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DIARIOS DE STEFAN ZWEIG

Por Francois Villanueva Paravicino

Hace algunos años apareció Diarios (Acantilado, 2021), del escritor vienés Stefan Zweig, en la edición de Knut Beck, con prefacio de Mauricio Wiesenthal y traducción de Teresa Ruiz Rosas. La publicación en español de esta obra resulta significativa en nuestro tiempo, cuando de nuevo asistimos a guerras, enfrentamientos geopolíticos y amenazas de nuevos conflictos bélicos en distintas partes del mundo. Leer a Zweig hoy significa, en cierto modo, volver la mirada hacia una Europa que creyó haber alcanzado una civilización capaz de contener la barbarie y que, sin embargo, terminó sucumbiendo ante ella. Sus diarios adquieren así una inquietante actualidad: son el testimonio íntimo de un hombre que contempló cómo la cultura, el cosmopolitismo y la convivencia entre pueblos podían ser arrasados por el nacionalismo, el odio y la violencia política.

Los diarios abarcan desde el 10 de septiembre de 1912 hasta el 19 de junio de 1940, es decir, casi treinta años de la vida de Zweig. En sus páginas se suceden la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, los años de entreguerras y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. El volumen permite seguir, por tanto, no solo la trayectoria personal de uno de los grandes escritores europeos del siglo XX, sino también las transformaciones de un continente que pasó de la confianza en el progreso a la incertidumbre, la persecución y el exilio. La propia estructura cronológica de los cuadernos permite advertir ese tránsito: de las preocupaciones literarias y personales de los primeros años se pasa de forma progresiva a la angustia provocada por la guerra y por el derrumbe del mundo cultural en el que Zweig se había formado.

El destino posterior del escritor vuelve todavía más estremecedor este conjunto de anotaciones. Zweig abandonaría Europa y terminaría refugiándose en Brasil. El 22 de febrero de 1942, en Petrópolis (Brasil), se suicidó junto con su segunda esposa, Charlotte Altmann. La tragedia personal del escritor no puede separarse de la catástrofe histórica que había contemplado durante años: el avance del nazismo, la destrucción de la cultura europea y la pérdida de la patria entendida no solo como un territorio, sino como un espacio espiritual construido mediante libros, lenguas, amistades, ciudades, recuerdos y tradiciones.

Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, los diarios nos muestran a un Zweig muy vinculado con el mundo intelectual europeo. Aparecen sus encuentros y relaciones con escritores como Romain Rolland, Émile Verhaeren y Rainer Maria Rilke, figuras que tuvieron una importancia considerable en su formación. No se trata solo de nombres ilustres anotados en una agenda literaria. Zweig construye a través de estos encuentros una auténtica cartografía espiritual de la Europa de su tiempo.

Uno de los aspectos más fascinantes de estos diarios es, precisamente, observar al escritor trabajando. Zweig lee, conversa, tiene aventuras pasionales, visita librerías, conoce manuscritos, escribe cartas, proyecta libros y reflexiona sobre sus propias obras. En uno de los episodios más memorables, encuentra en una librería de viejo un manuscrito de Balzac escrito de puño y letra. El episodio resulta significativo porque revela una de las grandes pasiones de Zweig: la relación física y espiritual con los libros y con los vestigios materiales de los grandes escritores. También aparece su trabajo sobre Dostoievski y su lectura constante de autores como Shakespeare, Heine, Goethe, Oscar Wilde y Tolstói, entre otros. En este sentido, Diarios puede leerse como el cuaderno de trabajo de un escritor.

Hay también un aspecto muy interesante: Zweig no admira de modo gratuito. Su enorme cultura le permite establecer jerarquías, distinguir entre las obras que considera valiosas y aquellas que juzga defectuosas o carentes de mérito. Sus juicios sobre los escritores y sus obras muestran simpatías, decepciones y hasta animadversiones. Sin embargo, algunas figuras aparecen ante él con una claridad especial. Romain Rolland ocupa un lugar privilegiado, no solo por su obra, sino por su postura moral frente a la guerra. Más adelante aparecerá también Hermann Hesse entre los escritores que despiertan su total admiración.

El estallido de la Primera Guerra Mundial modifica radicalmente el tono de los diarios. Zweig contempla con horror el comienzo del conflicto y se distancia del entusiasmo patriótico que invade buena parte de la sociedad europea. En medio del chauvinismo de la época, su posición pacifista lo convierte en un observador incómodo. La guerra no representa para él una oportunidad de gloria nacional, sino una catástrofe humana y cultural. En sus páginas aparecen la preocupación, el temor, la soledad y la incomprensión ante una sociedad que parece celebrar aquello que, desde su perspectiva, constituye una tragedia.

Su vínculo con Romain Rolland resulta fundamental en este punto. Ambos escritores defendieron posiciones pacifistas y mantuvieron, desde países enfrentados, una correspondencia marcada por el rechazo a la guerra, al odio entre naciones y a la propaganda nacionalista. La relación entre ambos demuestra que, incluso cuando Europa parecía dividida por fronteras irreconciliables, existía todavía una conciencia intelectual capaz de imaginar una comunidad humana más allá de las naciones.

Los años de entreguerras muestran otra dimensión del escritor: el viajero, el observador y el hombre fascinado por otras culturas. Sus diarios registran sus viajes a Nueva York y Brasil, y en particular resulta llamativa su mirada sobre la sociedad brasileña. En sus apuntes observa con curiosidad la importancia del juego y las apuestas, hasta el punto de describir una sociedad en la que la pasión por las apuestas parece extenderse por diferentes estratos sociales. Más que una simple anécdota, estas observaciones revelan al Zweig atento a las costumbres, los comportamientos y las contradicciones de los lugares que visita.

Sin embargo, debajo de esa curiosidad permanece una preocupación constante: Europa. Incluso lejos del continente, Zweig continúa mirando hacia él. En septiembre de 1935, durante su viaje de París a Londres, ya percibe con enorme inquietud que Europa se dirige nuevamente hacia una catástrofe.  Cuando llega la Segunda Guerra Mundial, el tono se vuelve todavía más sombrío. Zweig se siente un exiliado, un hombre desarraigado de su mundo. Ya no se trata solo de haber abandonado una ciudad o un país: es la sensación de haber perdido una civilización entera. En las anotaciones finales, correspondientes a 1940, aparece con fuerza ese sentimiento de extrañeza. Europa se encuentra en ruinas y Zweig contempla desde Inglaterra la destrucción de Francia y el avance de la guerra. En una de las últimas etapas de su diario se percibe incluso la angustiosa pregunta sobre para quién escribir y para qué vivir en un mundo que parece haber perdido sus referencias fundamentales.

Es allí donde Diarios adquiere su mayor dimensión. No estamos solo ante los apuntes privados de un escritor famoso, sino ante el testimonio de un intelectual que vivió en carne propia la transición de una Europa cosmopolita hacia la Europa de las trincheras, el nacionalismo, el antisemitismo, el totalitarismo y el exilio. Zweig fue, como ha señalado la crítica, una figura asociada a la idea de una Europa tolerante e ilustrada que el nazismo intentó destruir.

Por eso la lectura de estos diarios resulta tan perturbadora en nuestros días. Zweig nos recuerda que la barbarie no aparece siempre de manera repentina: puede instalarse gradualmente en el lenguaje, en la propaganda, en la exaltación patriótica, en la deshumanización del adversario, en la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y en la subordinación de la cultura a los intereses del poder. El escritor observa esos síntomas desde dentro y los registra con la sensibilidad de quien todavía cree en la literatura, pero comienza a comprender que la literatura por sí sola quizá no pueda detener la historia.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024), Cantera de fuego (2025) y Fábulas de amor y libros (2025). Ha sido distinguido en diferentes concursos literarios, tanto nacionales como internacionales.

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