Por Francois Villanueva Paravicino
Los poetas convocados esta semana son muy reconocidos en los ambientes culturales y académicos de Ayacucho. Ambos han hecho de su vínculo con la literatura y las artes una herramienta para expresar sus preocupaciones frente al mundo, combatir las desigualdades y las injusticias, cantar al amor y a la vida, y abordar aquello que, desde su sensibilidad, consideran trascendental para el ser humano. En sus respectivas obras conviven la preocupación social, la reflexión sobre la condición humana y la necesidad de convertir la palabra poética en una forma de testimonio. Ellos son el antropólogo y poeta Jesús Ospina Salinas y el escritor Ciro Quintanilla.
Un libro publicado recientemente es El Dios nuestro de cada día (Edición de Autor, 2026), de Jesús Ospina Salinas. A lo largo de sus más de cuarenta poemas, la voz lírica poetiza sobre la trascendencia de Dios hacia los hombres. Existe, por tanto, una necesidad de pensar en la naturaleza divina y en su relación con la humanidad, pero también de interrogar el sentido de la existencia humana desde una perspectiva espiritual. Dios aparece no solo como una figura religiosa, sino como una presencia ante la cual el poeta formula preguntas, expresa sus inquietudes y confronta los males que aquejan a la sociedad.
Sin embargo, el poemario no se limita a una poesía religiosa o contemplativa. En sus páginas también existe un tono de denuncia social y humana que dirige su atención hacia las necesidades y los sufrimientos de los más vulnerables. En ese sentido, el libro puede suscitar una asociación con la teología de la liberación que se desarrolló en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX y que tuvo en Gustavo Gutiérrez a uno de sus principales representantes, especialmente a partir de su obra fundamental Una teología de la liberación, publicada en 1971. No se trata de establecer una filiación directa, sino de advertir una sensibilidad semejante: la preocupación por el sufrimiento humano y por la situación de quienes padecen injusticias puede convertirse también en materia de reflexión religiosa.
En efecto, Ospina Salinas reflexiona sobre los sufrimientos, las necesidades y el dolor ajeno desde una perspectiva litúrgica, sagrada y religiosa. En el poema “Dolor ajeno”, el poeta escribe: “Soy un dolor ajeno/, un molusco de las/ profundidades//. Soy lo que no quise ser,/ y lo que quise ser,/ no pasó por mi ser”. El dolor aparece aquí como una experiencia capaz de desdoblar al individuo, de escindirlo y dividirlo interiormente. El sujeto poético parece habitar una identidad que no ha elegido por completo y que, al mismo tiempo, se encuentra atravesada por aquello que no pudo llegar a ser. He ahí una de las dimensiones más profundas del sufrimiento: no solo duele lo que ocurre, sino también aquello que pudo haber ocurrido y no ocurrió.
El propio título del poema, “Dolor ajeno”, introduce además una dimensión solidaria. El sufrimiento no es presentado solo como una experiencia individual, sino como una realidad que puede ser asumida, contemplada y sentida por quien observa el padecimiento de los demás. Según el poeta Jesús Ospina Salinas, “estos poemas recuerdan que nuestro corazón fue creado para amar y para dar”. Esta declaración permite comprender mejor el espíritu general del poemario: el amor no constituye a secas un sentimiento privado, sino también una disposición ética frente al prójimo.
Por eso, el hablante lírico rechaza las guerras, las hambrunas, las injusticias y los sufrimientos, mientras numerosos poemas dialogan con Dios para preguntarle y reflexionar sobre estas problemáticas terrenales. El poemario adquiere así una dimensión ética: frente a un mundo marcado por la violencia y la indiferencia, la poesía propone recuperar la capacidad de amar, compadecerse y dar. En ese sentido, El Dios nuestro de cada día resulta importante porque reivindica valores cristianos que durante siglos tuvieron una presencia determinante en la vida de las sociedades y que, desde la perspectiva del autor, parecen haber perdido parte de su fuerza en los nuevos tiempos, ante la transformación de los paradigmas educativos, culturales y sociales y la destrucción de antiguos tabúes.
En cambio, el poemario de Ciro Quintanilla, El perfil de la palabra (Editorial Apogeo, 2024), presenta una propuesta más heterogénea y cambiante. El libro destaca por su veleidosidad, su apasionamiento y sus añoranzas de amores pasados durante las dos primeras secciones, mientras que en las dos últimas adquiere una mayor conciencia social, política, familiar, personal y humanista, orientada a protestar, denunciar o cuestionar las injusticias y los males de la sociedad.
Una particularidad de El perfil de la palabra se encuentra en su primera parte, “De sombras y versos”, donde el poeta desarrolla una singular forma de poetizar mediante la incorporación de cuadros de imágenes en blanco y negro. Se trata de escenas de apariencia surrealista y simbolista, con trazos que recuerdan bocetos o pinturas realizadas de manera aficionada. A ambos lados de estas imágenes aparecen versos que cantan a la amada, a la vida o al Perú y sus problemas. De este modo, la experiencia de lectura se vuelve también visual y el poemario establece un diálogo entre palabra e imagen.
En la segunda parte, “Redes de mármol y de ternura”, predomina la añoranza amorosa y la evocación de sentimientos nobles vinculados con el amor consumado e idealizado. El poeta recupera aquí una tradición lírica en la que la mujer amada se convierte en fuente de renovación espiritual. En el poema “Solo tú”, escribe: “Te amo/ Simplemente mujer porque/ Eres:/ Manantial puro/ Donde estoy renaciendo”. La amada es, por tanto, concebida como una fuente de vida, como un espacio de renacimiento. Algo semejante ocurre en “Interrogantes”, donde el poeta pregunta: “¿Por qué será/ Cuando me hablas/ Me deslumbras/ Será porque/ En tus palabras/ Habitan hadas?”. La palabra de la amada adquiere entonces una dimensión encantatoria: hablar es iluminar y seducir, pero también crear un espacio imaginario donde habitan las hadas de la poesía.
En la tercera parte, “Racimo de mar y de memoria”, el libro cambia de dirección temática y se aproxima a lo social, lo político, lo contestatario y la denuncia. El amor y la intimidad dejan paso a una voz preocupada por la realidad colectiva. En el poema “¡Perú!”, la indignación se expresa mediante una exclamación directa: “¡Nada que festejar!/ ¡Perú!/ Arteria inagotable de agonías y naufragios”. El país aparece aquí desde una mirada crítica, como un territorio atravesado por contradicciones, sufrimientos y frustraciones. La poesía se convierte entonces en una forma de protesta y de interpelación frente a la realidad nacional.
Y en “Paradojas de papel”, cuarta parte del libro, el poemario adopta un tono más familiar, personal e íntimo. La añoranza y la paz de una vida retirada adquieren sentido como una forma de recuperar lo vivido. Después del amor, la protesta y la mirada sobre el país, el poeta parece regresar al territorio de la memoria personal, donde la experiencia encuentra reposo y significado.
Ambos poemarios, aunque diferentes en sus preocupaciones inmediatas y en sus recursos expresivos, coinciden en algo fundamental: entienden la poesía como una forma de relacionarse con el mundo. Jesús Ospina Salinas parte de la fe, del amor cristiano y de la preocupación por el sufrimiento humano; Ciro Quintanilla transita del amor y la memoria hacia la denuncia social y la reflexión sobre el Perú. En ambos casos, la poesía no permanece encerrada en la intimidad del poeta, sino que busca dialogar con los demás.
Por ello, estos dos autores deben leerse también como una inspiración para las nuevas generaciones que desean forjar el arte que aman y defienden. Sus libros constituyen, además, una pequeña pero significativa muestra de las preocupaciones de los poetas ayacuchanos de nuestro tiempo. A los entendidos, lectores y amantes de la poesía ayacuchana debería interesarles, por ello, observar los rumbos que viene tomando nuestra lírica contemporánea a través de estas dos publicaciones. Entre la fe y la protesta, entre el amor y la memoria, entre Dios y el Perú, Ospina Salinas y Quintanilla demuestran que la palabra poética todavía puede ser un espacio de reflexión, sensibilidad y resistencia frente a las preocupaciones de nuestro tiempo.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.


