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“¿POR QUÉ LOS POBRES VOTAN POR LA DERECHA?”

Columna: La Crónica del Espejo

Por: John Kenny Acuña Villavicencio (Profesor-investigador Universidad Autónoma de Guerrero)

 

Pongo a consideración de ustedes, un libro muy importante que está siendo discutido por profesores y estudiantes universitarios. Se trata de la última obra del sociólogo brasileño Jessé Souza, O Pobre de Direita. A Vinganza dos Bastardos (2024), publicado por Civilização Brasileira. El autor no pierde el tiempo y abre la discusión con estas preguntas: ¿Por qué los pobres siguen votando por la derecha a pesar de que son dañados sistemáticamente? ¿Qué hace que voten dos veces masivamente por personajes como Bolsonaro o Trump? La lista podría extenderse si consideramos lo que ha ido sucediendo en los últimos años en nuestra región: Bukele, Milei y Noboa son sólo algunos nombres. La preocupación de Souza no consiste en desmontar el último ascenso de la izquierda brasileña como el PT, sino descifrar el comportamiento de la extrema derecha, el PL y el PSDB, que ha encontrado en los pobres un terreno fértil para legitimarse.

El autor señala que el capitalismo financiero tiene una gran influencia en el comportamiento de las élites como ocurre en el caso brasileño. La élite y la clase media que tan sólo representan el 20% de la población han sido receptivas con esta doctrina a tal grado de reproducir e inventar una guerra entre los pobres. El odio y el racismo explícito estadounidense dirigido hacia mexicanos, migrantes y musulmanes es considerado como la desgracia del trabajador blanco empobrecido y desempleado, pero es también el medio para imponer políticas de limpieza social y cultural. Para la elite brasileña, este mensaje intolerante se ha convertido en una alternativa: por un lado, culpa al pobre de las desgracias materiales; y, por el otro, le recalca que “no es la basura del mundo”, al contrario, “tienes virtudes y puedes desarrollar tu potencial” (p. 49). Para la derecha existe un mundo virtuoso y meritocrático, sólo con el esfuerzo se puede llegar hasta la cima. ¡No hay mentira más grande! El pobre siempre se sacrifica, se humilla y es humillado por quienes pretenden mantener el orden.

El pobre es como el Joker (2019) de la película de Todd Phillips, debe “cuidar a su madre enferma y es humillado constantemente en el trabajo, en casa, por el gobierno y las instituciones” (p.13). Si no eres reconocido no eres nadie en esta sociedad neoliberal. “Uno de los principales signos del desolador panorama de ser humillado todo el tiempo es, precisamente, la huida hacia la fantasía la imaginación que es el destino de quien se siente abandonado” (p. 14). El Joker es un antihéroe desgarrado, consciente de su condición y busca justicia donde no lo hay. Odia a sus semejantes, realiza culto a los ricos, está desolado y vive una realidad que no soporta. Por este motivo, busca fantasías inevitables como estar del otro lado o perseguir el sueño del Señor. La dominación cobra sentido de esta manera, pues ésta ya no reside en la fuerza, las instituciones o el control personal, sino en hacerle creer al oprimido que es inferior. Para ello, el consenso al igual que la feudalización de los medios de comunicación son necesarios, porque garantizar la existencia de los grupos de poder. Pero, ¿por qué la derecha necesita del Joker? Para mantenerse en el poder y sepultar los verdaderos intereses de los pobres. La élite supone que el problema de la desigualdad y las diferencias sociales son consecuencia de la corrupción y de la toma de decisiones de los pobres, quienes votan por partidos progresistas.

En ese sentido, la victoria electoral de Bolsonaro en el 2018 no es una casualidad, es resultado de un arduo trabajo de manipulación y canalización de la ansiedad de los pobres en contra de sí mismos. Llama poderosamente la atención el hecho de que, durante este gobierno, el desempleo y la pobreza hayan crecido. Es más, la lucha contra la corrupción y la austeridad en lugar de beneficiar habría polarizado a la sociedad brasileña. Pese a esta experiencia, reitera Souza, entonces, ¿por qué los pobres votan por la derecha? Una de las explicaciones parte del argumento de que los pobres actúan de manera irracional, es decir, sus condiciones materiales los obliga a tomar una decisión tan importante como garantizar la existencia de la democracia. Esta apreciación que, en el fondo, es racionalista, procura reafirmar la idea de que el pobre elige a alguien con la intención de satisfacer sus necesidades. Sin embargo, advierte el autor, la cuestión económica debe considerar los actos y comportamientos morales, puesto que a partir de éstos es donde se decide quién será privilegiado y quién humillado.

A decir de Souza, siguiendo la enseñanza weberiana, el pobre busca un sentido de vida al interior de una forma política que le permita encontrar certezas. Pero, lo que realmente anhela es ser reconocido en este mundo desencantado y punitivo. Esta autoconciencia en la jerga hegeliana, tiene importancia en el entendido de que el humillado se esfuerza para ser aceptado por la élite. Esta necesidad, le obliga a aceptar falsos moralismos y creer que las demandas minoritarias o multiculturales son resultado de la decadencia de la sociedad. En este tenor, incluso la Iglesia reclama y exige la protección de la familia, porque los “niños admiran a sus padres” y no a programas políticos o amenazas morales como el LGBT+. En consecuencia, el tirano ya no es el señor o el de arriba, sino el otro yo, vale decir, el otro humillado. El pobre adopta una posición conservadora y tiene fe de que las cosas cambiarán siempre y cuando la élite esté al mando, puesto que sus actos son morales, racionales y meritocráticos.

Para Souza, estas motivaciones morales han sido potencializadas por la derecha, a tal extremo de ratificar que la humillación es algo irracional y personal. Con esto, lo público ha sido remplazado por la agresión y despojado por la derecha. En este escenario, el pobre delira, no logra interpretar cómo funciona la sociedad y persigue falsos moralismos. Lo peor de todo, es que la moral en manos de la derecha se convierte en un dispositivo de control y sujeción. Cabe recordar que, en la experiencia brasileña, el odio entre los pobres tiene una connotación racial que debe ser tomando en cuenta seriamente. La moral controlada hizo que el “racismo racial” se convierta en “racismo cultural” y geográfico. De allí, se entiende que la lucha contra la corrupción sea concebida como un problema endémico, exótico y propio de los países pobres del Sur Global y no tanto así, como un problema histórico-sistémico.

Por este motivo, los saqueos y golpes de Estado de derecha han sido justificados (en América Latina) y más cuando Vargas, Jango, Lula y Dilma hicieron alusión a la inclusión y la participación popular de negros y blancos. Para que la dominación funcione, la élite y la clase media debe hacer de la inferioridad la única posibilidad del oprimido, sólo así se institucionalizará la humillación y se legitimará el poder. Esta actitud es caldo de cultivo para los sedientos de autoestima. No en balde, el negro pobre se comporta como blanco y defiende sin importar nada los intereses de los de arriba. De este modo, el sujeto pobre y humillado edifica su moral y exige ascender en la escala social. Su odio no está dirigido al dominador, sino al desempleado, al pandillero, al migrante, al extranjero y al niño de la calle.

Estas “nuevas máscaras” han servido para que la élite se legitime, finja su cercanía con los “pobres blancos”, los oponga y active prejuicios regionales y raciales. Por ejemplo, el resentimiento del Sur y Sao Paolo blanco contra los negros y mestizos del Norte es respaldado por una élite que se ha encargado de profundizar el odio entre los bastardos. En este hecho, se encuentra la clase media (blanca): cree ser la élite y cuida su capital cultural frente a los de abajo. Este bloque antipopular es minoritario en comparación al 80% de brasileños que carecen de servicios y beneficios sociales. De éstos, la mitad son medianamente pobres y, en su mayoría, son blancos sureños. Por otra parte, a pesar de haber votado por Bolsonaro y vivir por debajo del salario mínimo, siguen pensando que el otro es culpable de la desesperanza y la infelicidad mundanas. Frente a estos ataques, a los humillados no les queda de otra que seguir apoyando a la derecha que los somete. Finalmente, Souza reabre este debate de una manera novedosa y lo hace considerando que la victoria de la derecha se nutre del bajo autoestima y la potencia del trabajo escindido-y-racializado de blancos y negros pobres en el capitalismo contemporáneo.

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