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“EL PLENILUNIO”, UN CORTOMETRAJE QUE PROMETE MUCHO

Producido por JPMSamSfilms 

Los hermanos Mario Miguel Samamé Saavedra y José Antonio Samamé Saavedra confían del éxito de su nueva producción.

Una historia que comenzó con un celular, una laptop y el deseo de contar historias ha terminado por convertirse en un proyecto cinematográfico que ahora busca su lugar en el circuito regional del cine fantástico. El cortometraje “El plenilunio: El terror que acecha”, dirigido por Mario Miguel Samamé Saavedra y producido por JPMSamSfilms, con el guion del escritor e investigador José Antonio Samamé Saavedra, será presentado en el Festival y Concurso de Cortometrajes “Leyendas Peruanas”, organizado por Cine Miedo Perú.

La elección del festival “Leyendas Peruanas” como espacio de estreno también tiene un significado particular. Este evento busca rescatar historias que forman parte del imaginario cultural del país, reinterpretándolas desde el cine contemporáneo. En un contexto donde muchas producciones audiovisuales tienden a replicar modelos globales, iniciativas como esta promueven la diversidad narrativa y el fortalecimiento de la identidad regional.

Además del componente fantástico, la propuesta de la productora busca explorar un enfoque particular dentro del cine de terror: el llamado “eco terror”. Este subgénero utiliza el miedo como herramienta para reflexionar sobre conflictos ambientales y sociales. En el caso de este proyecto, la figura del monstruo puede interpretarse como una metáfora de problemas que persisten en la humanidad, como la violencia estructural o la explotación desmedida de los recursos naturales.

La productora ha señalado que sus futuras historias también buscarán abordar temas como la deforestación de la Amazonía, la migración de fauna silvestre, el tráfico ilegal de especies y otras problemáticas ambientales. En ese sentido, el terror deja de ser solo un recurso estético para convertirse en un vehículo de reflexión crítica sobre la realidad contemporánea.

La historia detrás de esta producción revela también la transformación de un creador que descubrió su vocación durante uno de los periodos más inesperados de la historia reciente: la pandemia. Mario Samamé recuerda que su acercamiento al cine no fue el resultado de una formación académica formal ni de un plan trazado desde joven. Fue más bien un proceso espontáneo y autodidacta que nació en medio del aislamiento global, cuando muchas personas buscaron nuevas formas de expresarse.

“Mi acercamiento al cine se dio en la pandemia de manera casual. Comencé grabando cortos con el celular y editándolos en una laptop”, explica el director. Aquellos primeros trabajos eran experimentos audiovisuales sencillos, algunos relacionados incluso con la animación, pero resultaron fundamentales para comprender cómo se construye una historia a partir de imágenes, ritmo y sonido. En ese proceso, Samamé descubrió que el cine no era solo una suma de recursos técnicos, sino una forma de articular emociones y narrativas.

Con el paso del tiempo, ese aprendizaje inicial se fue transformando en un proyecto más serio. Compartir sus trabajos con otras personas fue, según cuenta, un punto de quiebre importante. Las reacciones del público —miedo, curiosidad, emoción— le confirmaron que el cine podía generar un impacto real en quienes observan la pantalla. A partir de ese momento comenzó a estudiar con mayor profundidad el lenguaje cinematográfico, el montaje, el uso del sonido y la narrativa visual, aprovechando los recursos digitales disponibles para formarse de manera constante.

Otro elemento clave en el desarrollo del cortometraje ha sido la colaboración con su hermano, el escritor e investigador José Antonio Samamé Saavedra, quien asumió el rol de guionista. Esta alianza creativa permitió construir una historia que mezcla elementos del terror clásico con reflexiones sobre la memoria, la violencia y los miedos colectivos que atraviesan distintas épocas.

El proyecto que ahora llega al festival propone una narrativa que se despliega a lo largo de tres siglos. La figura central es un licántropo que atraviesa el tiempo cambiando de identidad para sobrevivir entre los hombres. Para el director, el terror es un género particularmente poderoso porque permite hablar de temas que van más allá del miedo inmediato. “El monstruo muchas veces representa conflictos más profundos o temores colectivos que se repiten en la historia”, señala.

La trama comienza en el siglo XVIII, cuando una criatura maldita abandona Europa y emprende un viaje hacia América. Condenado a ocultar su verdadera naturaleza, el personaje se convierte en testigo y protagonista de una serie de asesinatos que se repiten cada vez que la luna llena aparece en el cielo. Este inicio establece una dimensión histórica que conecta el mito con la idea de un mal persistente.

El relato da luego un salto a 1948, en los bosques de Oregón. Allí, un anciano escucha en la radio noticias sobre una bestia que aterroriza la región mientras cuenta cuentos a su nieta. En esta escena, el cortometraje introduce uno de sus ejes más simbólicos: la transmisión oral de las historias y la manera en que los mitos sobreviven a través de generaciones. La frontera entre lo fantástico y lo real se difumina cuando el monstruo irrumpe en el hogar del anciano, demostrando que las leyendas pueden convertirse en presagio.

Finalmente, la historia llega al año 2025, en un escenario contemporáneo situado en Perú. El protagonista de esta parte es Fermín, un repartidor de pizzas que realiza un pedido en una casa aislada. Allí conoce al señor Javier, un hombre aparentemente común que pronto revela su verdadera identidad: es la misma criatura que ha sobrevivido a lo largo de los siglos. Adaptado a la vida moderna, el licántropo demuestra que el mal no desaparece, sino que aprende a esconderse en nuevos contextos.

Esta estructura narrativa —que conecta pasado y presente— fue uno de los mayores desafíos para el equipo creativo. El objetivo era que cada época no pareciera una historia independiente, sino parte de un mismo hilo temporal. Según explica el director, la intención era que el espectador percibiera la continuidad del peligro, la sensación de que la amenaza se desplaza a través de los siglos mientras el mundo cambia a su alrededor.

Mario Samamé Saavedra reconoce que su trayectoria aún se encuentra en una etapa de crecimiento, pero tiene claro que desea seguir desarrollando proyectos y contribuir al fortalecimiento del cine independiente en el país. Considera que actualmente existe una generación de creadores emergentes con ideas innovadoras, aunque muchas veces con recursos limitados. Sin embargo, esa misma limitación puede convertirse en un motor creativo, tal como ocurrió en sus propios inicios.

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