MARIÁTEGUI Y LA PAZ I

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Columna: La crónica del espejo

John Kenny Acuña Villavicencio (Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Guerrero)

 

En Historia de la crisis mundial (1973) y Cartas de Italia (1969), José Carlos Mariátegui (1894-1930) –el “marxista herético”, en palabras de Michael Löwy–, desde su exilio en Europa en 1920 a causa del régimen de Leguía en el Perú, planteaba la necesidad de repensar la idea de la paz a partir de su formación social e histórica. Este interés surgió debido al aniquilamiento de más de 10 millones de víctimas mortales y otros 20 millones de personas heridas durante la Primera Guerra Europea (1914-1918). Ante esta catástrofe, el viejo continente se veía en la obligación de restablecer el orden social y garantizar el trabajo. Según el análisis de Mariátegui, los tratados y acuerdos de paz no solo sentaron las bases de un recambio tecnológico-militar y una capacidad de competencia política y comercial a escala planetaria sin precedentes, sino que también evidenciaron que la razón moderna, lejos de liberarnos, nos arrastraba hacia la destrucción y el horror humano.

Estos procesos, que se darían a conocer a través de los regímenes totalitarios, la Segunda Guerra Europea (1939-1945) y los campos de concentración nazi, no serían observados por el Amauta como era conocido, quien falleció antes de que ocurrieran dichos acontecimientos que marcarían profundamente nuestro presente. Ni qué decir de América Latina: el ascenso de las dictaduras al poder y con él la persecución política, la desaparición forzada de personas, la pulverización de los sindicatos obrero-campesinos y la reorganización del trabajo a escala neoliberal solo serían algunos de los problemas que comenzarían a manifestarse a mediados del siglo XX.

Con base en esto, para Mariátegui la paz no podía concebirse como una categoría opuesta a la guerra o a la violencia desde arriba; por el contrario, debía ser entendida como una relación social que dio sentido y existencia tanto a los Estados-nación como a la Sociedad de Naciones, en estrecha vinculación con los países periféricos y dependientes. La formación capitalista del Estado en los países periféricos se concibe a partir de su articulación interna en torno a la relación capital-trabajo. El Estado finquero en Centroamérica o, por ejemplo, el Estado gamonal en los Andes —analizado por Mariátegui en su famoso libro: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928)— no representaba una forma política precapitalista ni una versión del capitalismo. Tampoco, constituía una etapa en transición hacia el capitalismo; por el contrario, esta forma Estado estaba atravesada por las contradicciones propias del capital en su expresión abigarrada y dependiente.

Dicho esto, Mariátegui se caracterizó no solo por abrir el marxismo y el debate en torno a la revolución, sino que permitió inaugurar una perspectiva crítica y cercana a los procesos históricos de aquellas realidades que habían sido negadas por el relato dominante y pensante – las de la “gente sin historia”, como afirma E. Wolf en Europe and the People Without History (1982). Los estudios sobre la teoría de la dependencia de los años sesenta y setenta son bastante conocidos: Raúl Prebisch, Henrique Cardoso, Enzo Faletto, Ruy Mauro Marini, Aníbal Quijano, entre otros, fueron los encargados de seguir un interesante debate que terminaría desvaneciéndose con el tiempo (Cristóbal Kay, Latin American Theories of Development and Underdevelopment, 1989, Routledge).

Mariátegui al trazar un diagnóstico comparativo, denunciaba que los conflictos bélicos —como ocurrió durante la Guerra del Pacífico (1879-1884) entre Perú y Chile— habían dejado graves consecuencias y desarticulado a la clase trabajadora. Lo alarmante de este hecho era que el Estado, en manos de figuras autoritarias como las de Leguía, promovía la inversión privada, la transformación de los territorios y, por ende, la recuperación de la economía capitalista. Prueba de ello fue la producción agrícola y textil durante este gobierno, que, a pesar de las huelgas y las críticas de diversos intelectuales de izquierda, fue impuesta sin respetar los derechos de los trabajadores.

Por tal razón, Mariátegui consideraba que las masas, como fuerzas creadoras y transformadoras, podían imponer un tiempo mítico más allá de la dominación. Esta violencia mítica es abordada por Mariátegui en su primer libro, La escena contemporánea (1925). Los temas relacionados con esta y otras problemáticas fueron previamente enviados desde Europa y publicados en las revistas Variedades y Mundial entre 1920-1923. Cabe señalar que su teorización parte de la propuesta de Georges Sorel, desarrollada en Reflexiones sobre la violencia (1908), y que fue retomada también por Walter Benjamin en Para una crítica de la violencia (1921). Visto así, la promesa de la paz no podía ser otra cosa que la refundación de las relaciones sociales capitalistas amparada por un orden jurídico y político necesario. En oposición a esta noción, la paz social y humana debía concebirse como un acto creativo y propio de los trabajadores. A diferencia de Sorel, el mito fundacional no solo se encontraba en el proletario, sino en el carácter místico y espiritual de la potencia humana.

Mariátegui encuentra en la Primera Guerra Europea y, como era de esperarse, en la oposición entre la derecha y la izquierda partidistas, un conjunto de pactos y treguas que, en realidad, no emancipaban a los trabajadores. En Italia, mientras surgían experiencias de resistencia orientadas a la construcción de un poder obrero real muy cercano a los soviets, el Partido Socialista destacaba más por sus contradicciones que por su prédica emancipatoria (M. González, «Mariátegui fue el gran pionero del marxismo latinoamericano», 2023, https://jacobinlat.com/author/mike-gonzalez-2/). En este sentido, Mariátegui denuncia que, en la Europa meridional, la paz no era concebible de modo “absoluto ni aun en el caso de que fascistas y socialistas observasen rigurosamente el pacto” (J.C. Mariátegui, Cartas de Italia, 1969, Amauta, p. 162). La única manera de lograr la paz era construyendo otra sociedad. Para ello, era necesario cuestionar el papel del sujeto revolucionario y la búsqueda de redención, incluso más allá de experiencias políticas como la Revolución de Octubre. Pese a que Mariátegui era un defensor y admirador de esta, planteaba que todo movimiento emancipador debía buscar su propio destino.

Otro de los balances que realiza Mariátegui es el relativo al Tratado de Versalles. A su entender, este acuerdo no solo era contrario a la paz humana, sino que ocultaba, en el fondo, su carácter economicista. El castigo y las indemnizaciones que debió asumir el Imperio Alemán por su supuesta “culpa de la guerra” y por la ocupación de territorios como Francia, Bélgica y Polonia fueron actos de carácter demagógico que no respondían a las verdaderas necesidades de las víctimas del conflicto. El interés de los estados modernos del siglo XX no era garantizar en absoluto la justicia ni restaurar la memoria de los vencidos, sino imponer la paz para responder a intereses particulares y populistas. Llama la atención que, en los acuerdos de post-guerra, surja un fenómeno alarmante: el nuevo soberano, esto es, el Estado en su versión fascista. Una tendencia que, en el Perú y en otras regiones, se manifestarán cada cierto tiempo-espacio determinado.

La preocupación de Mariátegui no era menor: esta forma de poder moderno y racional no solo surgía de las contradicciones de la burguesía, sino que además tenía la capacidad de convocar a las masas, los intelectuales y los artistas más renombrados. La historia de los autoritarismos empieza a esgrimirse y consolidarse con esta forma política. Ante ello, Mariátegui también enfatiza que este proyecto pacificador no sería posible sin la formación de una Sociedad de Naciones que —posteriormente se conocería como la Organización de Naciones Unidas (ONU)— se encargara de controlar y legitimar la reproducción ampliada del capital por encima de los intereses de la clase trabajadora.

Conviene aclarar que la concepción de la paz como simple ausencia de la guerra se consolidó después de la Segunda Guerra Europea. Para entonces, no solo se fortaleció la ONU, sino que se inauguraron investigaciones de alcance global en torno a la paz, como las de Johan Galtung, quien en su obra Peace by Peaceful Means (1996) ofreció una mirada atenta y oportuna al surgimiento de problemas como la violencia, la inseguridad y la guerra, sobre todo en países en vías de desarrollo. Las investigaciones de este especialista fueron consideradas pioneras en el tema y respaldadas por los países centrales y los organismos internacionales. La crítica material sobre los procesos de paz no constituye el eje central de su trabajo; al contrario, Galtung postula la idea de una paz positiva a partir de estructuras e instituciones que permitan la creación de una sociedad pacífica. Sin duda, su enfoque se centra en resolver conflictos en países polarizados, con amplias probabilidades de que sea posible la convivencia entre democracia y neoliberalismo. Allí radica el interés de su postura.

En cambio, Mariátegui, mucho antes de estos debates que hoy resurgen en Europa, Estados Unidos e incluso en América Latina, sostuvo que la paz, en tanto relación social y de poder, debía ser edificada por los excluidos del proceso de modernización capitalista. Los aportes del Amauta en esta materia constituyen una piedra angular para comprender los fenómenos derivados de la violencia (tanto objetiva como subjetiva) y los conflictos que hoy laceran a las sociedades latinoamericanas y caribeñas.

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