Conocí a Jorge Casilla Lozano a través de los cuentos ganadores y finalistas del Premio Copé de Cuento en sus ediciones de 2016 y 2020, donde su nombre ya destacaba con solvencia. Aquel reconocimiento no era casual: su formación en Educación, sumada a la maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana y a la maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, delinean un perfil académico y creativo que se refleja con claridad en su obra.
Su más reciente publicación, El viajero onírico (Colmena Editores, 2025), llegó a mis manos hace algunas semanas, aunque solo recientemente pude dedicarle una lectura atenta. Desde un primer acercamiento, el libro sugiere un conjunto de relatos donde confluyen lo metaliterario y lo policial, dos vertientes que el autor explora con inteligencia y destreza. Sin embargo, conforme se avanza en sus páginas, se hace evidente que esta clasificación inicial resulta insuficiente: el libro es, más bien, un entramado de obsesiones literarias, juegos de intertextualidad y variaciones sobre temas clásicos de la tradición occidental.
Aunque este es el primer libro que leo de Casilla Lozano, su propuesta me resultó particularmente sugestiva, en gran medida por la notoria influencia de Jorge Luis Borges, uno de los autores más influyentes del siglo XX. No se trata de una imitación superficial, sino de una apropiación creativa de ciertos procedimientos borgeanos: la intertextualidad como principio constructivo, la figura del doble o doppelgänger, la reflexión sobre los límites de la autoría, y la hibridación de lo fantástico con lo policial. Cada uno de los ocho cuentos que integran el volumen parece dialogar, directa o indirectamente, con estas constantes, configurando un universo literario coherente y, al mismo tiempo, variado.
Uno de los relatos más logrados es “De lo que le sucedió a Don Quijote en el bosque de Roque Guinart”. En él, el autor construye un ingenioso enfrentamiento entre Miguel de Cervantes y el misterioso autor del Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda. El cuento destaca no solo por su premisa, sino también por su ejecución: las notas a pie de página, lejos de ser un mero adorno erudito, cumplen una función narrativa y esclarecedora, ampliando el horizonte de lectura. El desenlace, teñido de un sutil tono fantástico, refuerza la idea de que la literatura es un territorio donde las fronteras entre realidad y ficción se diluyen.
En “Historia de un vagabundo”, el registro cambia hacia una reflexión más íntima y, si se quiere, existencial. El relato sigue la historia de un actor que intenta encarnar al doble de Charles Chaplin, pero fracasa en su empeño. La frase que atraviesa el cuento —“Querido amigo, perdió porque intentó ser alguien que no conoce. Actúa de Charlot, pero era un concurso de imitadores, no de actores. El jurado no lo excluyó, usted mismo se descalificó”— resume con precisión el núcleo temático: la imposibilidad de ser otro sin antes comprenderse a uno mismo. Aquí, la figura de Charlot funciona como símbolo de una identidad escurridiza, siempre al borde de la caricatura y la autenticidad.
Otro texto destacable es “Anónimo”, donde dos letraheridos se entregan a una especulación tan provocadora como sugerente: la posibilidad de que todas las obras anónimas de la literatura universal respondan, en realidad, a un único autor, una suerte de demiurgo literario. La conversación deriva hacia una inquietud contemporánea: la casi desaparición de obras anónimas en la actualidad. ¿Se debe esto a una necesidad moderna de reconocimiento? ¿O a una transformación en la concepción misma de la autoría? El cuento no ofrece respuestas definitivas, pero sí abre un campo de reflexión fértil.
En una línea más académica, “‘Soneto XXIII’ de Garcilaso” presenta el conflicto de un catedrático de Literatura Española que se enfrenta a una variante textual en uno de los poemas más célebres del Siglo de Oro. La referencia a Garcilaso de la Vega no es gratuita: el cuento problematiza la noción de texto definitivo y pone en evidencia las tensiones entre filología, interpretación y canon. Lo que podría parecer un problema menor —la variación del cuarto verso de dicha composición— se convierte en una inquietante interrogación sobre la estabilidad del sentido.
El cuento que da título al libro, “El viajero onírico”, es, sin duda, el más ambicioso del conjunto. Se trata de un relato policial atravesado por elementos fantásticos, góticos y surrealistas. La historia, que gira en torno al crimen de un exesposo, pronto se desplaza hacia una atmósfera opresiva, donde lo monstruoso irrumpe con fuerza. En este punto, es inevitable pensar en la influencia de autores como H. P. Lovecraft o Guy de Maupassant, especialmente en la construcción de una otredad inquietante que desborda la lógica racional. Casilla Lozano logra sostener la tensión narrativa mientras introduce al lector en un universo donde lo onírico y lo criminal se entrelazan de manera perturbadora.
Por su parte, “Odiseo y las sirenas” remite directamente a los orígenes de la tradición clásica occidental, evocando el universo de Homero. Este cuento, al igual que “El furor de las horas”, se inscribe en una línea abiertamente metaliteraria, donde la literatura se convierte en tema y materia de sí misma. En este último cuento, escritores, críticos y textos dialogan en un espacio donde la ficción reflexiona sobre su propia naturaleza. Finalmente, “Nostos” introduce un giro interesante al situar su trama, principalmente de temática policial y de suspenso, en una Lima futurista, distópica y fantástica, demostrando la versatilidad del autor para moverse entre registros y escenarios diversos.
Es cierto que el libro presenta algunos desajustes de ortografía en pasajes puntuales; sin embargo, estos no empañan el conjunto. El viajero onírico es, ante todo, un libro ágil, entretenido y estimulante. Su mayor virtud radica en su capacidad para interpelar al lector, especialmente a aquel que encuentra en la literatura no solo un pasatiempo, sino una forma de pensamiento y de destino existencial.
En suma, estamos ante un volumen que dialoga con la tradición, pero que también busca inscribir una voz propia dentro de ella. Recomendaría este libro, sin duda, a quienes sienten por la lectura ese “vicio” lúcido y persistente que consiste en perderse —y encontrarse— en las páginas de un buen libro.
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Francois Villanueva Paravicino
Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

