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INVESTIGADOR ADVIERTE QUE 365 MIL HECTÁREAS DE BOSQUES PERUANOS SE HAN PERDIDO EN POCO MÁS DE DOS DÉCADAS

Resultados se conocerán en el XXI Coloquio de Estudiantes de Geografía de la UNMSM

 

El escritor y académico de varios libros de divulgación científica, José Antonio Samamé Saavedra, disertará este viernes 29 sobre los incendios forestales y su impacto en el ecosistema peruano.

 

El XXI Coloquio de Estudiantes de Geografía de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) será, este 29 de agosto, un espacio para el intercambio de ideas y reflexiones sobre los desafíos socioambientales del país. En esa línea, uno de los momentos más esperados será la ponencia del escritor e investigador José Antonio Samamé Saavedra, titulada “Los incendios forestales y su repercusión en el ecosistema peruano”. Su exposición se presenta como un aporte fundamental para comprender las dimensiones reales de este fenómeno que, lejos de ser un hecho aislado, constituye una amenaza creciente para la biodiversidad, la seguridad ambiental y el bienestar humano.

El trabajo de Samamé se centra en un análisis del periodo 2001–2024, un poco más de dos décadas en las que los incendios forestales han dejado una huella alarmante en el ecosistema peruano. La investigación se realizó bajo un enfoque cuantitativo de diseño no experimental y longitudinal, con carácter básico, que recurrió a la guía de análisis documental para procesar datos oficiales y estudios técnicos.

Los resultados son contundentes: el Perú perdió 365 mil hectáreas (kha) de cobertura boscosa a causa de los incendios forestales en ese periodo. Esta cifra equivale al 8.4 % de la totalidad de la superficie destruida en el país. Solo en 2017, por ejemplo, se registró una afectación de 39,7 mil hectáreas, convirtiéndose en el año más crítico de la serie.

La investigación señala, además, que los departamentos con mayor pérdida fueron Loreto (2,81 kha), Ucayali (2.55 kha) San Martín (2,18 kha) y Madre de Dios (1,95 kha), regiones que concentran gran parte de la cobertura amazónica del país. Sin embargo, también departamentos costeros y de menor densidad forestal, como Lambayeque, han sufrido pérdidas significativas.

Uno de los aportes más relevantes del estudio de Samamé es el análisis del caso Lambayeque, un departamento que, aunque no figura entre las regiones más extensamente boscosas, experimentó una desaparición de 1,28 mil hectáreas entre 2001 y 2024, lo que representa el 52% de la cobertura destruida en el periodo. En este escenario, la provincia de Ferreñafe aparece como la más golpeada, con la pérdida de 1.03 mil hectáreas (59% del total departamental) hasta 2024. Le siguen Lambayeque (240 hectáreas) y Chiclayo (7 hectáreas).

El análisis de Samamé no se limita a cuantificar pérdidas. Su investigación advierte sobre las consecuencias ecológicas y sociales que los incendios forestales desencadenan. Entre los impactos más relevantes se encuentran: Migración de especies de fauna silvestre hacia zonas más seguras, lo que rompe equilibrios ecológicos; cambios en el ciclo hidrológico, con la reducción de la capacidad de retención de agua y el incremento de periodos de sequía; invasión de especies exóticas, que se aprovechan de la degradación para ocupar territorios antes cubiertos por flora nativa; disminución de la productividad agrícola por la pérdida de nutrientes en los suelos; erosión y desertificación en áreas degradadas; alteraciones en el microclima, con temperaturas más elevadas y modificaciones en los patrones de lluvias; aumento de emisiones de dióxido de carbono (CO₂), que contribuyen al cambio climático global.

En el 2017, por ejemplo, los incendios forestales destruyeron 39,7 mil hectáreas de cobertura arbórea, cifra que coincide con un contexto de actividades antrópicas intensificadas (expansión agrícola, tala ilegal y uso del fuego para despeje de tierras) y condiciones climáticas adversas. Samamé subraya que los incendios no solo tienen un origen natural —como la radiación solar, las sequías o la acumulación de material seco—, sino que en la mayoría de casos están asociados a acciones humanas. La quema para habilitar terrenos agrícolas, la minería ilegal o incluso la negligencia en el manejo de residuos son factores que potencian este fenómeno.

El estudio también revela la diversidad de impactos que los incendios generan según la región. En la Amazonía, donde la cobertura arbórea es vasta, los incendios afectan principalmente a la biodiversidad y a los ciclos climáticos locales, alterando lluvias y temperaturas. En la costa norte, en cambio, los incendios impactan de manera directa en ecosistemas frágiles como el bosque seco, que tarda décadas en recuperarse.

La ponencia de José Antonio Samamé Saavedra en el coloquio sanmarquino no solo tiene un valor académico, sino también social y político. Poner en agenda la problemática de los incendios forestales significa llamar la atención sobre la urgencia de políticas públicas sostenibles, que incluyan: Planes de prevención y monitoreo temprano de incendios; capacitación comunitaria en prácticas de quema controlada y manejo forestal; fomento de la reforestación con especies nativas adaptadas al entorno local; coordinación interinstitucional para enfrentar las emergencias; mayor inversión en investigación sobre causas y efectos a largo plazo. El investigador insiste en que la academia debe dialogar con las comunidades, los gobiernos locales y el Estado. De lo contrario, las cifras de pérdida seguirán en aumento y sus repercusiones serán cada vez más difíciles de revertir.

El XXI Coloquio de Estudiantes de Geografía de la UNMSM será, sin duda, un espacio para debatir sobre estos hallazgos y reflexionar sobre la responsabilidad colectiva frente a los incendios forestales. La ponencia de Samamé invita a mirar los bosques no como recursos aislados, sino como piezas fundamentales de la vida misma, pues de ellos depende el agua, el aire, la biodiversidad y, en última instancia, la sobrevivencia humana.

Los datos son claros: 365 mil hectáreas perdidas en dos décadas. Pero más allá de los números, lo que está en juego es la capacidad del país de proteger su riqueza natural y asegurar un futuro viable para las próximas generaciones. El reto es inmenso y requiere un compromiso que trascienda la investigación académica para convertirse en acción concreta, sostenida y participativa. Ese será, precisamente, el mayor aporte del trabajo de Samamé: transformar el conocimiento en conciencia y la conciencia en acción.

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