Por Francois Villanueva Paravicino
Hay libros de poesía que buscan la belleza; otros, en cambio, parecen escritos para enfrentarse con ella. Piedades infernales (Atenhea Editorial, 2026), de Juan Zavala Ojeda, pertenece a esta segunda categoría. Es un poemario incómodo, excesivo, desgarrado y, por momentos, deliberadamente provocador. Su materia prima no es la contemplación serena, sino el conflicto: Dios y Satanás, vida y muerte, culpa y redención, soledad y compañía, violencia y ternura, religión y descreimiento, amor y odio. El poeta parece escribir desde un territorio interior donde todas esas fuerzas chocan sin llegar nunca a reconciliarse.
Desde el primer poema, “Dime, Dios”, queda establecido el tono general del libro. El mar aparece como espacio de memoria y purificación: “Me gustaría eliminar de sus aguas los actos que cometí a los doce / y continúo haciéndolo en espera hasta los cuarenta”. La imagen posee una fuerza confesional evidente. El agua, tradicional símbolo de renovación, se convierte aquí en un imposible mecanismo de limpieza moral. El hablante quiere borrar sus culpas, pero sabe que estas forman parte de su identidad. Por eso aparecen personajes bíblicos sacrílegos: “La sangre de Caín circula por mis venas”. La referencia bíblica no funciona solo como alusión religiosa; es también una metáfora de la condición humana condenada a cargar con una herencia de violencia.
Esa tensión entre pecado y deseo de purificación atraviesa buena parte del volumen. En uno de los poemas, el rosario, la iglesia, la sangre y el cuerpo forman una imaginería religiosa que pronto se transforma en violencia física. El poeta escribe: “Que mi sonrisa, no se apague. Cura mi corazón palpitante / que sufre los terribles episodios de mi trágica vida”. Hay aquí una de las claves del libro: detrás de la blasfemia permanece, de forma paradójica, una necesidad de fe. El yo poético reniega de Dios, lo increpa y lo desafía, pero continúa hablándole. Esa contradicción constituye uno de los aspectos más interesantes de Piedades infernales.
El título resulta, por ello, significativo. Las «piedades» del libro no son necesariamente religiosas en el sentido tradicional. Son más bien gestos de compasión que nacen desde el infierno cotidiano. El infierno de Zavala Ojeda no se encuentra solo después de la muerte: está en las calles, en la pobreza, en la guerra, en la indiferencia, en la soledad, en la enfermedad, en la pérdida de los seres queridos y también dentro de la conciencia individual.
En “Gritos sin rostro”, por ejemplo, el poeta construye una atmósfera de abandono mediante imágenes ásperas: “Busco un capote llamado: ‘soledad’ / que me abrigue de vivir escuchando alaridos retorcidos / en el fango en las alcantarillas cubiertas de brea”. El recurso resulta eficaz porque convierte la soledad en una prenda que podría proteger al sujeto de la intemperie humana. Sin embargo, también revela uno de los problemas recurrentes del libro: la acumulación de imágenes. Zavala Ojeda posee imaginación verbal, pero no siempre la administra. En ocasiones una imagen potente queda sepultada bajo otras muchas.
Algo semejante sucede con “Alma negra”, donde el yo se desdobla y conversa con su propia oscuridad. “Vaga alma negra por las sombras en busca de otro / y suplícame para que vuelvas a ser parte de mi genética: / sigo llevándote en el alma, ¡maldición!”. El poema funciona como una suerte de monólogo dramático en el que el hablante intenta expulsar aquello que sabe que le pertenece. La “alma negra” es culpa, locura, resentimiento, memoria y también una parte inseparable del sujeto.
Uno de los rasgos más visibles del poemario es su vocación de denuncia. En “Bautismo de fuego”, la mirada abandona la esfera individual y se dirige hacia las guerras contemporáneas. Siria, Palestina, Irán, Irak, Vietnam y otros escenarios de violencia aparecen como símbolos de un mundo incapaz de aprender de su propia historia. El poeta contrapone las armas a la cultura: “Basta de disparar, hay muchísimos misiles que libros/ que besos/ que caricias / que guitarras /que violines y pianos”. Aquí la enumeración, aunque sencilla, consigue una oposición de gran claridad: frente a la tecnología de la muerte, el arte y el afecto como posibilidades de humanidad.
Esta dimensión social es una de las virtudes del libro. Zavala Ojeda no quiere permanecer encerrado en su intimidad. Su dolor individual se proyecta hacia los niños víctimas de la guerra, los pobres, los ancianos abandonados, los animales callejeros y todos aquellos que viven en los márgenes. En “Paz eterna”, por ejemplo, la preocupación por los niños que sufren en diferentes conflictos se mezcla con imágenes cotidianas del Perú: niñas que piden limosna en los puentes, vendedores ambulantes en los buses de Lima y personas que sobreviven en medio de la indiferencia. La poesía intenta así convertir la experiencia individual en conciencia colectiva.
Pero esta voluntad de abarcarlo todo constituye también una debilidad. El libro necesita, en varios momentos, mayor contención. Hay poemas en los que la reiteración, las exclamaciones, las mayúsculas, las enumeraciones y las palabras de fuerte carga coloquial terminan debilitando el efecto poético. El lector encuentra una voz auténtica, pero no siempre una voz suficientemente depurada. En lugar de sugerir, el poema a veces explica; en lugar de dejar resonar una imagen, la multiplica hasta agotarla.
El problema se hace más evidente en “Plegaria a mi destino”, uno de los textos más violentos del volumen. Allí el poeta construye una larga cadena de insultos y descalificaciones contra individuos y grupos sociales. El efecto buscado parece ser el de una conciencia enfurecida contra el mundo, pero algunas generalizaciones resultan problemáticas y reducen la complejidad del discurso. La furia puede ser un recurso estético poderoso; cuando no encuentra una elaboración suficiente, corre el riesgo de convertirse simplemente en desahogo.
La relación con la tradición literaria es otro elemento importante. Rimbaud aparece como figura tutelar en “Homenaje al inmortal Rimbaud”, mientras Baudelaire preside “Botella profunda”. No se trata de referencias decorativas: el autor intenta situarse dentro de una genealogía de poetas rebeldes, malditos, inconformes. Rimbaud representa la ruptura y la libertad; Baudelaire, la exploración de los territorios oscuros de la existencia. El propio Zavala Ojeda escribe sobre el primero: “¿Cuándo seremos libres para obtener la libertad, amigo Rimbaud?”.
Hay, además, una constante presencia del alcohol como símbolo. En “Botella profunda”, la botella deja de ser un objeto y adquiere una dimensión casi religiosa: es refugio, compañía, anestesia y condena. “¡Bendito brebaje que beben todos sin distinción de raza o credo”, escribe el poeta. El vino se transforma así en una especie de sacramento profano para una humanidad que busca escapar de sus heridas.
Sin embargo, el libro no termina en la desesperación. “I am resurrection”, el poema final, modifica parcialmente el horizonte. Después de cientos de páginas interiores de oscuridad, aparece la palabra “resurrección” como posibilidad de resistencia. “¡Yo soy la resurrección para todos aquellos que odien vivir al tocar mi mano y encontrar la paz!”, afirma el hablante. Y luego amplía esa declaración hacia los suicidas, los pobres, los enfermos terminales y los acosados. Es significativo que la salida no sea una reconciliación convencional con Dios. La salvación propuesta es terrenal: la rebeldía, la solidaridad, la música, la amistad, la memoria y la capacidad de seguir viviendo.
Por ello, Juan Zavala Ojeda ha construido un poemario de excesos: exceso de dolor, de rabia, de referencias, de imágenes, de preguntas, de Dios, de muerte y de vida. Pero debajo de ese exceso existe una preocupación genuina: ¿cómo seguir siendo humano cuando el mundo parece empeñado en deshumanizarnos? La respuesta no aparece de manera definitiva. Tal vez tampoco tenía que aparecer. Porque al final de Piedades infernales el infierno no es un lugar situado después de la muerte. Es el mundo que habitamos cuando perdemos la compasión. Y la poesía, con todas sus imperfecciones, intenta aquí abrir una pequeña grieta para escapar de él.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes concursos literarios, tanto nacionales como internacionales.

