actual: un país que aún no logra reconciliar sus raíces andinas, amazónicas y mestizas con su proyecto de modernidad. De manera irónica, Huamán retoma el humor del escritor Felipe Angell, conocido como Sofocleto, para ilustrar la deformación de la conciencia nacional (valga la paráfrasis): “En el Perú los niños nacen normales, hasta que crecen y entienden lo que el sistema ha hecho con ellos; entonces se vuelven cojudos o atontados”. Esta ironía resume el desencanto que provoca una sociedad que no logra ofrecer un horizonte de justicia, equidad ni pertenencia.
El recorrido que propone el libro es también una lectura histórica a través de la literatura peruana. En el capítulo “El imperio no hay remedio”, el autor se detiene en los textos fundacionales de El Inca Garcilaso de la Vega y Felipe Guamán Poma de Ayala. Ambos, desde posiciones distintas, construyeron una escritura de resistencia que buscó dignificar la figura del indígena y reivindicar la memoria andina frente al discurso colonial. Garcilaso, con su Comentarios reales, realizó una síntesis entre el mundo incaico y la cultura renacentista; Guamán Poma, en su Nueva corónica y buen gobierno, denunció con lucidez el abuso y la corrupción del sistema virreinal.
El segundo capítulo, “El cuerpo expuesto y combatiente”, se centra en el periodo posterior a la Guerra del Pacífico, momento crucial en que el país debió replantear su identidad tras una derrota humillante. El catedrático analiza aquí las obras de Manuel González Prada y César Vallejo, dos escritores que, cada uno a su modo, enfrentaron la descomposición moral del país. González Prada denunció sin concesiones la hipocresía de las élites, llamando a reconstruir el Perú desde la juventud y el pensamiento libre. Por su parte, Vallejo encarnó en su poesía el sufrimiento de un pueblo fragmentado, víctima de la injusticia y del desarraigo. Ambos escritores, como sostiene el autor, simbolizan el intento de reconstruir una nación que parece siempre al borde del naufragio.
En el capítulo “El cuerpo que te llama”, el análisis se traslada al siglo XX con dos figuras cardinales: José María Arguedas y Mario Vargas Llosa. A pesar de sus diferencias ideológicas y estéticas, ambos autores exploraron el conflicto entre tradición y modernidad, entre lo rural y lo urbano, entre el mundo indígena y la cultura criolla. Arguedas, desde su visión mestiza y dolorosamente integradora, buscó una reconciliación posible entre esos mundos. Vargas Llosa, en cambio, abordó el problema desde una mirada más universalista y liberal, denunciando los autoritarismos que han marcado nuestra historia. En ambos casos, Huamán Villavicencio demuestra que la literatura peruana ha sido, más que una expresión artística, un espacio de confrontación simbólica donde se juega la definición misma de lo que somos.
En sus conclusiones, el autor advierte que el capitalismo global ha logrado naturalizar la competencia y la desigualdad como rasgos inevitables de la existencia. Esa lógica deshumanizadora —dice— nos ha hecho creer que la vida es una lucha permanente donde solo sobreviven los más aptos. Frente a ello, propone un horizonte alternativo: “Deberíamos promover un modelo económico solidario con toda forma de vida y cooperativo para desterrar las desigualdades, segregaciones y abusos aún vigentes en el mundo actual”. Esta reflexión, escrita en el contexto de la pandemia de la Covid-19, conserva una vigencia inquietante en 2025.
Las palabras que debo decir no es solo un ensayo académico: es un acto de conciencia. A través de una lectura crítica de la historia literaria, Miguel Ángel Huamán Villavicencio nos invita a repensar el sentido de nuestra identidad nacional. Su propuesta se inscribe en la tradición de los grandes ensayistas peruanos —desde Mariátegui hasta Cornejo Polar— que comprendieron la literatura como un instrumento de autoconocimiento y transformación. Este libro, breve pero intenso, debería leerse no solo en las aulas universitarias, sino también en los espacios públicos donde aún se debate qué significa ser peruano. La invitación está hecha.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024) y Cantera de fuego (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales


