Leí por cuenta propia y de manera autodidacta Ana Karenina (1878) durante mis años universitarios, en los dos tomos que publicó Literatura para todos, aquella entrañable colección de clásicos que fue decisiva en mi formación como lector. Gracias a ella pude acercarme también a El Quijote, El príncipe, El cantar de mío Cid, La Celestina, entre otros títulos fundamentales que, en algunos casos, sí formaban parte de las lecturas obligatorias del pregrado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Decana de América.

En lo que respecta a León Tolstói —pilar indiscutible del canon de la literatura rusa junto con Fiódor Dostoievski, Nikolái Gógol, Antón Chéjov y Aleksandr Pushkin—, su presencia en las aulas sanmarquinas era más bien escasa. Algo similar ocurría con la literatura alemana, donde brillaban por su ausencia cursos dedicados a autores como Thomas Mann, Hermann Hesse, Goethe o Novalis. A todos ellos los leí por iniciativa propia, impulsado por una convicción que con los años se fue afirmando: quien aspira a formarse como escritor debe leer de manera rigurosa, con lápiz en mano, tomando apuntes, subrayando, consultando el diccionario, como bien aconsejaba Mario Vargas Llosa cuando hablaba del oficio y la disciplina de la lectura.

Ana Karenina fue, sin duda, una experiencia literaria intensa. Novela realista y trágica, sensual y veleidosa, se despliega de forma magistral pero lenta, sofisticada y pausada. Hoy comprendo que esa cadencia deliberada, casi ceremonial, explica por qué, para muchos lectores, no logra superar a La guerra y la paz (1867), considerada la obra maestra de Tolstói y una de las cumbres indiscutibles de la literatura universal.

En La guerra y la paz, el ritmo narrativo inicia con una aparente lentitud, casi contemplativa, pero poco a poco se acelera hasta convertirse en un río embravecido, poderoso y caudaloso, para desembocar finalmente en una erupción volcánica de intensidad desbordante. Las invasiones napoleónicas a Rusia son narradas con una precisión histórica y una profundidad humana admirables, integradas a un tejido novelesco donde conviven destinos individuales y colectivos, pasiones íntimas y grandes acontecimientos políticos.

En esta composición monumental aparecen personajes destinados a ser amados por el lector como héroes nacionales, bendecidos por la fortuna en el amor y en la vida; pero también otros cuya suerte nos estremece, pues encarnan finales trágicos y existencias que nadie querría vivir. Es, sin duda, una novela total, una obra que abarca la complejidad de la experiencia humana. Estoy convencido de que esta estructura ambiciosa y coral influyó decisivamente en Mario Vargas Llosa al momento de concebir La guerra del fin del mundo (1981), acaso la mejor novela del Nobel peruano.

Otra de las novelas de gran aliento de Tolstói es Resurrección (1899), la última que publicó en vida. Se trata de una obra igualmente poderosa, que denuncia con crudeza las fallas del sistema judicial ruso de fines del siglo XIX. En ella se narra la historia de una mujer injustamente condenada por un crimen que no cometió, víctima de una “tonta” cadena de errores legales y prejuicios morales. Deshonrada en su juventud por un hombre frívolo —quien años después intentará expiar su culpa, pues buscará rescatarla de su injusta condena—, huérfana y sin recursos, la protagonista termina trabajando en los bajos fondos, donde se ve envuelta en una tragedia ajena. Tolstói construye aquí un alegato moral y social que evidencia su profunda preocupación ética.

Pero Tolstói no solo brilla en las largas distancias narrativas. En el formato breve también se revela como un prosista excepcional. Basta leer La sonata a Kreutzer (1889), esa perturbadora obra maestra donde un hombre ya mayor confiesa el feminicidio de su esposa, motivado por los celos al descubrirla infiel, encontrándola en su lecho de esposos con su amante. El relato se enriquece con la reconstrucción de su pasado como seductor, su matrimonio, la rutina laboral y el progresivo distanciamiento conyugal, hasta desembocar en una reflexión feroz sobre el amor, el deseo y la institución matrimonial.

Algo similar ocurre con La muerte de Iván Ilich (1886), texto que muchos críticos asocian con la crisis existencial y espiritual que atravesó Tolstói en su madurez. En esta novela corta se perciben las dudas metafísicas del autor, su cuestionamiento al sentido de la vida burguesa y su tránsito hacia un ascetismo moral del que tanto se habla hoy, sobre todo en ciertos círculos culturales que exaltan esa conversión como un modelo de vida ejemplar.

En ese contexto de lecturas llegué a Felicidad conyugal (1859), novela breve que la colección Pequeños Tesoros de la Literatura reeditó en 2023. Gracias a este y otros rescates editoriales me he convertido en un entusiasta coleccionista de la serie, pues reúne títulos esenciales de autores mayores que todo lector —y especialmente todo escritor en formación— debería leer y estudiar casi como un imperativo categórico.

Felicidad conyugal narra el proceso de enamoramiento de Mashenka, una bella adolescente que vive con su institutriz Katia y su hermana Sonia, y Serguéi, un hombre de 36 años, amigo cercano de la familia, que las visita con frecuencia, siempre con una cortesía impecable. Desde una mirada contemporánea, esa relación puede resultar problemática o moralmente cuestionable, pero en el siglo XIX era relativamente común y socialmente aceptada.

La primera parte de la novela, que culmina con el matrimonio, destaca por la candidez y la ilusión de los amantes. Tolstói describe con delicadeza la esperanza compartida, los sueños de futuro y la emoción del amor naciente. La segunda parte, ya con un hijo y el traslado a la capital rusa, introduce el conflicto: las exigencias de la vida social y las fiestas de la alta sociedad que provocan los celos y las discusiones que erosionan la armonía inicial. Sin embargo, como en un cuento de hadas, el amor logra imponerse al final, acaso porque se trata de una obra temprana del genio ruso, todavía impregnada de cierta fe en la reconciliación sentimental.

Como todas las novelas de Tolstói, Felicidad conyugal resulta altamente recomendable: una pieza breve pero reveladora, donde ya se advierte la mirada penetrante y la sensibilidad moral de uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. Por ello, si encuentra algún libro de Tolstói o sobre Tolstói, no dude en comprarlo. Es un genio.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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