El libro del crítico literario y catedrático colombiano Uriel Ospina llegó a mis manos por una feliz casualidad. Conservo la primera edición de Problemas y perspectivas de la novela americana, publicada en septiembre de 1964, que permanecía casi oculta en los anaqueles de mi biblioteca personal. Sin embargo, al iniciar su lectura, se activó una memoria intelectual: la de mis años universitarios, cuando leía con avidez textos de teoría y crítica literaria que no solo ampliaron mi horizonte de lectura, sino que también moldearon mi comprensión del oficio de escribir.
Desde su introducción, el libro se revela como un ejercicio crítico frontal. Ospina no se limita a describir el panorama literario latinoamericano, sino que lo interpela con severidad. Entre sus postulados más provocadores, denuncia la mediocridad de buena parte de la crítica literaria en América Latina, a la que acusa de “practicar la generosidad intelectual con respecto a ellos mismos”. Esta afirmación no es gratuita: apunta a una tradición crítica complaciente, incapaz de ejercer un verdadero rigor analítico. Asimismo, cuestiona al público lector de su tiempo —en los años previos o coincidentes con el surgimiento del Boom latinoamericano— al que considera conformista frente a una producción literaria que, según él, aún no alcanzaba niveles de excelencia comparables con otras tradiciones.
En el primer capítulo, “La novela. Género de aparición tardía”, Ospina plantea una tesis sugerente: la literatura hispanoamericana nace con la historia. Se refiere, en concreto, a las crónicas de la conquista y la colonia, escritas por cronistas españoles que, entre la violencia del día y la escritura nocturna, dejaron testimonio de un mundo en formación. La célebre imagen que ofrece —“estos soldados que de día matan indígenas y zancudos y de noche escriben relatos”— no solo es irónica, sino profundamente crítica. Para Ospina, estos textos poseen un valor literario apenas superior a su discutible valor histórico, pero constituyen, sin embargo, el germen de la narrativa americana. En esta línea, sugiere que las crónicas son la matriz de la novela en América, tanto por su carácter testimonial como por su voluntad de representación.
Otro eje importante de su reflexión aparece en “La obsesión de la naturaleza”. Allí sostiene que la literatura americana ha privilegiado el entorno natural como uno de sus temas centrales. La exuberancia del paisaje, la diversidad de climas y la riqueza cultural han llevado a muchos escritores a concentrarse en lo descriptivo, a veces en detrimento de la complejidad narrativa. Este énfasis dio origen a corrientes como el indigenismo y el realismo regionalista, representadas por autores como Ciro Alegría, José María Arguedas, José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Manuel Gálvez, Alcides Arguedas, entre otros. No obstante, Ospina es implacable: reconoce el valor etnológico de estas obras, pero cuestiona su calidad literaria, afirmando que muchas de ellas apenas alcanzan un nivel aceptable. Su crítica revela una tensión persistente en la literatura latinoamericana: la que existe entre la representación social y la ambición estética. Al respecto, concluye: “Como monografías de valor etnológico hay novelas hispanoamericanas que son de inestimable mérito. Como literatura, muchas de ellas apenas son aceptables”.
En “La tiranía del adjetivo”, el autor dirige su mirada hacia el lenguaje. Denuncia el abuso de epítetos y la tendencia a recargar la prosa con adjetivaciones innecesarias, lo que empobrece la eficacia narrativa. Para sustentar su crítica, recurre a ejemplos concretos tomados de novelas de autores reconocidos, lo cual refuerza el carácter polémico de su ensayo. No se trata de una crítica marginal, sino de una revisión directa del canon.
Por su parte, en “Un hecho nuevo: el vocabulario”, Ospina introduce una hipótesis audaz: el español de América, debido a su diversidad dialectal y a sus múltiples variantes regionales, podría evolucionar hacia formas lingüísticas diferenciadas, al punto de convertirse en lenguas autónomas, como ocurrió con el latín y las lenguas romances. Esta idea, aunque discutible, resulta visionaria en cuanto reconoce la vitalidad y transformación constante del idioma en el continente.
En el capítulo “El costumbrismo. Fuerza auténtica”, analiza una de las corrientes más representativas de la narrativa americana. Ospina establece un paralelo con el desarrollo del realismo y el naturalismo en la Europa del siglo XIX, pero subraya que el costumbrismo latinoamericano carece, en muchos casos, de profundidad psicológica. De allí su sentencia: “sicológicamente el costumbrismo es mediocre”. Aun así, reconoce la importancia de obras fundacionales como El Periquillo Sarniento (1816-1831) y La Quijotita y su prima (1818-1819), de José Joaquín Fernández de Lizardi, a quien describe como un escritor combativo que supo captar el espíritu de su época. No obstante, su juicio global sobre el costumbrismo es severo: lo considera limitado en ambición y alcance.
Quizá uno de los capítulos más controvertidos sea “La pobreza psicológica”, donde afirma que en la novela americana no existe, hasta ese momento, una verdadera novela psicológica. Critica el predominio de la descripción externa —física, social o paisajística— por encima de la exploración interior de los personajes. Esta observación resulta particularmente interesante si se considera que el libro fue escrito antes del auge del Boom latinoamericano, movimiento que precisamente renovaría la narrativa en términos estructurales y psicológicos.
A lo largo de otros capítulos, Ospina insiste en una idea que atraviesa todo el ensayo: la falta de profesionalismo del novelista hispanoamericano. Lo acusa de pereza, de escribir sin la disciplina ni el rigor investigativo que, según él, caracteriza al novelista europeo. Esta comparación, aunque discutible y quizás excesiva, pone en evidencia una preocupación legítima: la necesidad de asumir la escritura como un trabajo exigente y sistemático.
En suma, Problemas y perspectivas de la novela americana es un libro incómodo, pero necesario. Su valor no radica únicamente en sus aciertos, sino también en su capacidad de provocar debate. Leído hoy, permite comprender las tensiones de una literatura en proceso de consolidación, justo antes de su gran explosión creativa. Por ello, más que un diagnóstico definitivo, el libro de Ospina debe entenderse como un llamado a la exigencia crítica y a la autoconciencia literaria. Una obra que, sin duda, sigue interpelando a lectores y escritores del presente.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.


