Por Francois Villanueva Paravicino

Escribir sobre Rodolfo Ybarra es adentrarse en un territorio incómodo, donde la literatura funciona como una especie de espejo deformante, pero profundamente verídico, de una realidad que muchos prefieren no mirar. En cada una de sus obras aparece esa marca inconfundible de anarquía rebelde, espíritu antisistema y vocación contracultural que lo sitúan en un lugar particular dentro del mapa narrativo peruano.

Ybarra es, sin duda, un intelectual subterráneo, alguien que no busca la complacencia del público ni los aplausos institucionales, sino más bien provocar, desestabilizar y dejar un registro visceral de la Lima de nuestro tiempo. Esa Lima posterior a las grandes migraciones, grisácea, húmeda, contaminada y, por momentos, asfixiante, donde conviven tensiones sociales, desigualdades económicas y violencias de todo tipo.

Este año ha publicado La ciudad de los cerdos (Editorial Apogeo, 2025), una novela de 36 capítulos que, en poco más de cien páginas, condensa un retrato brutal de la capital peruana. Se trata de una narración con estructura de crónica y con un estilo heredero del naturalismo literario, en la que seguimos las peripecias de Nepomuceno, un agente del orden que podría emparentarse con el detective Philip Marlowe, el mítico personaje creado por Raymond Chandler. Sin embargo, a diferencia del héroe duro de la novela negra estadounidense, Nepomuceno no encarna un código de honor inquebrantable, sino que se mueve en un terreno ambiguo, donde la corrupción, la desesperanza y la violencia marcan las reglas del juego.

La “ciudad de cemento” que Ybarra retrata es un espacio donde impera la lógica del “cuánto tienes, cuánto vales”, metáfora del capitalismo salvaje que rige no solo la economía, sino las relaciones humanas más básicas. Nepomuceno, obligado a lidiar tanto con el hampa como con las élites, es testigo privilegiado de una serie de aberraciones que atraviesan a la sociedad limeña: desde la miseria cotidiana de los sectores oprimidos hasta la obscenidad ostentosa de los poderosos. La novela, en ese sentido, no es solo un relato policial, sino también un fresco social en clave crítica.

Uno de los grandes méritos del texto es su estilo. Ágil, cortante, visceral, avanza con la tensión de un thriller cinematográfico. Ybarra maneja con solvencia el ritmo narrativo: las escenas empiezan con calma, se cargan de tensión y estallan en clímax abruptos que recuerdan al montaje del cine italiano de Ettore Scola o Pier Paolo Pasolini, donde lo grotesco y lo sublime conviven en el mismo plano.

En el terreno literario, la prosa de Ybarra dialoga con nombres diversos: Rubem Fonseca y su violencia urbana brasileña, Ambrose Bierce con su ironía corrosiva, Thomas Pynchon en la construcción del caos social, Truman Capote en su crónica del crimen real, Chester Himes con su retrato de la marginalidad afroamericana. Se trata de una tradición de escritores que, desde distintas latitudes, han hecho de la violencia y el desencanto materia estética.

Uno de los pasajes más perturbadores de La ciudad de los cerdos da cuenta del naturalismo radical de la propuesta. Se narra la historia de un comerciante arruinado que se topa con una niña perdida. La promesa inicial de llevarla con sus padres se convierte en un acto atroz: el hombre la asesina y utiliza su carne para preparar comida. Este episodio de canibalismo no es un mero golpe de efecto ni una provocación gratuita, sino la metáfora extrema de un sistema social que devora, literalmente, a los más vulnerables. Lima aparece aquí no solo como un espacio físico, sino como una maquinaria de destrucción.

¿Por qué el título La ciudad de los cerdos? La respuesta está en los delirios pesadillescos de Nepomuceno, quien, con mirada alucinada, percibe en cada rincón de la ciudad rostros de cerdos, puercos, cochinos, marranos. El recurso funciona como símbolo múltiple: el cerdo es a la vez animal de matanza, metáfora de la corrupción, de la suciedad, de lo abyecto. En esa proliferación de imágenes porcinas se condensa el asco del narrador hacia una urbe que ha perdido toda inocencia y se ha convertido en un gran chiquero. Ybarra no escatima crudeza: su visión es radicalmente pesimista y carente de ilusiones reformistas.

La novela abre con una descripción que condensa todo su programa estético: “La ciudad le parecía un pedazo de chicharrón mal cocido. Una pachamanca en un contenedor. Puras piltrafas, pellejos, manteca y grasas pringue. Lima limón de emolientero. Sabía que en cualquier momento podrían venir por él”.

Este inicio funciona como manifiesto. La ciudad no es descrita con metáforas arquitectónicas o urbanísticas, sino como un amasijo de carnes y grasas: lo orgánico degradado, lo culinario convertido en basura. Se trata de un realismo sucio llevado al extremo, donde la capital es un organismo podrido que amenaza con devorar al protagonista.

El trasfondo de La ciudad de los cerdos conecta, además, con una tradición mayor: la del naturalismo latinoamericano que, desde autores como Roberto Arlt en Argentina hasta Rubem Fonseca en Brasil, ha buscado mostrar el envés de la modernidad, sus ruinas y miserias.

Sin embargo, no todo es impecable en su propuesta. Como bien se ha señalado en otras ocasiones, Ybarra arrastra problemas de corrección estilística: descuidos gramaticales, ortográficos, giros abruptos que podrían resolverse con un mayor trabajo de edición. Sin embargo, ese desaliño también forma parte de su estética marginal. No se trata de un autor que busque la pulcritud académica ni la perfección formal, sino de alguien que concibe la escritura como un vómito necesario, como un exabrupto contra el orden establecido.

En suma, La ciudad de los cerdos es una novela incómoda, visceral y perturbadora, que no busca complacer ni entretener, sino sacudir al lector. Con apenas 110 páginas, Ybarra logra condensar una visión desencantada de la urbe limeña, donde el crimen, la corrupción y la miseria se entrelazan con símbolos grotescos y pesadillescos. Su protagonista, Nepomuceno, encarna la ambigüedad de un sistema en el que nadie sale limpio y en el que todos, de un modo u otro, terminan siendo devorados por la maquinaria social.

Leer a Rodolfo Ybarra siempre es una experiencia aleccionadora. Nos recuerda que la literatura puede ser un espacio de denuncia, de crítica radical y de desahogo estético frente a una realidad que, muchas veces, supera cualquier ficción. La ciudad de los cerdos confirma, una vez más, que su autor es una de las voces más provocadoras y necesarias del panorama peruano, aun cuando, o precisamente porque, escribe desde los márgenes. He aquí, entonces, una invitación a su lectura.

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Francois Villanueva Paravicino

Escritor, corrector de estilo, columnista y amante de los libros. Estudió Literatura y cursó la maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019), Sacrificios bajo la luna (2022), Los placeres del silencio (2023), Operación Catástrofe (2024) y Cantera de fuego (2025). Ha sido distinguido en diferentes certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales.

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