La primera edición de Trendelemburg apareció en 2014 bajo el sello de Vagón Azul Ediciones y fue celebrada por poetas como Miguel Ildefonso, Javier Ágreda, Pedro Escribano, Pablo Salazar-Calderón Galliani y Zoila Capristán. Eduardo Borjas Benites iniciaba así su trayectoria con buen pie, algo previsible si se considera que, desde 2008, venía acumulando reconocimientos y premios que le otorgaron un lugar en el exigente ámbito de la literatura.
En mayo de 2025, Dendro Ediciones publicó la segunda edición de este poemario arriesgado, poco convencional y de vuelo alto.

En Trendelemburg, Borjas se interna en los dominios de la memoria con la calma y el sigilo de quien sabe que cada recuerdo es un territorio minado. Desde el primer poema se advierte que su voz no busca el fulgor inmediato ni el canto exaltado, sino una reflexión honda sobre lo que persiste y duele. En su obra, los recuerdos no son meras evocaciones nostálgicas, sino una forma de amor distante, desgastada por el paso del tiempo y atravesada por una resignación que impregna cada página.

Ese amor, que nunca se presenta como conquista ni como celebración, se manifiesta en sus etapas más introspectivas, cuando la soledad y el desapego han tenido tiempo suficiente para decantar el sentimiento hasta volverlo materia poética. De ahí que el lector, al avanzar, perciba una sensación agridulce que, lejos de resolverse, se intensifica. Es un poemario que no pretende cerrar heridas ni ofrecer respuestas; más bien, las explora con la delicadeza de quien entiende que sanar también implica aprender a convivir con la herida.

Uno de los elementos más sugerentes de Trendelemburg es la forma en que el yo poético se desplaza dentro de los textos. Borjas aparece como una figura fantasmal, alguien que observa y absorbe sin necesariamente participar. No hay en su poesía una voluntad de narrar secuencias completas o describir de manera directa lo que observa. Sus imágenes no siguen una lógica cronológica ni un desarrollo narrativo convencional: son estampas, destellos, intuiciones que emergen de un flujo interior más que de una estructura premeditada.

Los objetos y escenarios urbanos que atraviesan el libro —calles, luces, aceras, carros, barrios nocturnos, pájaros salvajes— no son descritos para ser contemplados desde fuera. Más bien, se interiorizan, se asimilan hasta formar parte de un repertorio íntimo, casi inconsciente. Son símbolos recurrentes que alimentan su imaginario poético y que funcionan como detonantes de una percepción más profunda: la conciencia del caos. Ese caos no se exhibe de forma explícita, sino que se sugiere a través de sensaciones, de fragmentos que remiten a paisajes mentales, a contextos psicológicos que emergen como reminiscencias.

El poemario está organizado en tres secciones: Ritual de los espasmos, El paisaje desnudo y Epílogo de la danza. Esta disposición no es arbitraria. El primero, Ritual de los espasmos, abre el libro con una serie de textos que transmiten una sensación de vértigo y descontrol. Aquí, la ciudad se presenta como un organismo que respira de forma irregular, que late de manera impredecible.

El segundo, El paisaje desnudo, es la etapa de decantación. La urbe se muestra sin artificios, y la voz poética se permite momentos de contemplación más pausados, aunque siempre atravesados por la conciencia de la pérdida. En Epílogo de la danza, funciona como un cierre que no clausura, sino que transforma. No hay resolución plena, pero sí una cierta asimilación de las tensiones previas: la ciudad, el amor distante, la resignación, la memoria.

La ausencia deliberada de signos de puntuación y, en ocasiones, de la segmentación en versos, potencia la sensación de flujo continuo. El lector se ve obligado a sumergirse en una corriente que no se detiene, como si estuviera caminando sin pausas por una ciudad en la que no hay semáforos ni descansos.

En Trendelemburg, los recuerdos funcionan como un hilo conductor, pero no se presentan como un refugio idealizado. Borjas no construye un pasado dorado; al contrario, reconoce que la evocación de la memoria conlleva también el regreso de sus demonios. Hay en este ejercicio un componente casi autodestructivo, como si revisitar ciertos pasajes del ayer fuera un hábito tan irresistible como dañino.

La resignación, por su parte, no se plantea como derrota, sino como una forma madura de aceptación. Es una actitud que atraviesa los poemas y que le otorga coherencia al conjunto. La voz poética no lucha contra lo irremediable; lo asume, lo integra y, a partir de esa aceptación, construye un espacio desde el cual mirar la realidad con lucidez.

La autenticidad de su voz se percibe en la manera en que conjuga lo íntimo con lo colectivo, lo sensorial con lo conceptual. No pretende asombrar ni impresionar: prefiere caminar con luces bajas, confiando en que la fuerza de sus imágenes y la coherencia de su tono atraerán al lector que esté dispuesto a escuchar con atención.

Trendelemburg es, ante todo, un viaje hacia el corazón de la memoria, pero no para encontrar consuelo, sino para aceptar la complejidad de lo vivido. Borjas construye un espacio poético donde el amor distante, la resignación y el paisaje urbano se funden en una cadencia propia, ajena a la premura y la superficialidad de buena parte de la poesía contemporánea.

En un contexto en que muchas voces buscan el golpe rápido y el efecto instantáneo, Borjas ofrece una propuesta que se toma su tiempo, que confía en la persistencia de las imágenes y en la resonancia íntima que provocan. Trendelemburg no es un libro para leer de una sola sentada ni para olvidar con facilidad: es una obra que acompaña, que regresa en fragmentos y que, como toda verdadera poesía, transforma a quien la habita. Como punto a favor de este poeta, el poemario se lo dedica a su madre.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024) y Cantera de fuego (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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