COLUMNA: LA CRÓNICA DEL ESPEJO

Por: John Kenny Acuña Villavicencio

Profesor-investigador UAGro (johnkenny @uagro.mx)

 

Imaginemos un mundo sin género, sin opuestos, sin origen y sin fin. ¿Qué seríamos, entonces? Seres híbridos, ensamblajes de lo orgánico y maquínico, es decir, sujetos ciborg. La imagen de una posibilidad política que, irónicamente, busca el mito, la emancipación. La responsable de esta desafiante propuesta es Donna Haraway, profesora en la Universidad de California Santa Cruz y una de las filósofas más influyentes de nuestro tiempo; su postura frente a las cuestiones binarias ha suscitado numerosos debates y discrepancias, al evidenciar cómo estos conceptos han servido para legitimar el pensamiento occidental (A. Di Pego, Clase 11. Cyborgs, monstruos y artefactualismo diferencial, 2025, UNQ).

En sus obras consideradas de lectura obligada, como Las promesas de los monstruos. Ensayos sobre ciencia, naturaleza y otros inadaptables (2019), “Las promesas de los monstruos: Una política regeneradora para otros inapropiados/bles” (1999), “Manifiesto para cyborgs. Ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX” (2018) y el Manifiesto ciborg. El sueño irónico de un lenguaje común para las mujeres en el circuito integrado (1984), esta crítica se hace enteramente visible. Frente a la inviabilidad del progreso y la destrucción de la Tierra es necesario replantear todo lo edificado tanto ontológica como epistemológicamente. Lo dicho, desde luego, tiene que ver con la necesidad de reelaborar nuestro pensamiento, lo cual implica preguntarse qué entendemos por las relaciones naturaleza, tecnología y conocimiento. Solo así podremos postular alternativas y otras formas de relacionarnos que sean más colaborativas y sostenidas con todo lo que nos rodea.

Dicho esto, la manera en que el relato moderno se estructura y jerarquiza responde a un proceso de expansión de la razón occidental, el cual merece ser desmontado. A decir de Haraway, las oposiciones humano y no humano, material e inmaterial, femenino y masculino producen formas identitarias que someten al individuo, además determinan qué somos y cómo debemos relacionarnos y reconocernos. Este presupuesto, desde luego, se vincula estrechamente con el artefactualismo productivista, es decir, con una forma social dominante cuya lógica se centra en explotar, clasificar y organizar la naturaleza. Esta dinámica representa un peligro, porque nos arrastra al exterminio de todo lo humano y no humano.

Bajo la mirada de Haraway, tal concepción constituye un marcado antropocentrismo, puesto que responde a la lógica de la propiedad privada y al control que se ejerce sobre los seres y las cosas existentes. En este marco, la relación entre cuerpo y naturaleza se entiende como una trayectoria lineal y unidireccional, donde los seres humanos aparecen como los únicos capaces de agenciar, transformar y alterar el mundo. Por el contrario, lo no humano (plantas, maquinarias y animales), aunque a veces considerado como viviente y distinto de lo inanimado, es reducido a la condición de simple objeto, carente de sentido y existencia propia. Esta visión refuerza las diferencias cualitativas entre el ser humano, las plantas y los animales, consolidando jerarquías que subordinan a lo no humano.

Con plena justificación, Haraway sostiene que la naturaleza, entendida como “ficción y hecho”, nos permite comprender que los “organismos” no son meros “objetos naturales”, “no nacen de manera espontánea, sino que son producidos por determinados actores colectivos en contextos específicos, mediante prácticas tecnocientíficas en un mundo en constante transformación” (D. Haraway, “Las promesas de los monstruos: Una política regeneradora para otros inapropiados/bles”. Política y Sociedad, 1999, p. 123). Esto implica cuestionar cómo el artefactualismo productivista moderno reproduce una sociedad jerárquica y estructurada, centrada en el imaginario humano y en su relación de explotación con la naturaleza. Por ello, resulta pertinente retomar el artefactualismo diferencial y opositivo, desde el cual es posible pensar en términos relacionales, generativos, colaborativos y participativos entre múltiples actores/as.

A partir de este modelo, Haraway no pretende simplemente contraponer el artefactualismo diferencial y opositivo al artefactualismo productivista, ni mucho menos busca replantear la dominación de la naturaleza de forma armoniosa. Su objetivo va más allá: pensar contra la modernidad capitalista y productivista, desafiando las relaciones binarias, e imaginar otras relaciones sociales menos verticales y más flexibles. En consecuencia, la tarea consiste en articular un tipo distinto de agenciamiento entre humanos, no humanos, organismos y máquinas. Con ello, se busca descentrar lo humano, reconocer la interdependencia entre estas entidades y, sobre todo, generar nuevas formas de vida y de organización social.

De este modo, podremos concebir que los cuerpos, objetos y organismos se configuran a partir de ensamblajes entre  diversos actores/as. El aparato de producción corporal genera diferencias que emergen de la articulación de múltiples campos como la biología, la antropología y la tecnología. Se trata de actores semióticos que expresan y dotan de sentido al mundo. De acuerdo con Haraway, esto resulta fundamental, pues los cuerpos dejan de ser producidos únicamente por la “mano del hombre” y pasan a configurarse a partir de procesos de co-constitución entre máquinas, organismos y tecnologías.

Bajo este marco, el sujeto ciborg surge y se manifiesta como si encarnara el artefactualismo diferencial. Para Haraway, los ciborgs son “los hijos ilegítimos del militarismo y del capitalismo patriarcal, por no mencionar el socialismo de Estado. Pero los bastardos son a menudo infieles a sus orígenes. Sus padres, después de todo, no son esenciales” (D. Haraway, Manifiesto ciborg, 1984, p. 4). El ciborg no es una cosa o un híbrido producto de la invención tecnológica; al contrario, es un sujeto político negado, social y pensante, que cuestiona las relaciones binarias: lo humano y lo no humano, lo material y lo inmaterial, lo orgánico y lo inorgánico.

Este aspecto es importante de resaltar, porque nos obliga imaginar un espacio híbrido, heterogéneo y conectivo y, sobre todo, un lugar donde sean posibles nuevas interacciones, formas de organización y parentesco. Se alude así a una política regeneradora del mundo, en la que los ciborgs son el reflejo de una “lucha por el lenguaje y contra la comunicación perfecta, contra el código que traduce a la perfección todos los significados, el dogma central del falogocentrismo” (D. Haraway, Manifiesto ciborg, 1984, p. 32). En suma, el aparato crítico de Haraway combina ciencia, cultura, tecnología y política con la finalidad de construir un “irónico mito político fiel al feminismo, al socialismo y al materialismo” (D. Haraway, Manifiesto ciborg, 1984, p. 32).

 

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