La noticia de su muerte llegó hace unos días y, desde entonces, no he dejado de pensar en la dimensión de la pérdida. Con su partida desaparece uno de los autores más paradigmáticos, canónicos y comprometidos de la literatura peruana de la segunda mitad del siglo XX y de lo que llevamos del XXI. Para muchos lectores, escritores y críticos literarios del Perú y del mundo, fue un autor del que se aprendía a amar la literatura, a comprender que la escritura no era únicamente un arte distante o solemne, sino también un acto vital, cercano, casi cotidiano. Su obra, atravesada por una singular mezcla de ironía, memoria, humor y desencanto, enseñaba que escribir podía ser una forma de hablarle al mundo con naturalidad, con la respiración misma de la vida.

Quienes lo leímos desde jóvenes advertimos muy pronto esa característica tan particular de su estilo: una escritura que parecía brotar de la oralidad, como si las frases hubieran sido dichas antes de ser escritas. Era, de algún modo, una especie de escritura estenográfica, una manera de escribir como se habla, de dejar que el lenguaje cotidiano, con sus giros, vacilaciones y coloquialismos, ingresara sin pudor en la literatura. Esa libertad expresiva marcó profundamente a generaciones de lectores, que descubrieron en sus páginas un modo distinto de narrar, más flexible, más humano, más cercano a la experiencia real.

Yo mismo lo comprendí de manera todavía parcial —aunque ya intensa— cuando tenía alrededor de quince años. Fue entonces cuando leí Un mundo para Julius (1970), novela que para muchos constituye una de las obras fundamentales de la narrativa peruana contemporánea. Recuerdo haberla leído con una mezcla de fascinación y sorpresa. Aquella historia, centrada en la infancia de un niño perteneciente a la aristocracia limeña, era al mismo tiempo una radiografía social del Perú y una exploración profundamente sensible de la inocencia, la desigualdad y la soledad.

La novela me impactó tanto que, animado por su ejemplo, escribí uno de mis primeros relatos. Lo titulé “El tío Larry”. No era, por supuesto, una obra comparable, pero sí un intento honesto de acercarme a ese tipo de narración que parecía fluir con naturalidad, con una voz casi conversacional. Para mi sorpresa, ese pequeño cuento tuvo algunos lectores agradecidos. Con el tiempo comprendí que aquel impulso creativo no había surgido solo de la adolescencia o de la curiosidad literaria, sino de la influencia directa de una obra que enseñaba a narrar con libertad.

De Un mundo para Julius recuerdo sobre todo su oralidad vibrante, su tono rimbombante en ciertos momentos, sus constantes digresiones, ese estilo sinuoso y zigzagueante que avanzaba y se detenía, que parecía desviarse para luego regresar al hilo principal. Era una narrativa que no temía interrumpirse, comentar, reflexionar o incluso burlarse de sí misma. Esa estructura tan particular contribuía a crear una voz narrativa única, inconfundible.

Aquella impronta estética lo acompañó desde ese primer gran libro. Él mismo afirmaba que con Un mundo para Julius había terminado simbólicamente la oligarquía peruana, en el sentido de que la novela narraba su decadencia y su desencanto. A través de la mirada de un niño, se revelaban las fracturas sociales de una sociedad que comenzaba a transformarse. La novela, en ese sentido, no solo era una novela literaria, sino también un documento cultural y moral sobre el país.

Su formación intelectual había comenzado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la histórica Decana de América, donde estudió Letras y también Derecho. En aquellas aulas tuvo como catedrático a un joven Mario Vargas Llosa, a quien siempre recordaría con aprecio. Ese encuentro temprano entre dos figuras que más tarde serían fundamentales en la literatura peruana forma parte de las curiosas coincidencias de nuestra historia cultural.

Antes de publicar Un mundo para Julius, sin embargo, ya había dado señales claras de su talento narrativo. En 1968 apareció su primer libro de cuentos, Huerto cerrado, obra que obtuvo una mención en el prestigioso Premio Casa de las Américas. Se trataba de un conjunto de relatos donde ya se percibía su aguda mirada sobre la sociedad y su habilidad para capturar escenas de la vida cotidiana con un tono irónico y profundamente humano.

De ese libro recuerdo con especial gratitud el cuento titulado “Yo soy el rey”. En él se describe una escena aparentemente trivial, pero cargada de humor y observación social. Dos jóvenes parroquianos se encuentran en un burdel y presencian una situación grotesca y divertida: un cliente, de aspecto ridículo, completamente ebrio y furioso, reclama con vehemencia los cariños exclusivos de una de las trabajadoras del lugar, a quien considera su pareja sentimental. El episodio, contado con una mezcla de sarcasmo y ternura, revela la capacidad del autor para encontrar literatura incluso en las escenas más marginales de la vida urbana.

Otro libro suyo que recuerdo con particular entusiasmo es La esposa del rey de las curvas (2009). Lo adquirí durante mis años universitarios, en el marco de un curso de Crítica Literaria en San Marcos, que lo conseguí original ni bien publicado. Nuestros catedráticos nos recomendaron darle no solo una lectura superficial, sino nos aconsejaron abordarlo al menos dos veces y hacerlo con lápiz y papel en la mano, subrayando, anotando, reflexionando.

Tomé aquel desafío con un compromiso casi disciplinado. Y la experiencia valió la pena. En ese libro encontré relatos memorables, historias que combinaban humor, ironía y una profunda reflexión sobre el mundo intelectual y cultural. Entre todos ellos recuerdo especialmente uno que retrata a una catedrática de humanidades muy bien posicionada en su universidad, pero que, paradójicamente, no lee. La historia es una sátira brillante sobre las contradicciones del mundo académico, sobre las apariencias y los simulacros del prestigio intelectual.

Durante mis años en San Marcos también nos pidieron leer sus memorias, Permiso para vivir (Antimemorias I, 1993). Ese libro abría una puerta distinta hacia el autor: la del testimonio personal, la del escritor que reflexiona sobre su propia vida, sus viajes, sus amistades, sus entusiasmos y desencantos. Más adelante, ya por iniciativa propia, cuando había terminado la universidad y trabajaba como redactor en un diario, busqué la continuación de esas memorias: Permiso para sentir (Antimemorias II, 2005). Y años después, cuando ya me desempeñaba como corrector de estilo y columnista, apareció Permiso para retirarme (Antimemorias III, 2021). Estos tres libros conforman un conjunto autobiográfico fundamental para comprender no solo su trayectoria literaria, sino también su dimensión humana. En ellos aparecen recuerdos íntimos, reflexiones sobre la escritura, episodios personales y comentarios sobre la cultura contemporánea. A través de esas páginas uno descubre a un escritor profundamente consciente de su oficio, pero también a un hombre capaz de mirarse con humor y con cierta ironía. Sus memorias muestran el lado más humano de la figura pública: sus dudas, sus entusiasmos, sus contradicciones.

Paralelamente, su producción novelística continuó desarrollándose con notable consistencia. Desde Tantas veces Pedro (1977) hasta La vida exagerada de Martín Romaña (1981), pasando por El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985) y Las obras infames de Pancho Marambio (2007), su narrativa fue ampliando un universo literario propio, donde la autobiografía, la ficción y la reflexión cultural se entrelazaban de manera singular.

En ese recorrido también destacan novelas muy recordadas por los lectores, como No me esperen en abril (1995), Reo de nocturnidad (1997), La amigdalitis de Tarzán (1999) y El huerto de mi amada (2002). Cada una de ellas confirma la versatilidad de un autor que supo explorar distintos registros narrativos sin perder su voz característica. Hoy, al recordar su obra y su influencia, queda claro que estamos ante un escritor que tomó muy en serio el oficio de la escritura. No como un gesto solemne o distante, sino como una práctica constante, disciplinada y profundamente apasionada. Su literatura nos enseñó que narrar es también observar el mundo con atención, escuchar las voces de la calle, comprender las ironías de la vida cotidiana. Por todo ello, su legado permanece vivo en sus libros y en la memoria de quienes lo leímos. Su obra continúa invitándonos a descubrir la literatura como una conversación abierta con la vida. In memoriam.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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