Conocí personalmente al escritor y docente Álex Julián Suárez Velásquez durante las celebraciones por el Día del Idioma de este año, realizadas en la Institución Educativa Progreso, ubicada en el centro poblado del mismo nombre. Aquel encuentro no fue, sin embargo, un primer acercamiento absoluto. Ya tenía noticias de él desde algunos años atrás, cuando me escribió para adquirir mis libros Cuentos del Vraem y Los bajos mundos. Según me confesó después, ambas obras le habían causado grata impresión, motivo por el cual, cuando por fin coincidimos en persona, no escatimó palabras generosas ni comentarios entusiastas mientras compartíamos una mesa adornada con nuestras publicaciones.
La conversación fluyó con naturalidad entre recuerdos, proyectos y preocupaciones comunes. Como suele ocurrir cuando dos autores se encuentran lejos de los grandes circuitos editoriales, hablamos menos de vanidades literarias y más de la necesidad de escribir desde la provincia, desde los márgenes, desde esos espacios donde la cultura muchas veces sobrevive gracias al esfuerzo individual. También intercambiamos libros. Él me entregó un ejemplar de Voces del Vraem (Edición de Autor, 2025), volumen que había publicado el año pasado y que reúne veinte relatos ambientados en la vasta y compleja geografía del Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM).
Desde el título mismo, Voces del Vraem anuncia su propósito: ofrecer una polifonía de testimonios, personajes y experiencias nacidas en una de las zonas más intensas y contradictorias del país. Los cuentos se sitúan en escenarios de La Convención, La Mar y Huanta, territorios donde convergen selva, sierra, migración, comercio y memoria histórica. A primera vista, lo que más llama la atención es la brevedad de los textos y su marcada tonalidad oral. Muchos relatos están narrados en primera persona y conservan el ritmo espontáneo de la conversación cotidiana: alguien se presenta, se reconoce como miembro de una comunidad específica y luego comparte una anécdota, una advertencia o un recuerdo.
Ese rasgo oral no debe interpretarse como simpleza, sino como una elección estética coherente. En regiones donde la tradición verbal sigue teniendo enorme fuerza, contar historias continúa siendo una forma de preservar la memoria colectiva. Suárez Velásquez comprende este fenómeno y lo traslada al papel con fidelidad. Sus narradores hablan como viven, y viven como hablan: con franqueza, humor, sobresaltos y un vínculo estrecho con la naturaleza y el entorno social.
Las temáticas que atraviesan el libro son múltiples. Una de las más visibles es la presencia del narcotráfico, fenómeno que durante décadas ha marcado la vida económica y moral del Vraem. En varios cuentos aparecen alusiones a los “nachos”, a las pozas de maceración y al dinero duro que seduce a muchos jóvenes. No se trata de una mirada sensacionalista, sino del registro de una realidad cotidiana que condiciona decisiones familiares, desplazamientos y silencios.
Junto a ello emerge con fuerza el universo mítico popular. Sirenas fluviales, el ukumari, apariciones nocturnas y criaturas del monte forman parte de un imaginario que aún palpita en la conciencia de los pobladores. Estos elementos no son decorativos: revelan la manera en que muchas comunidades interpretan el misterio, el peligro y lo desconocido. Allí donde la ciudad moderna suele imponer escepticismo, la selva conserva todavía una conversación viva con lo sobrenatural.
Otro eje importante del libro es la memoria de la violencia política de las décadas de 1980 y 1990. Aunque los relatos no siempre se detienen en largos desarrollos históricos, las referencias a aquellos años dejan entrever heridas persistentes. El miedo, la sospecha, las desapariciones y la fractura social aparecen como ecos que aún no se extinguen. Esa presencia soterrada demuestra que la literatura breve también puede cargar una gran densidad histórica.
Asimismo, algunos cuentos se internan en la sensualidad prohibida, en los conflictos sentimentales y en los desbordes provocados por la pasión o la delincuencia. En ese mosaico humano hay espacio también para la tragedia. El autor parece decirnos que el Vraem no puede reducirse a una sola etiqueta: ni violencia, ni narcotráfico, ni exotismo. Es, ante todo, un territorio humano lleno de contradicciones.
Resulta significativo que el autor sea originario de Huanta. Su inserción en la selva del Vraem confirma una verdad frecuentemente olvidada: esa zona está compuesta por migrantes provenientes de distintos rincones del Perú. Allí conviven huancaínos, apurimeños, puneños, cusqueños, norteños y ayacuchanos, entre muchos otros. El Vraem es, en buena medida, un laboratorio social del mestizaje contemporáneo. Por ello, un libro como este también testimonia el encuentro entre culturas regionales diversas.
En términos formales, algunos relatos podrían beneficiarse de una mayor revisión estilística y corrección gramatical. Hay textos desiguales y ciertos pasajes apresurados. Sin embargo, sería injusto juzgar la obra únicamente desde parámetros académicos o capitalinos. La mayoría de cuentos poseen estructura clara, intención narrativa definida y una prosa directa que facilita la lectura. Esa sencillez, lejos de ser defecto, permite que el lector avance sin tropiezos y se concentre en lo esencial: la experiencia narrada.
Además, Voces del Vraem posee un valor documental nada desdeñable. Registra hablas, costumbres, temores y esperanzas de una región pocas veces representada desde adentro. Y cuando un libro logra conservar la respiración de un pueblo, su importancia excede lo meramente literario para ingresar en el terreno de la memoria cultural.
La selva de Kimbiri, San Francisco y Pichari alberga también una comunidad creciente de lectores y escritores. Entre ellos destaca el grupo Bajalki, integrado por autores como Ernesto Oré Valenzuela, Fernando Espinoza Galindo, Augusto Huayta Medina, Luis Eduardo Ayala Pérez y Ronald Pérez Rondinel, entre otros. A esta corriente se suma ahora Álex Julián Suárez Velásquez, decidido no solo a escribir, sino también a fomentar la lectura y la creación literaria en una zona donde cada libro conquistado representa una pequeña victoria cultural.
En ese sentido, Voces del Vraem demuestra que incluso en los lugares aparentemente más alejados del país florecen proyectos intelectuales valiosos. Allí donde algunos solo ven distancia o abandono, otros construyen bibliotecas, talleres, recitales y narraciones. La literatura peruana no vive únicamente en Lima ni en los grandes sellos editoriales; también respira en aulas rurales, plazas pequeñas y caminos selváticos.
Lo que realiza Álex Julián Suárez Velásquez merece reconocimiento. Su trabajo revela perseverancia, amor por su tierra y confianza en la palabra escrita como instrumento de transformación. Desde esta tribuna celebramos su esfuerzo y saludamos la aparición de un libro que, con modestia y honestidad, aporta nuevas miradas sobre el Vraem. Que continúe escribiendo y sembrando lectores: pocas tareas resultan hoy tan necesarias.
Finalmente, desde esta tribuna lamentamos el fallecimiento de Harol Gastelú, a quien conocí en las aulas sanmarquinas a partir de su libro Cadena perpetua (2010), que nos recomendó el catedrático Dorian Espezúa. Ya en persona coincidimos el 2015, cuando el editor y escritor Roy Dávatoc me lo presentó junto a otros escritores de La Cantuta. Entonces leí La rosa negra (2015), un libro de relatos que me gustó mucho más que sus otras entregas independientes. Por ello, expresamos nuestras más sentidas condolencias.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.


