Por: Ricardo Saavedra
R está leyendo cómodamente. De pronto, se le ocurre escribir algo. Busca su laptop. La enciende. Es vieja y demora en acceder a Word. La idea se le ha ido. Ahora R no sabe qué decir. Fue un rapto de entusiasmo que desapareció.
Hace unos días, una persona le invitó a escribir en un diario. Él no lo pensó demasiado. No estaba muy entusiasmado, pero le daba algo de curiosidad. Dijo sí. Luego lo pensó mejor y decidió no enviar nada. Olvidar la invitación.
R ama la literatura, pero odia un poco lo que la rodea. Por eso solo lee a escritores que ya han muerto. Odia el espectáculo que se arma en torno a algo que él considera una actividad estrictamente solitaria. O, más bien, detesta que su visión casi sagrada de ella sea rebajada a los tibios y ambiguos gestos de la cotidianidad, saturado de tedio y responsabilidades. R considera a la literatura su paraíso y no quiere que nada la ensucie. R piensa en la oportunidad. La persona le ha dicho que puede leerle más gente. Pero a R no le importa ser leído. Solo fantasea con que alguien lee lo que escribe, pero no le interesa realmente. Además, no está acostumbrado a escribir textos cortos, como le indicó la persona, sino relatos extensos, repletos de divagaciones. Entonces, R piensa en los lectores. ¿Qué espera leer un lector, en un diario? R no sabe, no podría saberlo. ¿Qué decirle? ¿Qué contarle? R no compra diarios. En realidad, no se entera de nada, salvo por las redes sociales. R anda desinformado la mayor parte del tiempo. R no es un ciudadano ejemplar. Es, más bien, un tipo desapegado del mundo, ocupado en leer y escribir cosas que guarda o sube eventualmente a un blog de internet. R recuerda que antes quería ser un escritor de novelas y que se aburrió rápidamente del mundo literario. No era lo que esperaba y se alejó. Ahora R solo fantasea con escribir novelas largas, pesadas, densas e ilegibles y dejarlas amontonadas en una caja de cartón que probablemente alguien encontrará cuando él ya haya muerto. Solo así le divierte la idea de ser escritor. R sigue pensando en el lector. No en los lectores, sino en uno solo. A R le simpatiza la gente que lee. Sabe que estos tiempos son difíciles para ellos. Hay mucho ruido alrededor. Observa a las personas y su necesidad de llamar la atención: Todas deseosas de ser oídas y sin tener nada qué decir. R se divierte ignorándolas, aunque a veces las oye. R no cree que la literatura sea superior a todo eso, solo que es diferente. R no es apóstol de la lectura. Ya lo fue y se sintió patético. No pretende convencer a nadie de que lo que hace es mejor. R siente que la literatura le da algo que el mundo jamás podrá ofrecerle, pero sabe que esa sensación es algo que uno mismo tiene que descubrir. R bosteza. Piensa en lo que está escribiendo. Ya casi completa una página. Piensa en los escritores que admira y que empezaron escribiendo en diarios. Que se esforzaron por eso. Piensa en uno en particular: Recuerda su decepción al ser rechazado por múltiples revistas. R lo aprecia. Piensa en él con agradecimiento. Sus libros le dieron ánimos y una visión más clara del mundo. R piensa en ese escritor y piensa también en que el mundo es raro y muchas veces feo. R también piensa en la belleza y la esperanza. Piensa en la astucia y la rebeldía de ese tipo que no renunció. Ahora ese escritor está muerto y R se alegra de que no lo haya conocido. A veces aún lee sus poemas y, ciertamente, no siente esperanza sino valentía y cree que es mejor. R se pregunta si publicarán su artículo. Ahora R quiere escribir muchos artículos, pero seguro se le irán las ganas y volverá a leer su libro y a mirar su biblioteca como si fuera un pequeño monstruo que sabe contarle cosas interesantes acerca del mundo. R está fascinado con eso. Piensa que le basta, aunque eso quizá no sea cierto.

