Columna: La crónica del espejo

John Kenny Acuña Villavicencio

(Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Guerrero)

 

Walter Benjamin considera que, a diferencia del historiador, quien realiza una serie de estudios sobre ciertos acontecimientos de la realidad y, además, se encarga de comprender la historia en términos teleológicos y lineales; el narrador como una figura importante en la recuperación de la memoria y la experiencia, destaca no sólo por la necesidad de recrear hechos o demostrar algunos eventos de un determinado tiempo-espacio, sino también por su entera capacidad de ser el abogado y defensor de la justicia de los seres vivos (hombre, naturaleza) y los seres inanimados. El “mundo creatural” ha sido despojado por el tiempo del progreso y, a su paso, ha desterrado cualquier tipo de socialidad que no sea exclusivamente humana. Este sometimiento responde, en gran medida, al mundo moderno capitalista, donde la forma humana o antropocéntrica resalta no sólo por la emergencia del sujeto metafísico, o “el sujeto político basado en la soberanía, en el dominio y en la apropiación”, sino por el sujeto técnico-científico capaz de alterar las relaciones humanas y no humanas (A. Di Pego, Clase 1, 2025, UNQ, p. 2).

La importancia de rescatar a los seres terrenales y supraterrenales radica en desmontar [abmontieren] la manera en que lo humano se impone como verdad absoluta y único modo de existencia. Esta tendencia acelerada por la modernidad y el antropocentrismo, debe ser criticado, puesto que en ella reside su carácter demoledor hacia toda forma de vida y experiencia. No solo eso, para Benjamin, la imposición del tiempo del progreso trajo consigo la negación de la alteridad y de todo aquello considerado como monstruoso o no-humano [Unmensch] por considerarse como una exterioridad de este. En el narrador en tanto justiciero yace el “sentido de vida” de los monstruos que en “el curso del mundo se encuentra fuera de todas las categorías propiamente históricas” (W. Benjamin, Obras. Libro II/vol. 2, 2009, Abada Editores, p.55). De este modo, la figura incómoda o la “rabia con que el monstruo –o, dicho de otro modo, el aun-no-hombre– debía dirigirse al superhombre” se manifiesta como cuestionadora y testigo de la llegada de un tiempo épico (W. Benjamin, Obras. Libro II/vol. 1, 2007, Abada Editores, p. 368). Esta tarea lo lleva a cabo el narrador gracias a su capacidad creativa y a su papel como portavoz de lo no-humano.

Por esta razón, Benjamin insiste en la necesidad de recuperar la memoria y el lugar que ocupa el no-humano en la historia del humanismo tradicional. En ese sentido, la experiencia oral es el suministro y la fuente del narrador, porque permite rememorar aquello que el tiempo del progreso y las guerras han ocasionado. A decir verdad, el narrador es el encargado de revelar los acontecimientos y sentimientos ocultos del aun-no-hombre, le otorga voz y, a fin de cuentas, muestra el lado real de lo humano. Al igual que Léskov, quien asevera en La Alejandrita, el narrador debe descender a las “profundidades de la naturaleza inanimada” para describir “acontecimientos dispersos” que den cuenta de la totalidad de lo viviente y no-viviente, tanto en la Tierra como en otros mundos.

El espectro creatural no se “vuelve audible en la voz humana”, sino en la “voz de la naturaleza” (W. Benjamin, Obras. Libro II/vol. 2, 2009, Abada Editores, p. 63). Esta es portadora de algo nuevo y no se limita a lo humano. A través de la voz del narrador, se llega a los acueductos más soterrados de lo no-humano y, desde allí, las piedras, los astros o el “ángel nuevo” se dan la oportunidad de “liberar a los humanos” (W. Benjamin, Obras. Libro II/vol. 1, 2007, Abada Editores, p. 373). De este modo, las relaciones hombre-naturaleza no son concebidas como propias de la forma valor, sino como parte de un mundo épico y justo. Los monstruos, hasta ahora negados, son figuras vertebradoras de la dominación y se revelan, al mismo tiempo, como manifestaciones concretas y reales de lo humano. Esta advertencia se puede leer de otra manera en Hacia la crítica de la violencia, más allá del debate sobre el papel fundacional de la violencia como destructora del derecho y la justicia, ésta es capaz de instaurar un tiempo de emancipación. En otras palabras, a diferencia de la violencia mítica en tanto legitimadora del derecho, la violencia divina no es “sangrienta sobre toda la vida, justamente a causa de lo vivo”, es decir, de lo humano y lo no-humano.

Dicho esto, Benjamin considera que el tiempo divino pone fin a las “ambigüedades del derecho” y restaura lo vivo; la figura central de este acontecimiento es el “Angelus: esto es, el mensajero”. Una especie de monstruo que se encuentra en un tiempo presente y rememora aquel pasado que no se ha ido y cuya huella está marcada por el horror (W. Benjamin, Obras. Libro II/vol. 1, 2007, Abada Editores, p. 376). Se trata –como asume Kraus– de cierta manera no de la “naturaleza creadora”, sino de la “naturaleza destructiva”: aquella que cuestiona toda ideología que resalta más por ser “ultrajadora de la vida” (W. Benjamin, Obras. Libro II/vol. 1, 2007, Abada Editores, p. 375). A decir verdad, el tiempo destructivo es, en el fondo, también reconstructor de un mundo olvidado por el humanismo inhumano que se ha caracterizado por devorar la potencialidad de los seres humanos, de la naturaleza e, incluso, de la propia creación del narrador. En definitiva, la alegoría benjaminiana del Unmensch se presenta bajo una doble dimensión: por un lado, devela el carácter inhumano de la humanidad o de nuestra sociedad; y, por el otro, reconstruye la idea del no-humano por medio de imágenes y constelaciones de un tiempo de redención. En efecto, el humano podrá ser solo a partir de su no-humanización.

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