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MEDIO SIGLO CON HANNAH ARENDT

COLUMNA: LA CRÓNICA DEL ESPEJO

Por: John Kenny Acuña Villavicencio

Profesor-investigador UAGro (johnkenny @uagro.mx)

 

Hace algunos días, en diversos espacios académicos, se conmemoró el quincuagésimo aniversario de la partida de una de las pensadoras más importantes del siglo XX. Me refiero a Hannah Arendt (1906–1975), quien, durante el ascenso del nazismo, huyó rumbo a Francia y posteriormente se trasladó a Estados Unidos, donde residió e impartió clases en universidades como Princeton y Berkeley. La recepción de esta intelectual en América Latina y, sobre todo, en México se remonta a finales de la década de los noventa, cuando su obra era traducida al español. Por entonces, universidades como la UNAM y la BUAP empezaron a desarrollar seminarios y debates para comprender su pensamiento.

 

Muchos han sido los interesados en estudiar la complejidad de su propuesta. Uno de los iniciadores y principales estudiosos de su obra fue Enrique Serrano, cuya obra, Consenso y conflicto. Schmitt, Arendt y la definición de lo político (1998), esboza de manera puntual las diferencias y los encuentros en torno a uno de los fenómenos políticos en ascenso, considerado por algunos como el más peligroso para la propia humanidad: el totalitarismo. Otra de las cualidades de este libro que uno puede apreciar es la importancia de examinar nuestra realidad en clave arendtiana; esto es, no perder de vista la noción de la violencia y la maldad, así como sus efectos en la vida cotidiana.

 

Desde luego, esto puede sonar a una exageración, pero lo cierto es que lo que viene ocurriendo en nuestra sociedad merece una reflexión. La guerra en Europa del Este, el genocidio contra los gazatíes, la represión de los gobiernos de izquierda y derecha frente a las protestas sociales, la migración de sur a norte, los asesinatos en serie, los secuestros y la desaparición forzada en muchos países latinoamericanos por actores “ilegales”, que se difunden y viralizan en las redes sociales como si fuesen hechos aislados de la realidad, son solo algunos de los horrores que no han cesado y que se han intensificado en estos últimos lustros. Cuando todo indicaba que la maldad era imposible en nuestro tiempo debido a la llamada promesa del progreso, Hannah Arendt cuestionaba desde hace mucho que esta actitud humana expresaba los sentimientos de una época y, como tal, merecía ser diagnosticada.

 

Bajo este tenor, es necesario revisar de nueva cuenta algunos trabajos de la filósofa de Hannover. Entre ellos destacan Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (2009[1958]) y Eichmann en Jerusalén (1963). Quizás en estos manuscritos podamos apreciar con mayor claridad qué es lo que realmente se esconde detrás de la idea de la maldad humana. En Eichmann, la filósofa señala que este fenómeno no se limita a los regímenes totalitarios, sino que se extiende más allá de la posguerra, adoptando nuevas particularidades y mecanismos de dominación.

 

En ese sentido, por mucho que intentemos denunciar que la banalidad del mal transgrede la ley y el orden social debido a innumerables casos de barbarie, Arendt reitera que no se trata necesariamente de una transgresión o aversión humana; sino todo lo contrario, habría que prestar atención a la obediencia asimilada por cualquier hombre normal, cuya capacidad de actuar dentro de una forma política podría convertirlo en un personaje peligroso, hasta el punto de llegar a ser un criminal.

 

Esta preocupación se discute, de algún modo, en Los orígenes del totalitarismo y La condición humana. Algunos investigadores mencionan que no existe una continuidad lineal de sus ideas como tal; más bien, lo que se observa es una serie de articulaciones que parecen comunicar una temporalidad distinta a la estudiada en la experiencia de los campos de concentración (A. Di Pego, El problema del mal contemporáneo y el papel de la obediencia. Reconsideraciones sobre la banalidad del mal. Revista de Filosofía, 2022, 48(1), 237-253. https://doi.org/10.5209/resf.83943). Más allá de este debate, Arendt aporta de manera sustancial a la comprensión del mal mediante categorías como la obediencia, puesto que estas son propias de la sociedad de masas y atraviesan nuestro presente.

 

La importancia de este balance radica en pensar el mal no como un continuum o un devenir, sino como la manifestación de una era que se da a conocer y se sedimenta bajo ciertos rasgos específicos y relaciones de poder. De este modo, la idea del totalitarismo no termina con la liquidación de la Segunda Guerra Europea; en cambio, se intensifica y se manifiesta mediante múltiples formas de control y sometimiento, que transforman al sujeto en un ser disciplinado y dócil. Esta afirmación cobra relevancia en el entendido de que este sujeto es la extensión del hombre normal y que deviene en “hombre-masa-solitario”. En consecuencia, la lectura de Arendt es de resaltar, ya que señala que el mal se ha normalizado a través de nuevos agentes sociales, como el paterfamilias o el “criminal del siglo” y el empleado.

 

Para explicar las particularidades de este hecho social y su relación con el mal, Arendt (La condición humana, Paidós, 2009) considera que se debe tomar en cuenta lo siguiente: a) el sujeto no dispone de motivos malignos para actuar y contradecir la ley. Esto quiere decir que las normas permiten la integración y la igualdad, o la “ficción comunista”, en el entendido de que la conducta es uniforme y contraria a la acción o la agencia social, así como a la producción de sujetos obedientes.

 

Arendt (2009, p. 58) advierte que aquellos que no toman en cuenta las normas son “considerados como asociales o anormales”; b) el paterfamilias y el empleado tienen normalizado su comportamiento. Responden a lo social y lo político; además, el trabajo se convierte en una necesidad y responsabilidad que se debe afrontar en la era de la sociedad productivista; c) el sujeto acepta la norma y actúa en relación con un ascenso de lo social que opera entre lo público y lo privado, diferencias diluidas por el tiempo del progreso.

 

Lo alarmante de este hecho es que la normalización transgrede la vida ordinaria y crea subjetividades dóciles en un mundo que “ha perdido su poder” para liberarlas; d) el sujeto es el soporte del funcionamiento de regímenes totalitarios, autoritarios e, incluso, democráticos. La obediencia se vuelve un elemento fundamental de toda esfera política de corte autoritario, puesto que esta genera un arsenal de dispositivos que son legitimados por el sujeto.

 

Dicho esto, la apreciación de Arendt respecto al mal es digna de resaltar, porque este ya no “transgrede” el orden social y político, sino que se inscribe en el sujeto y lo hace sumiso, dependiente del poder. Si en el contexto del totalitarismo nazi el mal era resultado de una acción normalizada que estaba revestida de obediencia y del razonamiento burocrático o racional de la vida, hoy el mal se manifiesta en toda subjetividad igualmente obediente e incondicional.

 

En cuanto al paterfamilias, es decir, aquel sujeto que asciende en la sociedad productivista, cumple un rol muy importante que tiene que ver con garantizar el pleno funcionamiento del Estado-nación. Si en antaño este sujeto sentía que sus obligaciones no podían estar más allá de sus posibilidades privadas y, mucho menos, encontrarse por encima de las reconocidas por el orden público, en pleno siglo XXI su papel en la sociedad gira en torno a la estructura y función de lo político; esto es, el poder estatal como garante y reproductor de las subjetividades obedientes.

 

La normalización y la regulación de la vida por el poder estatal afectan, sin duda alguna, núcleos sociales como la familia y el empleo. Como bien dice la filósofa argentina Anabella Di Pego, la filiación social de estos se encuentra en completa relación con el Estado-nación y se realiza a través del pacto sanguíneo y el suelo compartido (A. Di Pego, Clase 5: Concepciones de lo humano en la época moderna y crítica del paterfamilias, 2025, UNQ). Por ese motivo, para Arendt, el paterfamilias es la viva imagen y la representación del poder y de la dominación. En otras palabras, para este sujeto contemporáneo, al igual que el Estado se legitima por la fuerza, su descendencia es una especie de propiedad que debe educar y gobernar.

 

Ante la incertidumbre y el estupor por la violencia y la maldad que avanzan día a día, es oportuno retomar los aportes de Hannah Arendt. Sus reflexiones nos hablan desde la experiencia y el dolor, y nos invitan al debate y al diálogo sobre lo que somos y lo que podríamos llegar a (no) ser. Quizás de ese modo podamos hallar algunas salidas a los males que se han normalizado y nos acechan, como son el odio, el olvido, la impunidad, el racismo y el brutalismo con el que ha sido edificada nuestra sociedad.

 

 

 

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